Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1983/08/22 00:00

LA DOCTRINA DEL AMOR CORTES

Una aproximación musical al fascinante mundo de los juglares y trovadores

LA DOCTRINA DEL AMOR CORTES

"Poesía de Trovadores, Trouvers y Minnesinger". Antología de Carlos Alvar. Alianza Editorial, Madrid 1983, 405. páginas.
"Música de Troubadours". Clemencic Consort, René Clemencic director. Discos Harmonia Mundi, HM396-98, París, 1983.
La antología bilingue de Carlos Alvar y las preciosas versiones del maestro Clemencic constituyen la perfecta combinación para vivir con intensidad y lucidez el fascinante mundo de juglares y trovadores. Como ocurre con las sabias recetas de cocina, la óptima mezcla de dos o más elementos no cesará de resultar estimulante, aun en el caso de un libro y un disco.
Las primeras manifestaciones literarias y musicales del amor en Occidente, concebido bajo la óptica vigente en nuestros días, se presentaron históricamente en la telúrica transición de los años 900 al año 1000. Resultado de la mágica fusión de elementos árabes provenientes de Andalucía y de ingredientes celtas venidos de Irlanda y Bretaña que confluyeron en el terreno propicio de Occitania, un vigoroso florecimiento de juglares, trovadores y cortes de amor tuvo lugar entre Cataluña y Provenza a lo largo de los siglos X al XIII. De Burdeos o Génova, entre Clermont-Ferrand y Lérida, los trovadores hicieron del tema del amor, cantado en provenza o lengua de oc, "una doctrina y un sistema paralelos al sistema feudal del vasallaje", como señala Alvar, que pronto despertó ecos entre los "trouveres" de las cortes francesas del norte y los "minnesinger" alemanes.
En Occidente, las culturas y civilizaciones antiguas siempre interpusieron una abierta diferencia entre el amor y la sexualidad. Baste con repasar el concepto del amor platónico o las sensuales escenas bucólicas descritas por Longo, las lecciones de amor de Ovidio o el erotismo de Catulo. Mientras los sentimientos estaban de un lado, las relaciones entre los sexos estaban del otro, abandonadas a la agradable desenvoltura típica de griegos y mediterráneos. Fue tan solo en la feudal Occitania, encrucijada de caminos y de tradiciones culturales, donde la lírica trovadoresca empezó a tratar el viejo y siempre hermoso tema del amor con nuevas tonalidades y emociones, desde entonces tan occidentales y modernas.
Pero el amor cortés de los trovadores se opuso el amor caballeresco de la épica. El primero es poético y sensual, y se formaliza en la cortesía de los trovadores; el segundo constituye un ideal etico y estético que se materializa en el honor de los caballeros. Las canciones de Bernart de Ventadorn o de Thibaut de Navarra expresan el amor como gozo, en tanto que los romances caballerescos del norte manifiestan el amor como deseo de muerte (Tristán) o como exaltación del honor (Lanzarote del Lago). Y si las novelas de gesta, desde el Canto de Roldán hasta Don Quijote, emprenden locas aventuras en búsqueda del grial o de otros ideales anhelados en las sagas artúricas, el amor cortés compuesto por trovadores e interpretado por juglares promueve el "fin amors" e instaura las cortes de amor. El "fin amors" se proponía alcanzar una dimensión del deseo que sublimara la voluptuosidad, en una maestría erótica vecina al tantrismo hindú o al taoísmo chino. Las cortes de amor, en palabras del especialista Luis Racionero, "eran tribunales de damas donde los amantes agraviados podían presentar sus quejas y dirimir sus pleitos"; las más renombradas de tales cortes de amor fueron las de Leonor de Aquitania y Ermengarda de Narbona que llegaron a dictar sentencias en varios casos, conforme a sus códigos y leyes de amor (no divulgar los secretos de los amantes, palidecer en presencia de la amada, someterse devotamente a los designios de la dama, eran algunas de las reglas de oro acuñadas en el sur para neutralizar la prepotencia de los señores feudales del norte cuyas brutales maneras oscilaban sólo entre la guerra y la cacería) .
Las canciones amorosas de los trovadores, en declarado contraste con la épica de los ciclos carolingio y arturiano de la alta Edad Media, estaban formadas por grupos de estrofas de construcción rítmica similar. Llamadas "canso" en provenzal, y acompañadas de flautas, laúdes y tamboriles, eran generalmente interpretadas con ocasión de bodas y fiestas palaciegas por un sólo juglar, conservando el ritmo monódico de las canciones arábigo-andaluzas. Además de los dos ya mencionados, los más importantes trovadores fueron Guillermo de Poitiers, Marcabrú, Raimbaut de Vaqueiras, Peire Vidal, Chrétien de Troyes, Ricardo Corazón de León, Alfonso X El Sabio, Adam de la Halle, Enrique VI y Neidhart von Reurnthal. Su doctrina del amor cortés, centrada en el servicio a la dama ataviada de toda su autoridad feudal, intercambia reflejos y signos de inteligencia con las bellas imágenes de las novelas de caballerías y justas: las gotas de sangre en la nieve, el lecho prohibido, el caballero de las dos espadas, el rey pescador... Sistema encantado de espejos en extremo provocativo, acentuado con el singular encuentro del texto seleccionado por Carlos Alvar e ilustrado musicalmente por el grupo Clemencic Consort con insuperable maestría. Oportunos e imprescindibles aportes a la difusión de una lírica enraizada en la médula misma de Occidente, tan vital y hermosa como olvidada e ignorada.

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