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| 11/29/1982 12:00:00 AM

A LA CAZA DE PROCERES

Revisionismo histórico y versión acomodaticia de los hechos en los libros de Colcultura sobre el pensamiento conservador

Acostumbrados como estamos los colombianos a recibir recetarios históricos ya adobados por el trabajo minucioso y mañoso de algún fraile encomendado para esa labor, no nos asombra que aparezcan de nuevo esperpentos como los dos tomos de Colcultura sobre el pensamiento conservador.
En primer lugar, el recopilador confunde la ideología conservadora, basada según él en la justicia distributiva y la caridad cristiana, con el partido conservador y los autores que han escrito sobre temas sociales y políticos. Resulta poco menos que acomodaticio colocar a los comuneros en los orígenes del pensamiento conservador, con Capitulaciones y todo, simplemente porque mencionan la Iglesia, el Rey y los santos de la Iglesia. Antonio Nariño, el exponente máximo del centralismo durante la llamada Patria Boba, alterna con su opositor más enconado, Camilo Torres, compartiendo las tesis conservadoras.
Juan García del Río y, quien no podría faltar en ninguna antología política del Siglo XIX, Simón Bolívar, se pelean los honores de precursores del conservatismo.
Más adelante, Rafael Núñez resulta involucrado también en los aportes al pensamiento conservador, junto con Miguel Antonio Caro, su aliado en la conformación del Partido Nacional y el programa de la Regeneración. Es lógico que el pobre General Santander aparezca como la madrastra de los cuentos de hadas, pues la enemistad suya con Bolívar y Nariño le deja poco espacio para figurar en estas antologías.
Después de los esfuerzos de Alvaro Gómez Hurtado por demostrar la naturaleza conservadora de Bolivar y liberal de Santander, y de la réplica de Indalecio Liévano Aguirre por demostrar lo contrario, el libro de Colcultura constituye un intento más de aprobar la tesis de Gómez Hurtado, arrastrando de paso a los comuneros y Nariño, como para que no queden dudas.
Esperamos que el revanchismo por tomarse los próceres de la nacionalidad colombiana no haga aparecer uno o varios tomos dedicados a reivindicar a Bolivar, Nariño y Núñez en la galería de los liberales, porque ya es bastante el esfuerzo de Liévano Aguirre.
El revisionismo en la historia no es nada nuevo, aunque se vista de ropajes diferentes en cada época: se trata de los intentos de acomodar los hechos históricos a una idea preconcebida, sobre la cual se hila una red de circunstancias causales amañadas, sólo con el propósito de redundar en la verdad hipostasiada colocada como premisa de los hechos. Fue así como durante mucho tiempo se hizo aparecer a los conquistadores españoles que llegaron a saquear las riquezas de los indigenas como poco menos que beatos en plan de santificación. Otros han respondido luego con la supuesta superioridad cultural de los indígenas sobre los españoles y han colocado su animismo en el paradigma de las concepciones religiosas superior al monoteísmo y la Cruz erigida por los europeos.
Volviendo a la antología que nos preocupa, si nos atenemos a la idea del conservatismo aplicada a la justicia distributiva combinada con la caridad cristiana, no podríamos dejar de introducir, no sólo a Berbeo y Simón Bolívar, sino al Arzobispo Caballero y Góngora y a Santander quienes, creyendo también en los mismos valores, se enfrentaron sin embargo a aquellos.
Tendrían que estar Pablo Morillo y Juan Sámano, ¿por qué no? Más adelante, Mosquera, que de todas maneras fue elegido presidente por los conservadores en su primera magistratura, no podría faltar en esta antología, siendo como era un devoto de los santos venerados en la época.
Rafael Uribe Uribe, como el que más, es un buen espécimen de lo que puede ser un defensor de la justicia distributiva con la caridad cristiana, pues al tiempo que defendía los derechos de los trabajadores, no dejaba de invocar a la Virgen Santísima y la Iglesia Católica.
En verdad, si nos atenemos rigurosamente al origen, no de la idea conservadora, sino del partido conservador, tenemos un caótico cuadro antes de 1848, según los autores de la época, es decir, Joaquín Posada Gutiérrez, los hermanos Samper Mariano Ospina Rodriguez. Este último traza los orígenes de la disputa que llevó a los colombianos de la época a dividirse en liberales y conservadores; al remontarse a la dictadura de Bolívar, el grupo conformado por él se dispersó con su muerte. En ese tiempo, todos los que habían participado de la independencia, incluyendo tanto bolivarianos como santanderistas, se denominaban liberales. Así, Mariano Ospina Rodríguez, que sería el fundador del partido conservador con José Eusebio Caro, fue aliado de Florentino González, el mayor vocero del radicalismo liberal. Ospina Rodríguez describe así las pugnas que hubo después de la muerte de Bolívar: "El partido liberal gobernó entonces sin oposición, algunos años, porque los vencidos no se presentaron ni en las elecciones, ni en las Cámaras, ni en la prensa a defender sus principios; porque hablando con propiedad, ya no tenían qué defender. El partido vencedor, o más bien, los hombres de este partido que tenían en sus manos el poder, no tuvieron la imparcialidad y la tolerancia que eran debidas para un bando numeroso, que tenía grandes merecimientos en la guerra de la independenciay que cedía resignado sin oponer resistencia, ni hacer oposición.
"Una fracción muy pequeña de aquel partido intentó un golpe de mano en Bogotá; que sin dificultad fue prevenido y duramente castigado... El partido liberal, que gobernaba sin oposición, se dividió en dos grandes bandos que pudieron haberse denominado: tolerantes y exclusivistas, y que nosotros nos tomamos hoy la libertad de llamar: liberales conservadores y liberales rojos porque estas denominaciones análogas a las que los mismos partidos llevan en Europa, no deben tener nada de odiosas, y harán conocer la índole de los dos partidos...
"Los que hoy llamamos liberales conservadores querían la reconciliación de todos los granadinos, querían el gobierno de la mayoría, querían la tolerancia para todo, respeto a los derechos de todos. Los liberales rojos querían que los granadinos formaran perpetuamente dos porciones: vencedores y vencidos; que los hombres que veinte años atrás habían mostrado desafecto o indiferencia por la causa de la emancipación, o que posteriormente habían seguido las opiniones del bolivianismo fuesen siempre, a pesar de sus merecimientos y virtudes, tratados como ilotas, siempre ajados, siempre excluídos de toda participación en los negocios públicos" (Mariano Ospina Rodríguez, "Escritos políticos y económicos". U. Nal.).
José Joaquín Guerra expone en su libro "Estudios históricos" otro concepto parecido al de Mariano Ospina Rodríguez sobre el origen de los partidos politicos colombianos. Según Guerra, para las elecciones de 1836, las huestes de Santander se dividieron entre los partidarios de la candidatura de José María Obando y los de Vicente Azuero. Ambos sectores se denominaban liberales progresistas.
En cambio, los antisantanderistas, agrupados alrededor de la candidatura de José Ignacio de Márquez, se denominaron civilistas y más tarde ministeriales. En el seno de la fracción que llevó a Márquez a la presidencia militaban los posteriores fundadores del Partido Conservador.
De esta manera, resulta que la división no se produjo por la disputa entre la idea de la justicia distributiva y la caridad cristiana, contra el libre pensamiento, aunque ya en el medio siglo, y como producto de la necesidad de abrir el comercio internacional con el tabaco, las diferencias ideológicas ten dieran a profundizarse y a parecerse a estos reclamos.
Lo curioso es que, antes de 1848, todos los próceres y protagonistas de la historia política de Colombia se denominaban liberales, y que el partido conservador es una vertiente díscola, y no una alternativa de las ideas liberales entronizadas por la revolución francesa o americana. De otro lado, resulta bastante significativo que la disputa haya sido precisamente sobre la tolerancia, precisamente la idea más liberal de todas, y que los conservadores hayan sido sus defensores, contra las pretensiones sectarias y exclusivistas de Santander, el prócer a quien los conservadores no admiten colocar en una antología.
Lo que revela la historia de los partidos políticos en Colombia es precisamente la confusión entre las metas políticas trazadas y los nombres, lo que les hace cambiar el programa en cada una de las etapas históricas.
En todo caso, defendemos la necesidad de realizar un estudio más concienzudo de los partidos políticos colombianos, que nos permita hacer a un lado tanta discusión falsa sobre si ha predominado una idea conservadora o una liberal en la historia de nuestro país. -
Libardo González-
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