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| 1/20/1986 12:00:00 AM

LA HABANA PARA UN CINEASTA SONAMBULO

Más de 500 películas en 15 días de actividad febril en el VII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano de La Habana

Gabriel García Márquez con un cuello ortopédico porque ya no puede con el dolor de la tortícolis; Robert de Niro diciéndole a los reporteros que los países deberían reducir sus presupuestos de guerra; Fernando Birri con un sombrero negro y un chaleco grueso que jamás se quita; Gian María Volonté con su mirada triste y su pelo muy blanco; miles y miles de espectadores haciendo cola para mirar el drama de la madre que descubre que su hija adoptiva viene de una desaparecida; otros centenares haciendo otras colas para saborear los infinitos sabores de los helados Copelia; Sebastián Ospina recibiendo los comentarios contradictorios en torno a "Tiempo de morir"; los realizadores centroamericanos recogiendo firmas para protestar contra las amenazas de Washington en el Caribe; los reporteros tratando de sacarle otra entrevista a la pequeña y delgada Fina Torres; el novelista Vicente Leñero cargado de guiones que debe leerse porque es jurado; estudiantes y muchachas y espectadores y críticos sentados frente al director Jesús Díaz discutiendo su impactante película "Lejanía"; la brisa de La Habana que es igual a la brisa que corre entre los matarratones y las palmeras en Barranquilla en este diciembre: esas, algunas de las miles y miles de imágenes que se pudieron captar durante quince días dedicados a mirar algo de las 500 películas, los seminarios, las ruedas de prensa, las discusiones, los enfrentamientos no siempre cordiales, las publicaciones, los boletines de prensa y los intercambios personales durante las tres comidas o a la entrada y salida de las películas que han conformado el VII Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano.
Si alguien quiere saber qué se está haciendo en ese otro cine que nada tiene que ver con el lenguaje de Hollywood y Cannes, un cine realizado en la mayoría de las ocasiones en 16 milímetros, en precarias condiciones económicas, técnicas y humanas y con historias que reconstruyen o miran la matanza de indígenas en las selvas o el drama de los choferes colombianos o la pelea de los obispos brasileros o la agonía de los chilenos o la supervivencia de los argentinos luego de las Malvinas y los generales o las actividades de los "contras" en Nicaragua o el drama de la deuda con el Fondo Monetario Internacional, si se quiere conocer ese otro cine que no hace concesiones y que es capaz de gastarse una hora analizando la llamada Teoría de la Liberación de la Iglesia en el Tercer Mundo, entonces La Habana es el sitio adecuado porque, además de hermosas playas y hoteles confortables y comidas deliciosas y todo el trago y la rumba del mundo, tiene un clima que los realizadores encuentran ideal: el clima que permite la crítica, directa, frontal, cargada de buen humor y un lenguaje simple que es capaz de extenderse hasta la madrugada.
Ahí estuvo Colombia, con varios largometrajes y cortos: "La guerra del centavo" de Ciro Durán; "El escarabajo" de Lisandro Duque; "Pisingaña" de Leopoldo Pinzón, y "Tiempo de morir" de Jorge Alí Triana, además de "Aroma de muerte" de Heriberto Fiorillo; "Cali cálido calidoscopio" de Carlos Mayolo; "En busca de María" de Luis Ospina; "El potro chusmero" de Luis Alfredo Sánchez; "Semana de pasión" de Julio Luzardo, "Póngale color" de Camila Loboguerrero; "El camino de los búhos" de Mónica Silva, entre otras películas.
Había siete salas para las proyecciones públicas, mientras en los nueve pisos del edificio del ICAIC, el ente que maneja el cine cubano, funcionaron trece salas pequeñas para mirar material en 35 y 16 milímetros, y video. Dos canales de la televisión pasaban largometrajes nacionales y extranjeros, y en los hoteles funcionaban circuitos cerrados para mirar películas y la grabación de los actos de cada día.
En un festival que contaba con la presencia de figuras como el argelino Amar Laskri, el boliviano Jorge Sanjinés, el mexicano Paul Leduc, el uruguayo Mario Benedetti, los cubanos Ambrosio Fornet, Pastor Vega, Jesús y Rolando Díaz, Tomás Gutiérrez Alea, Manuel Pérez, entre otros, el brasilero Joaquin Pedro de Andrade, la actriz María Rojo, los venezolanos Edmundo Aray y Antonio Llerandi, el chileno Miguel Littin, el personaje más buscado, rastreado, acosado y seguido era Gabriel García Márquez.
Corriendo de una sala a otra (afortunadamente se hallaban muy cerca), se pudo mirar parte del inagotable material enviado por 51 países: "La ciudad y los perros" del peruano Francisco Lombardi, basada en la historia de Mario Vargas Llosa, "Tiempo de morir" y "La historia oficial" del argentino Luis Puenzo, "Ratón en ferretería" del venezolano Román Chalbaud, siguiendo la línea narrativa de este director, populista, directa, vulgar, pero con un enorme sentido del humor y la vitalidad. "Latino" del norteamericano Haskell Wexler, reconstrucción de la ofensiva de los "contras" en Nicaragua, el apoyo norteamericano, el papel de Honduras y una historia de amor paralela entre una chica nicaraguense y un oficial encargado de entrenar a los "contras". "Chico rey" del brasilero Walter Lima, poética y lenta reconstrucción de los primeros intentos por organizar una República independiente con los esclavos liberados y fugados en Brasil, un tema ya tratado en otra película brasilera, "Quilombo"; "Garabatos" del mexicano Mario Luna, aburrida historia centrada en un desocupado que intenta escapar al cerco de hambre dibujando figuras que su mujer acabará destruyendo; "Los días de junio" de Alberto Fischerman, "Trece años y un día" del uruguayo Jorge Denti, "Este año comen un día no y otro tampoco" del holandés Rob Hof, "Los motivos de luz" del mexicano Felipe Cazals, tedioso análisis de un caso criminal y todas las circunstancias sociales que confluyen en los personajes acusados. También estaban las películas cubanas: "Lejanía" de Jesús Díaz (el reencuentro no afortunado, después de 10 años, de una madre que vive en Miami y su hijo que se quedó en Cuba, con el choque emocional, cultural, sentimental y político que esa aproximación plantea); "Se permuta" de Juan Carlos Tabio (con humor negro se analiza el arribismo de algunos y ese proceso simpático por el que los cubanos intercambian habitaciones y casas tratando de sacar la mejor ventaja); "Habanera" de Pastor Vega, atacada por espectadores y críticos, queria ser una segunda parte del estudio sobre la situación de la mujer cubana que alcanzó un formidable lenguaje en "Retrato de Teresa"; "Una novia para David" de Orlando Rojas, su primera película, delicada, humorística, una historia de jóvenes que se ha convertido en una obra de culto entre los estudiantes; "Los pájaros tirándole a la escopeta" de Rolando Díaz (de quien también vimos "En tres y dos", sobre béisbol), la historia de la pareja que descubre asustada cómo el padre de ella se enamora de la madre del novio, provocando toda clase de fricciones y peleas; "La muerte de un burócrata", de 1969 y "Hasta cierto punto" de 1985, de Tomás Gutiérrez Alea: en la primera despliega una carga de humor negro para burlarse de la burocracia que es capaz de detener hasta la muerte, y en la segunda, con el mismo humor, pero más decantado, más retenido, analiza el fenómeno que sigue preocupando no sólo a los cineastas cubanos sino también a maestros, sicólogos y autoridades: el machismo que hace estragos en todas las esferas. El simple hecho de que el primer premio fuera compartido por las películas "Tangos, el exilio de Gardel" del argentino Fernando Solanas y "Frida" de Paul Leduc indica que la decisión del jurado no fue fácil. "Tiempo de morir" ganaría por la mejor edición y la mejor fotografía, mientras "Historia oficial" ganaba el segundo Coral y "La ciudad y los perros" ocupaba el tercer puesto. En el fondo no hubo sorpresas en torno a esas dos películas que supieron mezclar elementos sofisticados y oníricos con simples reclamos políticos dentro de un simbolismo que asustó a algunos.
A todos estos personajes, a todas estas películas, a todos estos paseos por una Habana vieja que muestra con dignidad las cicatrices de sus casas con balcones, al fantasma de papá Hemingway que sigue rondando en cada esquina, a todas las discusiones y debates, al interminable Malecón donde los enamorados siguen matándose amparados por la oscuridad de estas noches de diciembre, a todas estas tiendas donde lo más caro son los cigarros y donde lo más barato son los libros y los discos, a todos estos platos (arroz con fríjoles, carne molida, dulce de guayaba) habría que agregar el buen humor y la disciplina de los cubanos, quienes en medio de muchas carencias han aprendido a desarrollar un séptimo sentido: el de la supervivencia, aun en medio de los engreidos cineastas latinoamericanos.--
Alberto Duque
La Habana, Cuba
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