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| 8/11/1997 12:00:00 AM

A LA DIESTRA DE CARRASQUILLA

La versión musical del clásico colombiano es una lectura libre y comercial de la obra original.

Y se armó la Mojiganga es el montaje más ambicioso de la temporada y sin duda el más costoso del año. Un nutrido elenco de estrellas de televisión, escenografías exuberantes, una orquesta tropical en pleno, un director de larga trayectoria y el agresivo lanzamiento publicitario corroboran que con esta obra el Teatro Nacional echó la casa por la ventana. Y es que este proyecto tenía bases bastantes sólidas como para estar optimistas con sus resultados.En primer lugar está la maravillosa historia de A la diestra de Dios Padre, un clásico de la literatura colombiana escrito por el magistral autor antioqueño Tomás Carrasquilla. En ella el ingenio paisa con su carriel al hombro se abría paso a través de la mitología cristiana para quitarle el velo a los misterios bíblicos, demostrando que entre lo divino y lo humano no necesariamente debía existir un abismo. De otro lado estaba la credibilidad del director Jorge Alí Triana, uno de los profesionales de teatro, cine y televisión de mayor trayectoria en Colombia, quien además con este mismo montaje ya había triunfado en Nueva York hace dos años.Triana no es el primero que se inspiró en este cuento tradicional colombiano. Ya en los albores del Nuevo Teatro el maestro Enrique Buenaventura se había aventurado con su grupo, el Teatro Experimental de Cali _TEC_, con un montaje minimalista, de raíces populares y divertido en el que la historia de la ascensión de Peralta a la diestra ceremoniosa del Señor de los cielos se hacía a punto de las marrullas de la idiosincrasia colombiana.En La Mojiganga Triana retoma este libreto pero se decide por el camino de un musical exuberante, caribe y supuestamente inspirado en el festival popular. Este punto de vista del director deja al argumento en un segundo plano para privilegiar la espectacularidad del baile y la canción. Así, los roles principales de Peralta, Jesús y La Muerte, entre otros, se vuelven figuras de comparsa sin profundidad, como corresponde a los personajes en la estructura del musical. Y los personajes secundarios en lugar de expresar los matices de la picaresca se transforman en un decorativo coro acompañante que comenta la historia principal. Preferir el musical a expensas del drama tradicional no es bueno ni malo en sí, pues es la decisión de un creativo que tiene todo el derecho de explorar vertientes originales o vetas insospechadas de un clásico entrañable. Pero esta elección sí puede valorarse en términos de eficacia expresiva. Y aquí es donde se empiezan a encontrar los puntos débiles de La Mojiganga, que siguen siendo los eternos problemas del musical colombiano. Casi todos tienen el mismo origen: no existen en el panorama del espectáculo colombiano artistas integrales que puedan satisfacer totalmente los grandes retos del musical. Si saben actuar cojean cuando bailan y si bailan casi ninguno cumple con las exigencias del canto. Estas dificultades, que eran comprensibles cuando el musical era un género incipiente en Colombia, después de más de una década de intentos cada vez son menos tolerables. Y La Mojiganga vuelve a presentar estas carencias.Aunque los actores de televisión se esfuerzan por dar lo mejor de sí se nota que no tienen escuela, esa escuela que ya existiría si un grupo se hubiera dedicado exclusivamente a especializarse en este complicado género, como sucede en todo el mundo. Pero esto no ha pasado y cada vez que hay un musical empieza de nuevo el carnaval de improvisaciones. Y esto se nota. La solución, que podía haber sido la de mezclar actores con bailarines y cantantes profesionales, tampoco se contempló. Por ejemplo, para representar al coro de ángeles y diablos, que sólo debe bailar y cantar, se elige a actrices como Marcela Gallego, Marcela Agudelo, Pilar Uribe y Luisa Fernanda Giraldo, que por más que sean figuras de la pantalla chica se quedan atrás cuando las ponen fuera de su contexto habitual y se les exigen talentos adicionales. Con todos estos problemas técnicos La Mojiganga emprende los difíciles retos de esta versión que son maquillados por la comercial música que permea toda la obra. Y aunque esta es lo suficientemente agradable y pegajosa, tiene el inconveniente de las letras de las canciones que no logran imbricarse con fluidez en el texto original.El montaje, de otro lado, pretende rescatar elementos del carnaval popular y reelaborar el kitsch de la imaginería religiosa. Pero no es esto lo que realmente ocurre, pues lo popular sólo es invocado en su acepción más superficial. De aquí resulta este montaje lujoso, con acierto en sus escenografías, esforzado en su vestuario e iluminación, con sus agradables melodías, sus coros desafinados y su débil dramaturgia.La Mojiganga es un producto comercial agradable para los amantes de la música tropical que agota la taquilla pero que termina alejándose del espíritu popular que lo inspiró. Sin embargo tiene a su favor la tarea nada fácil de continuar en el intento de construir la historia del musical colombiano, que definitivamente no termina de encontrar su camino. nVuelve La FanfarriaEl excelente grupo de títeres de Medellín La Fanfarria trae a Bogotá lo más importante de su repertorio. Las funciones se presentarán durante un mes a partir del 17 de julio los viernes, sábados y domingos en el Teatro Infantil del Parque Nacional. De este grupo los bogotanos habían tenido la oportunidad de ver El señor Cabezas el año pasado. Ahora vienen con obras como El negrito aquel y Cuartico azul. Es una oportunidad única de ver en conjunto la obra del grupo de títeres más importante de Colombia.
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