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| 12/19/1983 12:00:00 AM

LA CONQUISTA DE LA LUZ

Treinta años después de la muerte de Dylan Thomas, prosigue la polémica sobre si es o no un poeta surrealista

LA CONQUISTA DE LA LUZ LA CONQUISTA DE LA LUZ
Treinta años después de su muerte, prosigue la polémica sobre si Dylan Thomas es o no un poeta surrealista. La controversia, en materia poética, no tiene solución definitiva, aunque en torno al gran poeta inglés nacido a principios de siglo, la crítica más reciente parece haber llegado a un acuerdo: que su febril libertad creadora no solamente lo sitúa dentro del modernismo sino, además, dentro de la más acendrada corriente surrealista. Tesis un tanto apresurada porque si bien se analizan las raíces de su poesía, se comprende que el lugar de Thomas en la lírica rebasa los límites de esquemas fáciles y rótulos simplistas en que algunos compiladores e historiadores han pretendido encerrar la literatura universal. Dylan Thomas no es surrealista. Y formular esta aseveración no significa, en manera alguna, un agravio al surrealismo.
A la edad de veintiún años apareció Thomas en el ámbito literario con una obra llamada "Twenty Five Poems". El torrente de imágenes exaltadas, giros inesperados y efusivos cuadros inclinaron a la crítica a clasificarlo dentro del surrealismo. La interiorización de su lenguaje, carente de referencias externas, en el cual parecía cesar la función nominativa de las palabras era, en efecto, la primera impresión que proporcionaban sus poesías. Vocablos y combinaciones confusas en juego con ingenuidades y rudezas hicieron pensar en una espectacular empresa surrealista. Su obra posterior confirmó a algunos el hecho, y no hace mucho el prestigioso suplemento literario de "The Times" se encargó de expedirle, en contravía de opiniones opuestas, una tardía partida de defunción surrealista. Sin embargo, para quien lee sistemáticamente sus poesías, la clasificación se desvanece con rapidez. Para ello es preciso, naturalmente, despojarse de los criterios rígidos de una crítica formal que a lo Sherlock Holmes, donde quiera que encuentra determinada clave, se ve constreñida a concluir alguna verdad irrebatible.
Cierto es que hay, a primera vista, mucho de obscuro en Thomas, pero esta anarquía no es espontánea. El propósito central de su obra se circunscribió, como él mismo lo dijo en alguna ocasión, a "ascender de las tinieblas a la luz". Quiso, en plena e inequívoca conciencia, encontrar las razones de la vida. Podría decirse que su tema fue derrotar el dramático aforismo de Pierce, según el cual el significado de un símbolo es otro símbolo. Sus poemas querían romper, con ansiedad profunda, la significación apretada de las palabras. Se lanzó así a una tarea utópica que lo sumió en un hermoso círculo vicioso: para esclarecer sus sensaciones, recurrió a términos inventados y a metáforas inextricables. Todo gobernado, con secreta lógica, por una cadena de significados sucesivos y concomitantes, que llevaron a su lenguaje peculiar a salirse de sí mismo. Thomas cabalga en su dialecto personal, pero, a diferencia de lo que escribió Octavio Paz del poeta surrealista Henri Michaux, no le rompe el espinazo a los vocablos y sabe bien a dónde llegar. Y esa es su diferencia radical con el movimiento surrealista: la conciencia íntima de una finalidad previa.
"La poesía debe penetrar, cada vez más, en la desnudez luminosa y clara de las cosas ocultas, yendo aún más allá que Freud". Esta afirmación de Thomas, que no ha sido tomada en cuenta suficientemente, contradice los postulados surrealistas, consistentes en plantear la tarea del creador artístico como una transcripción pasiva de sensaciones. Caer en las tinieblas, en las catacumbas, fue una virtud para los seguidores de Dadá. Para Dylan Thomas la conquista de la luz es su leit-motiv, como lo atestigua la primera estrofa de su verso "Do Not Gentle Into That Good Night"
Do Not go gently into that good night, Old age should burn and rave at close of day; Rage, against the dying of the ligth.
No os hundáis mansos en la noche oscura; airáos, oh viejos, al morir el día. Rabiad, rabiad, porque la luz no dura. (Trad. de Enrique Uribe White."Horas de Tota, pág. 125)
¿Cómo clasificar entonces a Thomas? Es, sin duda, un moderno por su actitud liberadora frente al lenguaje. Su disciplina, empero, lo separa del surrealismo. Quizás sea deudor de sus lejanos antepasados, lo celtas, hombres profundamente religiosos, que se distinguieron por el culto a las fuerzas naturales y a los misteriosos sustratos del ego. Dylan Thomas, como el arte céltico, vive en continua tensión, tratando siempre de conquistar un absoluto imposible. Sus poesias son prueba de una agonía exacerbada. La misma que impulsó a los celtas a elaborar esculturas en las que el ojo se salía de su entorno, como intentando expugnar más allá de lo tangible. Buen homenaje a su memoria sería, a treinta años de su prematura muerte, declararlo el gran celta del siglo XX. No debe olvidarse que pasó su cortísima vida en Camarthenshire, un diminuto pueblecillo de pescadores en Galés, uno de los lugares donde se desarrolló más pujantemente la cultura celta.

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