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| 4/4/2004 12:00:00 AM

La festiva ironía de Enrique Grau

Semblanza del gran maestro fallecido el jueves, una figura fundamental de las artes plásticas de Colombia en el siglo XX.

Los aportes del maestro Enrique Grau a la historia del arte colombiano son de índole diversa y de extensos alcances. Su trabajo conforma, con el de Obregón y Botero, la trilogía radical del modernismo pictórico en el país.

Grau irrumpió en la escena artística nacional en 1940 cuando, de apenas 20 años, obtuvo una mención en el Salón de Artistas Nacionales con su famosa Mulata cartagenera, obra que resultaría premonitoria de algunas de las más constantes características de su producción. En ella, por ejemplo, ya era perceptible su regodeo con el color, su habilidad para el dibujo y la indeclinable atracción que su trabajo ejercería para el público y la crítica.

Gracias a la beca que le significó este reconocimiento, el joven Grau viajó a estudiar en Nueva York, donde fue alumno de George Grosz, el distinguido expresionista alemán radicado en esa ciudad y cuya influencia es detectable, no tanto en las formas o trazos de su obra, sino en su confrontación del dibujo y el grabado como medios más expresivos que estéticos. Su producción de esos años permite vislumbrar cierto desasosiego a través de las distorsiones a que somete las figuras con el fin de ennoblecerlas y cargarlas de angulosidades y ansiedad.

Al iniciarse la década de los 50, sin embargo, su trabajo comienza a sosegarse, las figuras pierden aspereza y, aunque no desaparece la distorsión expresionista como puede comprobarse en sus rostros triangulares y en sus manos y brazos opulentos, sus personajes van adquiriendo un sereno hieratismo al tiempo que parecen meditar ante jaulas vacías de connotaciones simbolistas o ante vistas florentinas, en las cuales es reconocible la arquitectura del Renacimiento. A finales de esa década en la cual cursó estudios en Italia, su continuo coqueteo con la geometría lo condujo a una abstracción poética con reminiscencias del cubismo no sólo por sus formas sino por su trasfondo de naturalezas muertas.

En los años 60, finalmente, Grau alcanzaría el más preciado sueño de los artistas de su generación: inventar un lenguaje particular, inconfundible, y simultáneamente apto para transmitir sus inquietudes y valores. Regresa entonces a una figuración más cercana a la de sus comienzos por cuanto es más verista, pero a la cual hace aportes estilísticos que colaboran con la estética entre kistch y voluptuosa de su mundo. Y a través de ese mundo y esa estética Grau se las arregla para hacer una crítica burlona a la superficialidad y la indolencia de la sociedad contemporánea.

Su obra vuelve a la figura humana, ahora exagerada en su volumen, sin llegar a la rotundez de las formas de Botero, pero precisamente por ello más realista, más de carne y hueso. Son pinturas que permiten identificar profundos conocimientos de la historia del arte a través de sutiles alusiones y de un impecable terminado, sin que ello implique que escondan la manera de su ejecución. Por el contrario, los rastros del pincel y de la espátula siguen siendo manifiestos, sólo que dispuestos de tal forma que no logran devolver al observador a la bidimensionalidad del lienzo ni a su propia realidad.

Es la época de sus Cayetanas, Lolitas, Bañistas y Caballeros engolados; seres rollizos, carnosos, sensuales, que se visten de seda y terciopelo y se adornan con encajes, pieles, plumas y abanicos. Su entorno también se hace más barroco, al tiempo que se puebla de gatos, pájaros y mariposas que revolotean alrededor de muebles y de objetos de gran diversidad, en una especie de parodia a la inclinación contemporánea por la posesión y el oropel. En esos ambientes teatrales sus personajes parecen sorprendidos in fraganti esperando con tranquilidad el desarrollo de imprecisos acontecimientos, no siendo extraño que Marta Traba -quien acompañó teóricamente y promovió con entusiasmo su trabajo- les adjudicara un "aire burlesco de criaturas redondas, somnolientas y pesadas para quienes ninguna situación resulta suficientemente insólita".

En los años 80, entre toda suerte de estrellas de farándula, aparecería Rita, un nuevo personaje cuya robustez encorsetada llevaría poco después a la escultura, con lo que lograría otorgarle tridimensionalidad y concreción a una temática de sueños e ilusiones. Rita acusa deliberadamente rasgos de los tres grandes componentes étnicos del pueblo colombiano -blanco indio y negro-, y por lo tanto hace evidente que sus bronces, al igual que sus pinturas, son metáforas, y que las gentes del país constituían el punto de partida y el propósito de sus reflexiones y creatividad.

En las últimas décadas su trabajo pictórico no sufrió cambios notorios; más bien se enriqueció con temas como las Mariamulatas que rondan por las playas y las Iguanas que lo impresionaron por su aspecto prehistórico. Pero Grau siguió aplicando el óleo con fruición, otorgándole sentido de sombra o de brillo, de textura o de tersura, a cualquier toque que aislado podría parecer inútil o arbitrario.

Aparte de pinturas de caballete Grau realizó infinidad de dibujos de línea certera y fluida que representan uno de sus más constantes logros. También hizo obras gráficas, construyó objetos a partir de elementos ya elaborados, llevó a cabo murales y escenografías que se recuerdan por su ingenio y recursividad, e incursionó como director y como actor en la cinematografía. La mitología y el Antiguo Testamento se introdujeron en su mundo, al igual que Cartagena, la ciudad de su infancia y juventud a la cual donó sus valiosas colecciones de arte precolombino, colonial y popular, amén de significativos ejemplos de su obra. Y hace pocos meses volvió a manifestar con energía inusitada su gran preocupación por los problemas del país, en una serie de espléndidos dibujos acerca del conflicto armado, en los cuales sale nuevamente a relucir su gran cultura mediante agudas referencias a Goya, Rembrandt y Archimboldo.

La muerte del maestro Enrique Grau deja un gran vacío en la escena artística colombiana, acostumbrada como estaba a su penetrante sentido del humor, a su alegría y calidez, a su talento indiscutible y a su fértil imaginación.
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