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| 8/1/1994 12:00:00 AM

LA CUIDAD DESHABITADA

La cultura urbana colombiana se está convirtiendo en una relación de ciudades con millones de deshabitantes.

DESDE UN PUNTO DE VISTA ESTRICtamente práctico, la medida del alcalde Jaime Castro -de prohibir la circulación nocturna de menores de 18 años en Bogotá- puede obedecer, ciertamente, a la necesidad de reducir los niveles de violencia en la capital. Pero la antropología interpreta el hecho como una manifestación más del destierro del hombre dentro de su propia casa.
Ante la primacía del automóvil, el auge de la verticalización y del enmallamiento (o conjunto cerrado), y la eliminación de los sitios comunes de encuentro, el hombre en la calle ha pasado a un segundo plano. Actos como pararse en una esquina con los amigos, darle vueltas al barrio, caminar sin prisa, admirar un jardín, avanzar o retroceder lucen como manifestaciones sospechosas.
La planificación central, en la mayoría de los casos, ha basado su estrategia en la idea del flujo lineal, o sea, en la manera de asegurar que se esté siempre en constante movimiento. La necesidad de que las ciudades no se atasquen sino que fluyan se ha convertido en un imperativo urbanístico esencial. Como resultado, los ciudadanos se han refugiado en sus moradas, y han dejado los espacios públicos en manos de los desposeídos. Y es precisamente la disputa por esos territorios lo que determina el total marginamiento y deterioro del llamado downtown.
El tema de la ciudad contemporánea fue tratado recientemente en Medellín por expertos colombianos, latinoamericanos y europeos, en el marco del VII Congreso de Antropología en Colombia, organizado por la Universidad de Antioquia. Allí, el investigador Jesús Martín Barbero -español radicado en Colombia- dijo que esta visión del flujo urbano equivale a que todos deben circular. Es tan determinante mantener la ciudad en movimiento que la suerte de un alcalde, de un secretario de tránsito, del administrador de un sitio público se mide, precisamente. Por su capacidad de evitar los atascos y el desorden.
Donde el impacto sobre la cultura urbana es más visible es en Barcelona. Bella como es, la capital catalana fue objeto de una monumentalización desmesurada dentro de su alistamiento para los Juegos Olímoicos de 1992. Barcelona -ya no París ni Nueva York- se ha convertido en el paradigma de la ciudad posmoderna, maqueta perfecta para los planificadores, pero experiencia dolorosa para sus habitantes.

LA EXPULSION DEL CIUDADANO
Con la verticalización, el entallamiento, la inevitable construcción de avenidas, la eliminación de obstáculos, y el paso triunfante y demoledor del automóvil se está llezando a lo que Manuel Delgado, antropólogo catalán, describió en el Congreso como la "expulsión" del ciudadano del espacio público. Para estos investigadores, la linealidad -por un lado- y la fluidez -por el otro- producen la muerte de los sitios de congregación y, con ello, el final de las vivencias compartidas de una ciudad.
Igual que Barcelona, las ciudades colombianas han visto desvertebrada su integración, y hoy se han declarado en crisis. Porque la muerte de las ciudades va conduciendo, gradualmente, a lo que la investigadora y periodista estadounidense Jane Jacobs llama el estado de miamización de las metrópolis, donde el carro es el rey, y los transeúntes, una especie en extinción.
"Caminar por el andén se convierte en algo sospechoso que hay que espiar desde detrás de los cristales del apartamento", dice Edgar Bolívar, profesor de la Universidad de Antioquia y ponente principal en el Congreso. "Es la imagen del Gran Hermano que nos vigila, y que nos anticipaba el escritor George Orwell en su obra 1984". Por eso, aunque nadie niega que los fines son loables, las decisiones del alcalde Jaime Castro no dejan de causar polémica entre los académicos. Son realidades preocupantes para la antropología urbana porque aumentan el temor y convierten a los espacios púbicos en algo plástico, que se mira desde lejos. "Y los ciudadanos terminamos sin ciudad y sin anclajes ", agrega Bolívar.
Según los especialistas, estas estrategias de control social -ventajosas para muchos, preocupantes para otros- son el punto culminante de un proceso que comenzó con la muerte del barrio, de la tienda y del negocio familiar, y que terminó con el nacimiento del centro comercial, donde el habitante clausura el triángulo de su encierro. Entre la casa, la oficina y el mala se vive como expatriado, con movimientos restringidos, sin puntos de contacto con la ciudad, sin memoria urbana y, obviamente, sin identidad.
Para Colombia, los mejores tiempos están aún frescos en la memoria. El ambiente peatonal, de vida de parroquia, de experiencias comunes comenzó a deshojarse en los años 60 y 70,cuando se sintió con intensidad el resultado de las migraciones masivas generadas por la violencia de los años 40 y 50. La vida estable, segura y homogénea se vio entonces asfixiada por la improvisación del recién llegado, tanto material como culturalmente.

LA CIUDAD INDIVIDUAL
Además, se pasó del diálogo entre vecinos y del viaje a pie al sacudón del autobús, y al ruido de la radio y la televisión. Cada individuo optó por hacerse una imagen individual y no colectiva de su hábitat. Y así, el orden de las jerarquías sociales y culturales chocó con el desorden de los desplazados y recién llegados. Para ambos grupos, la ciudad ajena a su experiencia personal se transforma en una fantasía.
De ser ciudades, las urbes colombianas han hecho la transición a la categoría de complejas regiones, difíciles de estudiar, entender y manejar."Una trama de relaciones que se convierte en un desaffo de planificación y administración -dice Bolivar-, y cuyo caso más patético es el Distrito Capital".
Pero hay también situaciones como la de Medellín que los investigadores sociales han comenzado a tratar como caso aparte. La descomposición de la capital paisa en sólo 10 años es tal vez el tema de mayor interés para los antropólogos urbanos colombianos. Igual curiosidad causa entre estos la manera como se ha intentado recuperar el tejido social de la que fue una de las ciudades más encantadoras del país: 'la tacita de plata' de los años 30.
En un intento por recuperar los tiempos idos y por demostrar el efecto de reconstrucción de las experiencias compartidas, el Congreso preparó una completa muestra fotográfica para revisitar la -arquitectura destruida y el pasado y presente de los hitos urbanos y de los personajes que hicieron historia. "Es decir, el tipo de memoria colectiva que el aislamiento colectivo de hoy es incapaz de producir", dice Bolívar.
Para los antropólogos, las fases de destrucción y reconstrucción de Medellín tienen elementos útiles para el futuro de otras urbes nacionales, especialmente por tratarse de una ciudad que ha logrado convocar a todas sus capas sociales para trazar, nuevamente, un camino compartido. Los primeros pasos, según Bolívar, se han logrado gracias a la existencia de una serie de virtudes que para el resto de los colombianos son defectos: el arraigado sentido de antioqueñidad, el amor por la morada, el cariño al barrio, la asistencia masiva -de todas las clases- a las mismas fiestas, la devoción por los mismos ídolos populares. Son instancias de identidad que crean una expenencia común."Porque, en últimas -concluye-, a las ciudades no las transforman las instituciones; las hacen y deshacen los hombres"
Pero aun así, todavía falta mucho trabajo de recuperación. Las ciudades colombianas deben volver a sus valores urbanos tradicionales para que en un futuro, a pesar de los millones de habitantes, luzcan deshabitadas.-
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