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| 10/22/2001 12:00:00 AM

La Colombia autóctona e intacta

Surge en el país un gran interés por grabar y divulgar la música popular desde su mismo origen. Juan Carlos Garay analiza los alcances de esta tendencia y las preocupaciones de los puristas.

Hace unos meses la cantante colombiana Petrona Martínez viajó a los modernos estudios Jonathan Recordings de Bristol, Inglaterra. El lugar está equipado con la más moderna tecnología de grabación en 24 pistas y solamente la sala de controles ocupa un área de 50 metros cuadrados. Pero al poner toda esa maquinaria al servicio de la artista no se estaba pensando en lograr un disco de exhaustiva producción, con mezclas y efectos por doquier. Lo único que se quería era captar, con entera fidelidad, el sonido de su voz curtida y los tambores rústicos que la acompañan. Desde luego, no toda la música colombiana se graba actualmente con ese espíritu antropográfico. Grupos juveniles como Curupira y Manguala le han dado al folclor un nuevo impulso, revistiéndolo con instrumentaciones más roqueras. Pero Petrona Martínez ya sobrepasa los 60 años y no cree en la energía eléctrica aplicada a los instrumentos, sino en una energía más visceral, una fuerza que brota de su canto y prescinde de tomacorrientes. Los argumentos para publicar un disco así son bien lógicos: el bullerengue, que es el género del cual Petrona es reina, se ha cantado siempre en los pueblos de Bolívar para acompañar las labores cotidianas. No hay ‘conciertos’ en el sentido convencional del término, pero basta con arrimarse a las orillas del río que bordea San Cayetano para escuchar algunas de las mejores interpretaciones de bullerengue mientras se cierne arena o se lava ropa. Cualquier aporte adicional que un arreglista haga a ritmos como la puya, el chandé o el mapalé se hallará siempre en una encrucijada: va llevando a la música por nuevos rumbos pero se aleja de su laya original. Cuando Totó la Momposina cambió la marímbula tradicional por un bajo eléctrico a la hora de grabar su disco Carmelina no se trataba de un reemplazo irrelevante sino de una decisión muy profunda. Hoy todavía hay oyentes puristas que se resienten por aquel cambio y afirman que la obra maestra de Totó —y de la música afrocolombiana, incluso— no hay que buscarla por los lados de Carmelina sino de La candela viva, un disco anterior en el cual sólo se escuchaban voces y tambores. Pero fenómenos como el de Petrona Martínez no aparecen simplemente para satisfacer a los sectores puristas. Una presentación suya en el Teatro Colón, en 1999, atrajo a tanta gente joven que cualquier transeúnte despistado hubiera pensado que Petrona era una artista pop contemporánea de Shakira. Tal vez la mejor explicación para esta empatía juvenil con los ritmos tradicionales se halla en las notas interiores de otro disco aparecido hace poco: Homenaje a los Gaiteros de San Jacinto. Refiriéndose al folclor de San Jacinto, pero ilustrando un principio que es universal, Fernando Sebastián Tasceche escribió: “La tradición es futuro. La música es una invención permanente”. Grabaciones de campo Con el fin de evocar a la perfección el ambiente natural de esta música el álbum de los Gaiteros de San Jacinto (en realidad son músicos descendientes de los gaiteros originales) incluye palmas y pregones reproducidos en el estudio de grabación. El oyente se hace entonces la ilusión de estar en plena plaza de San Jacinto y, con seguridad, disfruta mejor de las cumbias y los porros. No obstante existen algunos estudiosos del folclor para quienes estos efectos no hacen sino ‘trucar’ o ‘falsear’ la realidad. A cambio sugieren y ponen en práctica un ejercicio que, por ejemplo, le habría ahorrado a doña Petrona tener que cruzar el Atlántico: no se trata de que los músicos vayan a los estudios sino de que los equipos de grabación busquen a los músicos. El musicólogo Egberto Bermúdez es responsable del mayor número de discos de esta modalidad, conocida como ‘grabación de campo’. En 1996 publicó el disco Itinerario musical por Colombia, que recogía, entre otros, cantos autóctonos de La Guajira, la Sierra Nevada de Santa Marta y el Palenque de San Basilio. Poco tiempo después apareció otra producción suya con calipsos y mentos grabados en su escenario natural: la isla de Providencia. Los discos alcanzaron tal éxito que ya han tenido que ser reimpresos y Bermúdez ha explicado el encanto de estas grabaciones diciendo: “Es que en verdad la música nunca existe sola o aislada. Cualquier música se mueve dentro de un contexto, y la idea de las grabaciones de campo es registrar también ese contexto”. El caso de Bermúdez es singular, pero no por ser pionero de las grabaciones de campo sino por ser un colombiano interesado en el folclor de su propio país. Desde 1903, cuando un etnólogo alemán vino a hacer los primeros registros de nuestra música autóctona, la tendencia se ha mantenido casi invariable. La riqueza de la cumbia o el bullerengue conmueve primero a los extranjeros. Aún encuentra uno excelentes grabaciones que circulan en Europa y que aquí no cuentan con ninguna distribución. El sexteto Tabalá, por ejemplo, es un grupo que casi nunca ha salido del departamento de Bolívar, pero si uno quiere conseguir una copia de su más reciente disco (como sucedió muchos años con el primer álbum de Totó la Momposina) tiene que esperar una importación de Francia. Aún así el esfuerzo vale la pena. La grabación de Tabalá es tal vez el nexo más recóndito que existe entre Colombia y Africa. El disco se registró en pleno corazón de Palenque, el primer territorio de negros libres de todo el continente americano, y es documento de la lucha de estos músicos por mantener vivo un sonido que ya ha muerto —o bien se ha transformado— en todos los demás rincones. Cayetano Blanco, el bongosero del grupo, define su música de una manera febril: “Es un velorio pero estamos bailando un cadáver”. Lo que tal vez no se imagina Cayetano es que, a fuerza de baile, el folclor que creíamos muerto ha vuelto a levantarse. Actualmente hay cerca de una decena de grabaciones en el mercado para demostrarlo.
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