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| 11/24/1986 12:00:00 AM

LA GUARDA DE LOS ANGELES

Restaurados Los Angeles de Sopó, vuelve a aparecer su belleza y su misterio

Tres años de clausura completa fueron suficientes para que los doce Angeles de Sopó estén ahora listos para el reestreno en el Museo de Arte Religioso, de Bogotá. Es este uno de los tesoros del patrimonio artístico colombiano que más seguidores tiene en un país que demuestra especial aversión por ese arte virreinal tan sacro y rígido como viejos maniquís, inexpresivo como santos de palo.
Sometidos a goteras, humedad, polvo, tiempo y a alguna mano non sancta que pretendió mejorarlos, estos óleos de dos metros con treinta centímetros de alto por un metro con cincuenta y cuatro centímetros de ancho, estaban condenados a una lenta desaparición que los devolvería al misterio de donde vinieron. Ellos salieron de las manos de un anónimo pintor, probablemente del siglo XVII y de un más anónimo donante que los llevó en el siglo XIX a la parroquia del Divino Salvador en Sopó, Cundinamarca, donde sus feligreses los consideran parte de su dote particular.
Fueron ellos, los feligreses, los primeros en oponerse al contrato de comodato que por el tiempo que tomara la restauración de los cuadros les propuso el Museo de Arte Religioso, porque estaban seguros de que los ángeles no volverían, o peor, que si volvieran no tendrían aquella pátina parda que parecía haberles dado su constante adoración.
Pero como todos los plazos se cumplen, tras un trabajo científico otorgado por concurso al Centro de Restauración de Colcultura, los Angeles de Sopó vuelven a la vida pública, todo noviembre en Bogotá en el Museo que los rescató de su "prematura" vejez y a partir de diciembre de nuevo en su sede tradicional de la iglesia de Sopó. El templo fue rescatado también por el mismo Banco de la República que se ha puesto como objetivo la protección y conservación del patrimonio cultural colombiano.
Mucho más evidente que antes es ahora la fascinación que en dos sentidos producen estas obras en el espectador: emoción a la vez estética y religiosa que recuerda la sensualidad del Renacimiento, y también el misterio que la concepción de la teología cristiana ha hecho de estos seres intermediarios entre Dios y los hombres. (Ver recuadro). Son bellas figuras pobladas de atributos humanos que las aleja del aire de soldados ascetas que tiene el resto de los ángeles coloniales de este continente. Cabelleras profusas al viento, alas emplumadas en movimiento. Son figuras andróginas, enjoyadas con broches y coronas, vestidas con encajes y pesados drapeados con cinturones elegantes y discretos implementos de guerra. Llevan sandalias que los anclan al piso como humanos pero muestran tal movimiento en la parte superior que parecen flotar.
PREGUNTAS SIN RESPUESTAS
El asombrado grupo de restauradores vio aparecer marcos azules de cedro decorados, allí donde había una burda pintura roja; encajes y brillos donde la persistencia del agua había lavado el talento del pintor unas dimensiones anatómicas originales allí donde una anterior intervención había pretendido corregir. El grupo de egresados de la propia escuela de restauración del Instituto Colombiano de Cultura en la prueba más delicada a su destreza, estuvo compuesto por María Teresa Durán, Elena Castaño, Marta Isabel Isaza, Pilar Pérez, Francisco Garay e Ivonne López, bajo la dirección de Jaime Gutiérrez. Sus manos derechas fueron los carpinteros, maestros Alvaro y Gabriel Torres y Enrique Giraldo, al lado de la auxiliar de restauración Angela Mejía.
Resultó imposible para el equipo saber exactamente el año de ejecución de las obras, el autor y su proveniencia pero existían los indicios. Están pintados sobre lino, lo cual es característico del siglo XVII en la pintura europea y las vestimentas corresponden también a la moda francesa de la época. Los rostros, los velos y los atributos recuerdan a Zurbarán, el pintor español más experto en ángeles, o a alguno de sus discípulos. No obstante la blancura y facciones de los modelos y su asombrosa lejanía de los ángeles barrocos arcabuceros que poblaron al Perú virreinal, un pequeño detalle delata su posible origen indoamericano: un niño de la mano del ángel custodio tiene fisonomía indígena. Todos los cuadros parecen obra de una sola mano a no ser por la insignificancia de unas flores menos diestras que desconciertan en una de las telas. Todas estas preguntas físicoteológicas y artísticas buscan ser resueltas por un texto actualmente en preparación, que será el catálogo de este reestreno de los ángeles junto con el dictamen de un laboratorio alemán especialista en estos análisis al que fueron enviados cortes de pigmentos y una estratigrafía -así le dicen a las capas de pintura superpuesta-, con lo cual se podrá establecer el origen, cuándo y dónde fueron pintados. El historiador de arte Pablo Gamboa, el teólogo Hummer Arwed, el siquiatra y sexólogo Alvaro Villar y el mismo restaurador Jaime Gutiérrez, forman el grupo interdisciplinario que dará sus intepretaciones al tejido de conjeturas que ha revestido a los Angeles de Sopó.
Si estos ángeles logran ahora conmover a los espectadores es porque el trabajo de restauración logró su cometido: descubrir la intención del autor, revelar el original en su verdadera dimensión. Pasará en Colombia ahora lo que en Madrid hace dos años con la restauración de las populares "Meninas" de Velázquez que resultaron demasiado brillantes. y vistosas para ojos ya acostumbrados a pátinas de polvo y tiempo que las había vuelto pardas como nunca quiso el pintor. En estos Angeles de Sopó se puede constatar cabalmente el trabajo en uno de ellos, el único que no fue restaurado y sólo se llegó con él a la primera etapa, la de conservación, que consiste en reentelar el cuadro para darle firmeza y devolverlo a su marco, este sí, restaurado. En él queda claro lo que hizo el anterior restaurador, seguro bien intencionado, al dejarle dos bocas, doble ojo, superponiendo su sapiencia a la del autor. En este ángel no queda ni un treinta por ciento de la obra original y casi nada quedaría luego de limpiarlo con disolventes especiales con lo cual siempre se pierde otro tanto, por lo que no queda la base sobre la cual hacer la reintegración del color, que es la paciente tarea de sumar puntos de distintos tonos hasta obtener el verdadero (puntillismo), hacer leves rayas paralelas (rigattino) o veladuras en las que el óleo permita ver la transparencia, sin que nunca una sola pincelada provenga del restaurador pero queden rescatadas todas las del pintor. Este pobre cuadro estropeado no se conservará los 500 años que auguran los técnicos a los otros once que fueron restaurados íntegramente y preservados con barnices muy finos. Lo que es misterioso es que se trata precisamente del más inubicable de los ángeles desde el punto de vista teológico, en esta original corte celestial que tiene Sopó. Por algo ha sido descartado de todo lo escrito sobre ellos como si fuera ángel negro, que se escapa a esa gracia que asiste a sus once compañeros. ¿Se trata solo que el autor quería hacer el número doce precisarnente como los apostoles? ¿Por qué dejó borroso el nombre de Leadh (potencia de Dios)? ¿Por qué no se preocupó de darle un tratarniento de anatomía y luz subrayando ciertos volumenes para que el cuadro al ser contemplado desde abajo, se magnifique como sí hizo con el resto? Por eso tal vez el primer restaurador no tuvo contemplaciones en corregir este que con todo respeto, luce como el hermano tonto de los Angeles de Sopó.
Además de la curiosidad del niño avejentado que va de la mano del ángel custodio y tiene cara indígena, en otro cuadro, el del ángel llamado Geudiel se ve en el pie derecho un pentlimento, una corrección hecha por el pintor para acercar ambos pies, que con el tiempo se ha hecho más visible y deja ver unos dedos deformes allí donde él había borrado con el fondo oscuro. Las expresiones de los brazos siempre distintas, extendidos en actitudes según la tarea que les ha sido encomendada cumplir en la Tierra, con ojos de serenidad, piedad, o energía, se suman a los pies que insinúan movimiento, esto hizo que Gustavo Sorzano, arquitecto bumangues que les hacía peregrinación mensual a Sopó para repasarlos, lograra la más ingeniosa recreación: doce cuadros llamados "El equipo de los ángeles" en donde cada uno tenía un balón según su actitud lo insinuaba. A manos de sus amigos fue a dar esto que podría hacer parte de la exposición como elemento de la iconografía a la que pueden dar lugar.
Una admiración similar a la del arquitecto registraron las cámaras en la visita de Juan Pablo II a Colombia, cuando se adornó el Palacio de Nariño con una selección de seis de los ángeles y en dos ocasiones mostró al Papa devolverse sobre sus pasos para contemplar estos enigmáticos seres y puede ser coincidencia que en las alocuciones de las dos semanas siguientes a su visita haya mencionado precisamente el misterio de los ángeles para la teología cristiana.
Pero en toda esta historia hay datos profanos importantes: es el Banco de la República que a través de su Fundación para la Conservación y Restauración del Patrimonio Cultural Colombiano, puso mano a este tesoro que podría haber desaparecido en algunos años más por el deterioro al que estaba condenado y fue esa misma entidad la que se encargó de recuperar la "sede" de los ángeles. Por esta tarea como de artesano medieval, se le pagó al Centro Nacional de Restauración de Colcultura, tres millones cuatrocientos mil pesos para salvar estos doce óleos en dos años de trabajo.
Los expertos en tesoros artísticos a quienes se les solicitó un estimativo del valor de los Angelesde Sopó, son enfáticos en señalar que es nulo, que no tienen el menor valor comercial porque este resulta incalculable. Tal vez con esa certeza perduren 500 y más años estas obras que han renacido para la posteridad con un peculiar ángel.

LA CORTE CELESTIAL
La gente los conoce como Angeles de Sopó, simplificando lo que es un verdadero problema hasta para la "Suma teológica" de Santo Tomás tal vez el único tratado angélico exhaustivo sobre este tema misterioso. Son doce seres pintados por un maestro anónimo y bautizados por él, Uriel, fuego de Dios; Jehudiel, confesión de Dios, Gabriel, fortaleza de Señor; Miguel, ¿quién como Dios? Laruel, misericordia de Dios; Seactiel, oración de Dios; Ariel, comando de Dios; Rafael, medicina de Dios; Baraquel, bendición de Dios; Esriel, justicia de Dios; Leadh, potencia de Dios y el ángel custodio.
De ellos, sólo tres son bíblicos: Gabriel, el de la anunciación a la Virgen; Miguel, el que venció al arcángel rebelde Lucifer, y Rafael, el de la medicina. El resto son apócrifos, seres mencionados por libros posteriores a la Biblia que por influencias orientales claramente politeístas, llegaron al cristianismo en su monoteísmo radical. Se trató de hacer del cielo el simil de un reino en el que existieran ejércitos jerarquizados de adoración a Yavhé, de los que hacen parte los arcángeles (que tienen acceso a los misterios de Dios) y junto con ángeles y principados son la rama ejecutiva del cielo para hacer en la Tierra la voluntad divina; el resto, serafines, querubines, tronos, dominaciones, virtudes y potestades, son para los cristianos el símbolo del culto a Dios y la más fácil representación del paraíso como un lugar donde todo el día -y no hay noche- esta corte hace música celestial.
Discusiones bizantinas, como aquella famosa sobre el sexo de los ángeles, no es gratuita porque es precisamente Bizancio en el siglo VI el origen de la liturgia que el hombre aprendió de los ángeles. La preocupación por la multiplicación de los arcángeles llegó hasta el Concilio de Letrán, que de siete que sumaban los tres bíblicos y cuatro apócrifos, los redujo de nuevo a Miguel, Gabriel y Rafael, según cuenta el experto en angelología, Santiago Sebastián, de la Universidad de Valencia.
La labor de intermediarios entre el hombre y Dios queda clara con el Angel de la guarda (o custodio) que es único para cada persona, la salva de situaciones de peligro y recoge el alma de su encomendado al morir hasta llevarla al cielo. En el barroco siglo XVI se da la mayor explosión de ángeles y arcángeles que recoge precisamente el artista anónimo del siglo XVII, pintor de estos ángeles y arcángeles. Fue la piedad contrarreformista la que concentró en estas dos órdenes su necesidad de protección y nació la devoción al Angel de la guarda. Muchas referencias artísticas europeas dieron cuenta de esta proliferación y surgieron pintores verdaderamente expertos en el tema, especialmente españoles como Bartolomé Román, Zurbarán y la escuela andaluza que influyó en particular al virreinato del Perú, donde se da lugar a esa figura conocida como "ángel andino" y es precisamente lo contrario de las figuras de Sopó. En el "Libro de los ángeles" de Enoc, apócrifo, se les atribuyen funciones de controlar fuerzas naturales y son equiparables a las divinidades indígenas, por lo que tal vez los pintores virreinales fueron animados a promover su devoción.
Sin tener ningún dato cierto sobre el origen de esta serie colombiana de Sopó, el mismo experto Sebastián afirma que se trata, sin duda, de una pintura ejemplar, hecha acá y probablemente en el siglo XVIII, aunque los modelos que lo inspiraron fueron tal vez franceses. Angeles asimilados a arcángeles, legado de una tradición múltiple, son patrimonio que por un azar desconocido llegaron a Sopó a salvo de inquisiciones que pudieron ver en ellos sombras de lujuria como creyó la escuela de Alejandría en el siglo II, la cual enriqueció los ángeles del Antiguo Testamento con las ideas de Platón.
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