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| 8/7/2005 12:00:00 AM

La ciudad del pecado ***

Son tres historias: en la primera, un policía a punto de retirarse, el honesto Hartigan, trata de evitar que una niña sea la siguiente víctima de un espeluznante asesino en serie;

en la siguiente, un tipo duro, el deforme Marv, se enfrenta a su destino desde el momento en que decide vengarse del ser sin nombre que le quitó la vida a su amante; en la última, un fugitivo de verdad enmascarado, el indolente Dwight, esconde un cadáver que podría poner en juego el futuro de las prostitutas, los mafiosos y los vigilantes que ocupan esas extrañas calles sin colores. Todo sucede en Basin City, mejor conocida como 'la ciudad del pecado', un lugar corrupto hasta las alcantarillas que ha llegado a las pantallas desde las páginas de una serie de cuentos gráficos inventados a comienzos de los 90 por un maestro del cómic llamado Frank Miller.

La ciudad del pecado consigue, como pocas adaptaciones de este estilo, recrear el espíritu de una historia dibujada. De hecho, verla es ver un cómic en movimiento, un homenaje en blanco y negro a ese género narrativo que suele recordarle al cine el valor de cada imagen. No sólo su guión, también sus cuidadosos encuadres vienen directamente de los relatos trazados por Miller. Lo más probable es, pues, que sean los fieles seguidores de las historietas originales quienes disfruten más del espectáculo. Después, la disfrutarán los cinéfilos que prefieren el cine a la vida. Al final, la valorarán los espectadores que van de teatro en teatro en la búsqueda de una obra bien filmada. De ser alguno de los demás, una señora con ánimo de divertirse o un padre de familia cansado de esas narraciones que ponen a los actos violentos en el nivel de un ejercicio de estiramiento, yo evitaría enfrentarme a este largometraje. O tendría claro, antes de ocupar mi lugar en el auditorio, que se trata de una obra asfixiante dirigida por el mismo Robert Rodríguez que inventó las trilogías paródicas de El mariachi y los Mini espías, es decir, por uno de los más destacados miembros de la segunda generación de cineastas (junto al famoso Quentin Tarantino) cuyo referente primero no es la realidad sino el cine mismo, y no sólo los clásicos, sino todas, absolutamente todas las películas de la historia, incluso las que nadie renta en los alquileres de video. Tendría claro, decía, que la dirige Rodríguez. Y que sin embargo, funciona. Puede ser que la mirada vigilante del propio Miller, simbólico codirector del proyecto, lo haya salvado todo del desastre. Que la sensibilidad del director haya aterrizado, por fin, en el sitio adecuado. O, por qué no, que nunca antes haya sido tan evidente su talento.
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