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| 7/27/1987 12:00:00 AM

LA DANZA FINAL

A los 88 años y sin perder cualidades para el baile murió Fred Astaire

LA DANZA FINAL LA DANZA FINAL
Aún a los 88 años, edad en la que falleció de neumonía en Los Angeles, Fred Astaire mantuvo esa agilidad de piernas, esa gracia para mover las manos y esa cabeza erguida de buen bailarín con la que conquistó a una buena parte del mundo. "Nunca tuvo mala salud", dijo uno de sus amigos al comentar su fallecimiento y, en consecuencia, siempre mantuvo su gusto por el baile ya que, como él mismo decía, "no entiendo cómo puede haber personas que respiren y no bailen. Es absurdo. El baile es como una prolongación de la corriente sanguínea".
Era lo que sabía hacer. Al comienzo de su carrera tuvo un tropiezo que, sin embargo, no le ocasionó frustración sino, al contrario, le dio fuerzas. Resulta que un buscador de talentos en Hollywood lo examinó y lo descalificó porque era levemente calvo, no sabía actuar y, a duras penas, algo de baile sabía. Pero sabía tanto de esto que no fue sino que accediera a alguna película, que subiera a algún escenario, para que su fama comenzara a correr y su figura esbelta y graciosa empezara a verse en giras infinitas que llevaban un poco de diversión a los soldados norteamericanos en las distintas guerras.
En un libro de memorias, el director Rouben Mamoulian, recuerda cómo conoció a Astaire y cómo este había comenzado a desarrollar su talento para la danza. "Desde los siete años tenía que someterme con mi hermana a unas clases duras, inflexibles que no se suspendían siquiera en tormentas de nieve", contaba el bailarín. "Desde temprano descubrí que eso me gustaba, que de pronto, en medio del vértigo de la velocidad, en medio de ese impulso del movimiento, había algo que no podía frenar y por eso lo que hacían los demás ninos me parecía aburrido".
BUSCANDO PAREJA
Durante 15 años a partir de 1917 y con su hermana Adele se convirtió en la pareja de baile más famosa del espectáculo norteamericano, protagonizaron costosos musicales y le dieron otro sentido a un género que estaba mecanizado. Ella lo dejó para casarse con un noble inglés. El siguió bailando solo y con otras parejas hasta cuando la RKO, que lo había contratado por un sueldo ridículo, lo cedió en préstamo a la Metro para filmar Dancing Lady con Joan Crawford.
Astaire tenía 34 años y toda una carrera por delante. La Crawford sería la primera de una serie de mujeres hermosas, tentadoras y famosas que estuvieron entre sus brazos, bailando con un hombre que saltaba, se movía, adelantaba y retrocedía como si el espacio físico no existiera: Rita Haywort, Eleanor Powell, Judy Garland, Cyd Charisse, Jane Powell, Leslie Caron, Barrie Chase y Audrey Hepburn.
Astaire bailaba y enamoraba en la pantalla a las diosas de Hollywood mientras el cine iba renovando sus técnicas, mientras las cámaras reducían su tamaño, los desplazamientos eran más fáciles y el color le daba a los musicales con sus escenarios de sueños, otras dimensiones. Sin contar con el sonido que magnificaba el roce de las suelas de los zapatos de Astaire contra el suelo.
Aún las películas más anodinas, más vacías, se convertían en grandes éxitos y mimadas por espectadores y críticos por la sola presencia de este hombre. Títulos como Holliday Inn, Blue Skies, Easter Parade, Three Little Words, "Boda real", The Band Wagon, "Papaíto piernas largas" (quizás una de sus películas más representativas), "Medias de seda", Funny Face entre las películas musicales y otras donde no bailaba, como "La torre del infierno" (donde se dedica a seducir mujeres solitarias), "En la playa", "El placer de su compañía", "Los asombrosos dóberman" y su última aparición, Ghost Story, basada en una novela del norteamericano Peter Straub, el sucesor de Stephen King.
En esa biografía de Mamoulian donde el nombre de Astaire aparece muchas veces (el actor se casó primero con Phylis Baker Potter, con quien tuvo dos hijos, Fred y Ava, y murió de cáncer en 1954 después de 21 años de matrimonio; hace siete años se casó con Robin Smith, de 35 años entonces y con quien tenía un interés común, los caballos), el bailarín y actor y empresario se burlaba de los críticos que elogiaban sus películas sólo porque aparecía él:
"Como no tienen más nada de qué escribir entonces me lo dedican".
Entre las numerosas personas que hán sentido su desaparición, hay una mujer rubia, pasada de kilos y destrozada por la edad que debe estar llorando todavía: su compañera de muchas películas musicales, la única con quien actuó en más de dos comedias, Ginger Rogers, una mujer que bailaba a la par de él y con quien logró auténticas obras maestras como "Vólándo a Río", "Roberta", Top Hat, Swing Time, Shall we Dance, The Barkleys of Broadway entre otras. Pocas veces se ha visto en el cine una pareja como ellos. El, elegante y ágil. Ella, hermosa y agresiva.
Quizás el mejor homenaje que reste ahora con Astaire sea buscar el casete de la película "Erase una vez en Hollywood" y mirarlo cómo baila. Como ninguno.-

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