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| 4/7/2012 12:00:00 AM

La concepción del arte sin artistas

La colección Daros de Latinoamérica y el Museo de Arte Moderno de la Universidad Nacional presentan hasta el 30 de junio una representativa muestra de Luis Camnitzer, uno de los más destacados artistas conceptuales.

Luis Camnitzer es reconocido como una de las figuras claves del arte conceptual en el mundo. ¿Arte conceptual? La palabra puede intimidar a más de uno. Pero solo hay que dejar a un lado las etiquetas y los prejuicios y acercarse desprevenidamente al Museo de Arte Moderno de la Universidad Nacional, un precioso lugar diseñado en 1973 por los arquitectos Alberto Estrada y Elsa Mahecha, ubicado cerca de la entrada a la Universidad por la calle 45. El maestro Camnitzer, un hombre afable y lúcido de 75 años, manifiesta su total complacencia con el sitio: "Estoy absolutamente maravillado porque hay un diálogo entre el espacio y la obra. Esta exposición ha estado en varios lugares, pero hasta ahora este me parece el mejor". Y en realidad, se trata de la más completa muestra de su obra, que incluye 70 piezas en distintos medios y trabajos desde el año 1966 hasta la actualidad. La mayor parte de ellos pertenecen a la colección Daros Latinoamérica con sede en Zurich. Por cierto, su director, Hans-Michael Herzog, es el curador de la exposición junto con Katrin Steffen.

Una vez está a sus anchas en el cómodo espacio, el espectador inicia su recorrido, que va a tener mucho de humor e ironía además de reflexión. Camnitzer no cree en una relación convencional entre el artista y el espectador. Más aún, no cree ni en el artista, ni en el espectador, ni en el arte tal y como se conoce. Él piensa que el espectador participa activamente en la elaboración de la obra y que el artista es algo aleatorio, según puede verse en la obra Retrato del artista: un lápiz cuelga en posición horizontal frente a una pared y 'dibuja' empujado por el movimiento de un ventilador. O en Pintura bajo hipnosis, en la que Camnitzer también intenta crear una pintura sin artista. Allí se imagina que el lienzo, el pigmento, el pincel, el marco y la mano son miembros de un equipo que dirige la obra. Camnitzer acudió a un hipnotizador y le dio una lista con preguntas que él debía hacer a cada uno de 'los integrantes del equipo'. Bajo hipnosis, Camnitzer se convirtió en cada uno de los 'miembros', respondió las preguntas y produjo cada vez la correspondiente parte de la pintura. Repitió el procedimiento hasta que el cuadro estuvo terminado. Con esto, aclaran los curadores de la exposición, "el artista vio una posibilidad de democratizar los materiales y herramientas y de revelar de manera crítica el papel 'autoritario' del artista respecto al objeto".

A Camnitzer le interesa el arte no para producir objetos, sino para despertar una conciencia crítica. Trabaja con ideas y le importan más los procesos que los resultados. Esa convicción sobre su oficio fue el resultado de un largo camino y de varias crisis. Hijo de padres alemanes, nació en Lübeck pero, cuando tenía un año de edad, sus padres emigraron a Montevideo, donde creció. ¿Qué tanto de uruguayo tiene? "Soy muy uruguayo", responde. ¿Qué tanto de alemán tiene? Cuando hace unos años expuso en Kunsthalle de Kiel y lo presentaron como "el hijo pródigo" que regresaba a su país, dijo: "Mi única vinculación con Lübeck, que sería mi ciudad natal, es que me gusta el mazapán. Pero ese gusto no lo puedo atribuir a que nací en Lübeck". Se siente "un uruguayo en el exilio" y un latinoamericano porque para él Latinoamérica es una obra conceptual: "No existe realmente, es una construcción mental. Pero hay elementos que la unifican, que igual le dan presencia y nos dan una cierta identidad. El más fuerte es el sentido de periferia, todavía. El otro es el idioma y otro más -hasta cierto punto- es la religión, pues aún, si estadísticamente el catolicismo está en receso, hay elementos en la cultura que lo mantienen". A los 27 años se trasladó a Nueva York, donde vive y trabaja actualmente. Luego de experimentar con la escultura y el grabado -y de trasegar por la escuela expresionista- descubrió que ya no estaba corriendo riesgos al realizar sus obras: "Grabar equivalía a tejer y, en lugar de un suéter, al final resultaba una imagen predecible". Se dio cuenta de que se estaba definiendo a través de una técnica y no a través de un concepto: "En ese momento le di vuelta a la cosa: soy un artista que hace grabado, no un grabador que hace arte. Aquello fue en 1964. Fue la clave. Seguí haciendo grabado hasta cierto punto, pero no era lo más importante: lo importante era lo que generaba". Se dedicó a los grabados gigantes en madera, lo nombraron miembro honorario de la Academia de Florencia, quedó de segundo en un premio importante y vendió uno de sus grabados. Ante la perspectiva de un futuro seguro y poco interesante, abandonó todo y entró en una crisis de la cual salió gracias a la obra This is a Mirror. You Are a Written Sentence (Esto es un espejo. Usted es una frase escrita), de 1966, su primer gran trabajo conceptual que puede apreciarse en la exposición del Museo de la Nacional.

La comercialización del arte y del artista es otro tema recurrente que puede apreciarse en esta exposición. En la obra Firma por pulgada vemos la insólita venta de su firma según el largo por pulgada. En otras, es por centímetro o tajadas. En Plusvalía, en una caja de madera hay un guante de lana, que el artista adquirió por 150 pesos, y un documento -una carta de colegas colombianos prestigiosos- en el que el uso del guante por cada uno de ellos incrementa el valor de la obra en un precio determinado hasta llegar a 209.834 dólares. Luis Camnitzer concibe la cultura como una empresa anónima y sin afán de lucro. Su arte paródico apela siempre a la complicidad del espectador: "A mí no me gusta la imposición. No me gusta obligar al público a ver algo… Me interesa que mis obras evoquen la mayor cantidad de cosas posibles en varios niveles, como una cebolla que uno va pelando". Y aspira a un arte sin artistas: "En otras palabras, yo seré un buen artista si logro que no sea necesario que yo haga arte, es decir, que yo sea prescindible. En ese momento, todo el mundo hará arte, creará su orden, el poder estará repartido equitativamente y la palabra arte dejará de tener sentido". Una propuesta -él es el primero en reconocerlo- que no es fácil de llevar a la práctica.
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