Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1995/04/24 00:00

LA CIUDAD IMPRESIONISTA

Después del primer centenario de su desaparición, los expertos del arte mundial resaltan la importancia de Gustave Caillebotte en el desarrollo del impresionismo.

LA CIUDAD IMPRESIONISTA

AL PARECER ANTES DE LLEGAR A SU fin, el siglo XX reformulará su historia artística y ofrecerá una versión renovada de los hechos y circunstancias que dieron impulso definitivo al proyecto moderno. Cada año, una o más exposiciones de importancia traen consigo una serie de visiones novedosas, que necesariamente generan cambios en los discursos y aportan proyecciones diversas en lo que hasta entonces parecía un relato establecido.
El año 1995, entre otras formulaciones, ha despertado inquietudes en torno de la historia del inmpresionismo, que precisamente por su enorme importancia parecía la mejor acabada de todas. La exposición "Gustave Caillebotte, un impresionista urbano", que en la actualidad se presenta en el Art Institute de Chicago (Estados Unidos), ha puesto en evidencia que aun en este capítulo existe todavía mucho por ver y por decir.
Esta muestra, hecha posible gracias a la Unión Nacional de Museos de Francia, al Museo de Orsay y al Art Institute, ha ofrecido un lugar prominente a un artista que tradicionalmente se ubicó en puestos secundarios. A través de 117 obras, la mayoría hasta el momento desconocidas, Caillebotte recobró el protagonismo que la historia le debía. Siempre se le consideró, más que un gran artista, uno de los principales mecenas del movimiento impresionista, pues el servicio que prestó a éste con su enorme fortuna opacó su aporte expresivo.
Se llegó incluso a decir que Caillebotte representaba la anomalía impresionista. porque conservaba preocupaciones extemporáneas a las del movimiento, como la necesidad de definir y dibujar con exactitud, y porque no siguió las técnicas como la fragmentación de la pincelada para representar el instante, el movimiento o la circunstancia efímera. Por el contrario, su obra, a diferencia de la de su amigo Claude Monet, o de su gran influencia Edgar Degas, admite la pausa, la estabilidad y la serenidad. Sin embargo, el manejo de grises y blancos, de circunstancias atmosféricas como la lluvia o la neblina, y el entusiasmo por el tema urbano dan cuenta de su esencial espírito impresionista.
Caillebotte, como lo demuestra la más importante reunión de sus trabajos que hasta el momento se ha celebrado, fue quizás el más contemporáneo en su momento. No exploró recursos técnicos pero afianzó las introducción de una nueva temática, que ha sido desarrollada bajo muy diversas perspectivas en más de un siglo de modernidad: el paisaje urbano. En este campo se encuentra posiblemente lo monumental de su aporte, pues a través suyo afirmó, no sólo el optimismo en la incertidumbre que significaban las nuevas corrientes de la plástica, sino las imágenes y referencias que dominarían en un futuro el acontecer del arte. Con ellas visualizó, de manera temprana, contradicciones y ambivalencias de la vida de la ciudad. Su actitud misma es un ejemplo de compromiso con su momento y con el devenir histórico.
Abandonó su exitosa profesión de ingeniero y sus estudios de abogacía para dedicarse a desarrollar y a apoyar, con absoluta convicción, una nueva expresión artística, en la que no alcanzó reconocimiento alguno. Aun así, fue organizador de exposiciones, coleccionista y, en muchos casos, el principal apoyo de los pintores del impresionismo.
Ya a los 28 años había firmado un testamento en el que dejaba, en caso de desaparecer prematuramente, su fortuna al grupo impresionista para que éste siguiera la marcha de su proyecto, y a los 48, cuando llegó su final, había adquirido a precios altos, con los que sólo pretendió colaborar, una de las más valiosas colecciones del impresionismo que legó al Estado para que éste iniciara con ella la educación de la nueva estética con que se abría paso la modernidad.
No obstante Francia no aceptó la donación. Debieron pasar tres años de agitación para que las autoridades consintieran en preservar esos trabajos, y 31 más para que los ingresaran por fin a la colección del Museo del Louvre, tal como lo había solicitado Caillebotte con la fe de que ella significarían en un futuro la explicación a un cambio radical en la actitud del arte.

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