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| 6/2/2012 12:00:00 AM

La crisis del euro en el espíritu de Europa

La batalla por el euro amenaza al patrimonio cultural europeo, uno de los más importantes de la humanidad. SEMANA estuvo en el Viejo Continente y descubrió uno de los lados más dolorosos de la crisis.

Los intelectuales de Atenas están, como siempre, en los cafés de la Ciudad Vieja. Para llegar hay que subir una ladera rumbo a la Acrópolis y buscarlos entre callejuelas adoquinadas. Pero a diferencia de tiempos mejores, hoy los escritores, académicos y periodistas casi no pueden pagar la cuenta. "Aunque discutimos por horas, no nos alcanza para más de una taza", dice Betty Liakou, una reconocida investigadora. "Sin embargo, no queremos que nuestra vida cambie. ¡De aquí nadie nos saca!".

Junto a Liakou están su hermana Maria Pini y su amiga Maria Moursela, tres de las mentes más brillantes de Grecia. Liakou es paleógrafa, trabajó en universidades y academias, pero desde 2011 está desempleada. Pini escribía para uno de los periódicos más grandes, pero cuando este quebró se quedó sin trabajo. Y Moursela, actriz y traductora, hoy vive con su madre y busca empleo. "La situación no es alentadora", dice Liakou. "Pero hacemos lo que podemos para soportar la catástrofe".

Con la palabra "catástrofe", Liakou no se refiere a la crisis del euro, sino a su efecto en la cultura, que podría ser funesto para el mundo entero. Uno de los patrimonios más importantes de la humanidad ha empezado a resquebrajarse. No solo la gente, privada de recursos, ha dejado de comprar libros o de ir al teatro o al cine, sino que las políticas de austeridad han forzado a muchos gobiernos a hacer recortes en el presupuesto de las instituciones culturales. Mientras Europa lucha por salvar su moneda, sus valores fundamentales han pasado a un segundo plano y las consecuencias podrían ser nefastas.

SEMANA recorrió Europa y descubrió uno de los lados más dolorosos de la eurocrisis, que no solo afecta a los intelectuales de Atenas, sino a los de casi todos los países de la región. Si bien el hogar de la cultura occidental aún está lejos de derrumbarse, las grietas en su fachada ya se notan. Según un sondeo realizado en 21 países por Culture Watch Europe, 11 naciones recortaron subsidios culturales. Y un estudio presentado en Turku -ciudad finlandesa que en 2011 fue Capital Europea de la Cultura- concluyó que en bastiones como Boloña, Copenhague, Cracovia, Nantes y Rotterdam, en cuatro años, los presupuestos para preservar el patrimonio fueron reducidos o no aumentaron un centavo.

Para entender por qué una región tan admirada por su cultura hoy se precipita por un desbarrancadero sin fondo, hay que mirar al pasado. Europa no solo es un baluarte del pensamiento moderno, sino el nido de las artes y las letras de Occidente. Conscientes de ello, en 1992 las naciones que firmaron el Tratado de Maastricht para sellar el nacimiento de la Unión Europea (UE) declararon como objetivo primordial la protección de la diversidad cultural. Según el Departamento de Cultura de la Comisión Europea -consultado por SEMANA-, hasta hoy Bruselas ha invertido más de 400 millones de euros en cultura y ha apoyado a más de 1.000 organizaciones en los 27 países de UE.

Pero los problemas financieros le han puesto el freno a la maquinaria cultural. "El problema es que nosotros solo cofinanciamos", dijo Dina Avraam, vocera de la Comisión. Sin la otra mitad del dinero necesario, Bruselas ha perdido eficacia. Por eso, analistas como Andreas Wiesand, director del Instituto Europeo para la Investigación Comparativa de la Cultura, dicen que el compromiso de Maastricht se ha roto. "La cultura dejó de ser la excepción por la que todos debíamos luchar", dijo a SEMANA. "La Organización Mundial del Comercio y su insistencia en el libre mercado nos ganaron el pulso". Peter Inkei, director del Budapest Observatory, pinta un panorama aún más sombrío: "¿Es la crisis una evidencia de un periodo crucial para Occidente? De ser así, la pregunta no es cómo sobrevivirá la cultura, sino si seguirá teniendo un papel".

El pesimismo tiene una base real. "Un tsunami está a punto de arrasar a Europa", dijo a SEMANA Sophie Lambo, directora del Teatro Internacional de Danza de Ámsterdam, uno de los más reconocidos del mundo. Lambo está furiosa porque este año el gobierno suprimió más de 200 millones de euros del presupuesto para las artes. "Es más del 30 por ciento, lo que implicará menos artistas jóvenes y un mayor peligro de que nos quedemos congelados en el tiempo y de que este país abandone su espíritu progresista", añadió. El ejemplo de Holanda es emblemático. Como en otros países, a Ámsterdam los recortes no solo llegaron con la crisis, sino con la popularidad de políticos de extrema derecha como el xenófobo Geert Wilders. "Mutilar la cultura en tiempos de crisis no es una obligación sino una decisión basada en convicciones ideológicas", explicó Wiesand. La misma Lambo insistió en que los recortes son una "venganza cruel" de sectores que "a los artistas siempre nos han visto como parásitos del Estado". No sin razón, el diario alemán Frankfurter Allgemeine Zeitung comentó irónicamente: "para Bruselas, la alta cultura es un 'hobby' de izquierdistas".

De ese modo, la crisis cultural sería una de las consecuencias más perniciosas de la política de austeridad. Prueba de ello son casos como el del British Museum, de Londres, que desde que el conservador David Cameron gobierna ha visto caer su presupuesto. Según una investigación de la Cámara de los Comunes, después de 15 años en alza, en 2012 los fondos para la cultura inglesa fueron reducidos en 30 por ciento. En Italia, la Opera della Scala de Milán ha sufrido recortes millonarios. En España, el Instituto Cervantes este año recibió 10 millones de euros menos, lo que obligó al ministro de Asuntos Exteriores español, José Manuel García, a admitir que muchos proyectos se retrasarán. Y hace pocas semanas, el gobierno del conservador Mariano Rajoy eliminó la Dirección General del Libro, Archivo y Bibliotecas así como la de Bellas Artes y Bienes Culturales, una decisión criticada por muchos como "una agresión a los sectores más indefensos de la creación literaria".

Portugal, República Checa e Irlanda ya vienen sometiendo desde hace años al sector cultural a violentos recortes. En Portugal, la situación es especialmente grave. Muchos jóvenes artistas se sienten desamparados desde que el gobierno del conservador Pedro Passos Coelho suprimió el Ministerio de Cultura y redujo el presupuesto para el sector a 180 millones de euros, poco más que el de una ciudad alemana. Uno de ellos, Francisco Marcus, un poeta de 24 años que se gana la vida como mesero y que fundó un movimiento de protesta llamado Orfeo, le dijo a SEMANA: "Nos tratan como parias. Hasta gente premiada en festivales internacionales está cruzada de brazos porque no hay dinero". Cineastas y actores de teatro, los más afectados, llevan días protestando frente al Parlamento. Y la semana pasada, activistas colgaron mensajes en las sedes de algunos bancos: "Estamos hartos del irrespeto, la humillación y el desprecio hacia la cultura".

Mientras unos protestan, otros se ven obligados a subsistir de cualquier modo. El ejemplo más impactante es el de Venecia, una ciudad que cada año recibe 22 millones de turistas. Como Grecia, Italia posee una enorme cantidad de bienes culturales sin los que Europa no existiría. Pero ese patrimonio ha empezado a caer en manos privadas, las únicas en capacidad de suplir los millonarios fondos que, en el caso de Venecia, la ciudad necesita para no derrumbarse. Ante la crisis, el gobierno dejó al municipio -cuyas deudas alcanzan los 400 millones de euros- la protección del patrimonio. Este acudió a inversionistas y la Serenísima se llenó de vallas publicitarias. Además, algunas empresas buscan comprar construcciones importantes. Por 40 millones de euros, la firma de moda Prada ya adquirió el palacete Ca'Corner della Regina en el Gran Canal. Y el proyecto de Benetton de convertir el palacio Fondaco dei Tedeschi en un centro comercial tiene a los conservacionistas con los pelos de punta.

Europa, sin embargo, lucha en la medida de sus posibilidades. Según un estudio de Lab for Culture, nueve naciones no solo se rehusaron a reducir los fondos de la cultura, sino que incluso los aumentaron. En Francia, donde ir a la ópera es un derecho fundamental, en 2011 la polémica por posibles recortes llegó hasta a las campañas presidenciales y obligó a socialistas y conservadores a elogiar la política de 'llave abierta' para las artes. Alemania ha elevado el presupuesto cultural por quinto año seguido. Y ante el desespero, algunos como Finlandia y el propio Reino Unido hoy destinan al sector las ganancias de la lotería. Expertos como el multimillonario alemán Nicolas Berggruen proponen un nuevo modelo según la tradición estadounidense: el mecenazgo y la filantropía.

Pero la amargura es generalizada. En entrevista con SEMANA, Petros Markaris, uno de los autores más famosos de Grecia, se refirió a una "brutalización del día a día para artistas e intelectuales". Y añadió: "Esta crisis es novedosa porque no ha gestado genios ni causado una revolución artística". En un reciente libro, el intelectual alemán Hans-Magnus Enzensberger también extraña "nuevas visiones o una revolución". Y tan desolador es el ambiente que hasta viejos sabuesos como el Nobel alemán de literatura Günter Grass han elevado su voz. En su más reciente poema titulado La vergüenza de Europa vapulea a su continente no solo por considerar la posibilidad de expulsar a Grecia de la zona euro, sino por estar perdiendo su propia esencia. "Sin ese país te marchitarás, / Europa, privada del espíritu / que un día te concibió".
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