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| 12/11/2000 12:00:00 AM

La cena de los idiotas

El revés de un cruel experimento revela el significado de la palabra idiota.

Lo más triste de La cena de los idiotas es que está basada en una historia verdadera. La de unos yuppies parisienses que, aburridos de sus días y dispuestos a no madurar jamás, solían organizar una cena mensual con uno, dos o tres invitados especiales. ¿A quiénes invitaban? A los idiotas más idiotas que pudieran encontrar. A los peores. A los más inverosímiles. Era una competencia: quien llevara al ser humano más tonto sería el ganador de la noche.

Lo mejor de la película de Francis Veber es que pronto abandona ese punto de partida y deja atrás, en el fondo del relato, la crítica a la moral de la clase alta y la sátira de los más deplorables comportamientos humanos. La trama se centra, desde el comienzo, en el encuentro entre dos hombres en crisis. Primero está el yuppie: se llama Pierre Brochant y es un editor machista y egocéntrico que tiene un apartamento frente a la Torre Eiffel y que ha sido capaz, incluso, de quitarle la novia a su mejor amigo. Después está el idiota: se llama François Pignon y es un recaudador de impuestos que desde hace dos años, cuando su esposa lo dejó, dedica sus ratos libres a construir imitaciones de grandes obras de la historia de la ingeniería.

Brochant va a llevar a Pignon a la cena y está seguro de que va a ganar el primer premio. Pero Veber, el autor, decide enredarlo todo y darle la vuelta a la situación: cuando llega la gran noche el editor sufre un desgarre en la espalda y Christine, su esposa, hastiada de sus infidelidades, su inmadurez y su crueldad, toma la decisión de abandonarlo. Entonces aparece el recaudador. Sabíamos, por un par de escenas anteriores, que era un imbécil. Pero, a partir de ese momento, estaremos de acuerdo con Brochant en que, salvo por uno, dos o tres políticos, jamás habíamos visto a un tipo tan tonto. La historia, comenzando desde ahí, será, para el editor, un largo castigo. Y, para el público, un viaje, como de montaña rusa, hacia el descubrimiento de cuál de los dos protagonistas es el más estúpido.

La cena de los idiotas fue una exitosa obra de teatro hasta cuando Veber, el creador de La jaula de las locas, La cabra y Los compadres, decidió convertirla en su octava película. Por eso, aun cuando se trata de una comedia francesa muy, pero muy bien escrita —Veber recibió el César al mejor guión adaptado— y actuada con energía —Jacques Villeret, el tonto, recibió el premio al mejor actor y Daniel Prévost, el divertido recaudador de recaudadores, recibió el premio al mejor actor de reparto—, se alcanza a sentir, de vez en cuando, una pesada atmósfera teatral.

Pero no importa: al final, cuando el idiota se confiesa en el teléfono, entendemos que la primera imagen —ese bumerán que regresa y golpea en la cabeza a quien lo había lanzado— es una metáfora que resume los hechos, las intenciones y el tono del relato. Por eso sonreímos.
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