Viernes, 20 de enero de 2017

| 1997/09/08 00:00

LA DEUDA

La más reciente película colombiana está compuesta con estricto corte garciamarquiano.

LA DEUDA


Directores: Manuel Jose Alvarez y Nicolás Buenaventura Protagonistas: Humberto Dorado, Alejandra Borrero, Vicky Hernández, Jairo Camargo, Diego León Hoyos, Carolina Trujillo, Helios Fernández, Constanza Duque, Alvaro Bayona.
De la pluma vertiginosa de Gabriel García Márquez nació Macondo como un espejo de la patria, y desde entonces su espíritu no ha hecho otra cosa que rondar las plazas de los pueblos como el fantasma de una idiosincrasia que ya nadie se empeña en negar. Quizás atormentados por este mismo fantasma Manuel José Alvarez y Nicolás Buenaventura terminaron exorcisando sus propios demonios con una historia de clara estirpe garciamarquiana. El sólo título advierte de alguna manera la herencia creativa y, de paso, el tono del relato. Se llama La deuda... o la insólita muerte y no menos asombrosa resurrección y segunda muerte de Alí Ibrahim María de los Altos Pozos y Resuello, llamado 'El Turco'. El guión, escrito por Buenaventura, ganó el Premio Nacional de Cine de Colcultura en 1995 y el año siguiente obtuvo el Premio de la Fundación Hubert Bals, de Holanda.
Contrario a lo que sucedía en el pasado, cuando a los archivos de Focine iban a parar resmas de guiones premiados a la espera de que ocurriera el milagro de su realización cinematográfica, La deuda no solo es un guión de reciente cosecha, sino que ha cumplido a cabalidad _y casi que en tiempo récord_ sus planes de producción, algo que, de entrada, habla bien de sus realizadores y de la confianza de la empresa privada en la tarea de patrocinar las aventuras del cine nacional. Fue filmada en Santa Fe de Antioquia entre febrero y marzo de este año, y el proceso de posproducción quedó listo hace pocas semanas para su estreno el 15 de agosto.
Alimentada por una respetada producción, con buena fotografía, buen montaje y excelente sonido, la película es la historia de un pueblo acosado por sus propias culpas, pero sobre todo por la de un asesinato en el que todo el mundo tiene que ver y, sin embargo, nadie se atreve a reconocer: el de 'El Turco', un usurero que ha hecho empeñar a su favor el pueblo entero, desde los copones y las vírgenes de la iglesia hasta las bolas del único billar de la comarca, pasando por anillos de matrimonio, relojes, afeitadoras, prendas de vestir y diarios íntimos. A la sombra de este fantasma desfilan las pesadillas de cada uno de los cómplices del homicidio, todos ellos personajes típicos y a veces hasta caricaturescos de la nacionalidad colombiana: el alcalde que esconde su debilidad en el poder, el cura que intenta maquillar su propio pecado carnal, el inocente notario, el implacable capataz, los dos tórtolos con ansias de matrimonio, la viuda que ha perdido la razón y sin embargo es la más lúcida de las mujeres, y hasta el ebrio sepulturero, un vagabundo que se encarga de cantar las sentencias fúnebres del destino.
Todo esto estaría muy bien si no fuera porque destila cierto olor a manido, a evidente imitación del prototipo macondiano. El aguacero que inunda al pueblo durante seis días, la frase del alcalde con la que le pide al notario anotar que 'El Turco' "murió de infarto el día más caluroso del más intenso verano", y la lluvia de flores amarillas que marca el final de la película, son sólo algunos ejemplos de un decidido tono macondiano que, lejos de sugerir un homenaje, parece la confirmación de que es el fantasma de García Márquez el que sigue rondando la imaginería nacional, sin que se haya resuelto todavía cómo domar ese fantasma y conducirlo hacia otros rumbos.
Sin embargo, aparte de estas discusiones, La deuda posee méritos suficientes para garantizar una buena correría por los festivales internacionales _en donde el estilo macondiano fascina_ y una prometedora taquilla: un humor que asegura espectadores y una producción que ha dejado atrás los vicios de realizaciones anteriores de similar presupuesto.

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