Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2000/10/09 00:00

La fuerza del acero

John Castles, escultor, y Freda Sargent, pintora, exponen en la Galería Diners, de Bogotá.

La fuerza del acero

El acero se dobla. Toma formas elípticas, circulares, se acomoda como puede en una base rectangular, sale de las paredes como un cañón español en las murallas de Cartagena. El mejor horario para ver las Prolongaciones de John Castles es alrededor del mediodía. Las claraboyas de la Galería Diners dejan pasar el sol y las luces artificiales se vuelven inútiles. Perfecto. El contraste de luz en las paredes —blancas e impecables— le da un efecto mucho más limpio al montaje y las esculturas de Castles se reafirman, como ya advierte el título de la muestra, en ‘prolongaciones’ de la sala. Porque la obra de Castles no sólo llena el espacio. No tiene la presencia de un mueble o de cualquier trasto viejo que se deja acomodar en cualquier sitio. La escultura de Castles hace parte de la sala con la misma efectividad de una chimenea en una casa de Teusaquillo: nadie duda de que no deba estar allí. El se apropia de la arquitectura de la sala. Integra el espacio con su obra. Los hace uno solo. Y esa idea, al menos en él, no es nueva. Sólo la ha perfeccionado. Le ha hecho una que otra variación.

Hace aproximadamente dos años Castles participó en el Premio Luis Caballero, en el Planetario de Bogotá. El concurso —que terminó premiando a Víctor Laignelet— le exigía a los artistas que participaban la apropiación total de la galería. Rodrigo Facundo la convirtió en una espléndida sala multimedia. Alvaro Barrios quiso convertirla en la sala de su colección particular. Ronny Vayda introdujo una escultura del mismo tamaño. Castles, por su lado, hizo que sus esculturas se acomodaran a las curvas de la galería (la sala tenía una forma elíptica) y verlas provocaba una extraña sensación de vértigo y equilibrio. En Prolongaciones Castles le añadió a ese viejo repertorio otro efecto: la sala también tiene que acomodarse a las esculturas. Así, una tremenda lámina de acero industrial puede mantenerse flotando en una esquina del techo a través de un andamiaje que permanece invisible gracias a las falsas paredes de madera blanca. Otra puede convertirse en parte del piso de madera de la galería y, la misma escultura, puede apreciarse como el capricho de un arquitecto. Una más puede, literalmente, salir de la pared. Sin embargo todo tiene un pero: las primeras piezas dentro del guión de la muestra se ven perfectas de frente. Se trata de tres figuras cóncavas que parecen incrustadas en la pared pero, y este es un defecto del montaje, al verlas de lado se notan los ‘remaches’ que permiten que no se vengan al piso. Obvio, son necesarios, pero en una muestra tan pulcra esos pequeños detalles se ven mal. Sobre todo si junto a ellas hay cinco bases de madera que sirven para un juego de equilibro supremamente sofisticado. Castles parece haber trabajado con la medida exacta de estas bases para que sus esculturas se acomodaran a ellas: hay agujeros en el acero que permiten que el vértice de la base salga como una daga. Y eso es ir lejos.

Junto a Castles expone una de nuestras leyendas locales: Freda Sargent. Alrededor de ella gira el mito. Ella, según rezan las crónicas del arte en Colombia, fue la persona que le enseñó a pintar a Alejandro Obregón. Las pinturas que expone mantienen siempre una paleta de verdes y azules. Colores tristes. Al igual que sus temas: bodegones, jardines, el retrato de dos gemelas que se la pasan saltando un lazo, retratos de grupos de desplazados. En estos últimos hay ciertas particularidades. O mejor, especialmente en uno que tal vez es el único que en realidad llega a expresar algo con fuerza. Que sacude. En el cuadro hay una mujer junto a su hija casi adolescente, sentadas en una calle, apoyando sus espaldas en un muro. En primer plano un perro flacuchento, famélico, un clásico de los mendigos que buscan compañía. Hasta ahí todo es normal en la composición. Nada que no se haya visto. El elemento desconcertante está en los ojos de la mujer. Sargent renuncia en ese momento a las manchas uniformes de pintura y vuelve a su pincel, a una línea negra que dibuja esos ojos, que los saca de la composición, que rompen la armonía. Es una mirada que pide auxilio. El único problema es que ni siquiera en los noticieros esa mirada conmueve. A lo mejor en la pintura sí tienen una oportunidad..., pero ¡ya tantos artistas se han dedicado a explotarla!

No importa. Hay que admitirlo. Está bien que todo el mundo se comprometa.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.