Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1986/05/19 00:00

LA HERENCIA DE SIMONE

A pesar de sus 78 años, Simone de Beauvoir representaba un ejemplo de liberación femenina para las mujeres de hoy.

LA HERENCIA DE SIMONE

"Yo no tengo personalidad" decía Simone de Beauvoir cuando tenía quince años, porque se sentía distinta a las demás jóvenes de su edad. Y sin duda alguna fue muy diferente. Aunque a lo largo de su vida estuvo vinculada a muchas actividades -entre otras la esencial tarea diaria de escribir- será principalmente recordada como una de las grandes precursoras de la liberación femenina, y como una mujer de mucho carácter y personalidad.
En 1949, la escritora francesa -nacida en 1908 y fallecida la semana pasada en París- publicó "El segundo sexo" causando mucha controversia. De esta obra dijo el miembro de la Academia Francesa, Andre Maurois (quien nunca es muy generoso en sus comentarios): "Es un libro que merece atención por la inteligencia, por la información e igualmente por la pasión de la autora". En efecto, la obra es una reflexión sobre la condición histórica, biológica, sicológica y económica de la mujer. Beauvoir parte de una premisa existencialista según la cual el hombre ha sido tradicionalmente el Sujeto, el Absoluto, mientras que la mujer, tan sólo lo otro. En la primera parte de "El segundo sexo" titulada "Hechos y mitos", después de interrogar a biólogos, marxistas y sicoanalistas sobre la situación de la mujer, ella propone "liberarla del mito femenino y dejarla libre para empezar su propio proceso de creación". Porque este mito equivale para la escritora al hecho que las mujeres hayan aceptado ser bestias de lujo. La otra parte, "La experiencia vivida" abarca el problema de la formación de la mujer, que aun en nuestros días, sigue siendo considerada como un ser inferior. Simone de Beauvoir concluye que, pese a las leyendas, no existe inferioridad fisiológica y por eso insiste en que la mujer debe participar en la sociedad con una actividad profesional, compartiendo las responsabilidades que, hasta el momento, han sido asumidas por el hombre. La importancia de "El segundo sexo" no solamente radica en ser uno de los pioneros en pro de la liberación femenina, sino que analiza los elementos que han hecho de la mujer lo que actualmente es, y, lo más importante, propone soluciones. De toda su producción fue la obra favorita de la escritora. Otros libros como "La sangre de otros" (1945), "Memorias de una joven formal" (1958), "Una muerte muy dulce" (1964), "La mujer rota" (1968), "La ceremonia del adios" (1981) y "La vejez" (1983), le valieron el reconocimiento junto con sus ensayos como "La moral de la ambiguedad" .

ANTE TODO COHERENTE
Simone de Beauvoir logro mantener durante toda su vida una posición coherente entre las teorías que sostenía y sus actuaciónes cotidianas. Siempre le pareció, por ejemplo, que el hecho de tener hijos que a su vez engendrarían más hijos se convertía en una aburrida y monotona rutina, mientras que una escritora, como ella, al crear nuevos mundos contribuía en forma mucho más positiva al enriquecimiento de la vida. Por eso nunca tuvo hijos, y curiosamente, aun siendo adolescente, la Beauvoir no soñaba con estar embarazada o alimentando un bebé, como la mayoría de sus compañeras. El matrimonio, por su parte, nunca fue una de sus metas ya que "promete la felicidad pero no la consigue" y, además, ella opone el amor como don gratuito al matrimonio cuyo proposito es cumplir una función económica y social. Por eso tampoco se caso. Inclusive escribió alguna vez, que había rechazado una propuesta de matrimonio de Jean Paul Sartre a sabiendas de que el, en el fondo deseaba.
Decidieron entonces mantener la relación que ambos consideraban vital, dandose una total libertad y basandose constantemente en el respeto mutuo. Y la libertad fue tan grande que, cada uno por su lado, tuvo diversas aventuras. La escritora, por ejemplo, sostuvo un affaire con el escritor norteamericano Nelson Algren, al cual le dedico "Los mandarines". Pese a todo, la relación Sartre-Beauvoir, además de convertirse en el modelo de lo que hoy llaman "matrimonio abierto", verdaderamente funcióno muy bien, y por medio siglo.
Cuando Simone de Beauvoir cumplio quince años, le comento a su íntima amiga: "Yo solamente amare el día que un hombre me subyugue por su inteligencia, su cultura y su autoridad". En efecto, cuando conoció a Sartre en la universidad, la frase que muchos años antes había dicho sin tener experiencia para afirmarlo, cobro todo su sentido. La escritora se sintió subyugada por Jean Paul Sartre desde el momento en que lo vio por primera vez y cuando se conocieron afirmó que "todo el tiempo que no pasaba con el me parecía tiempo perdido". Cuando Sartre le dijo: "Te tomo por mi cuenta", empezo una relación muy profunda basada en la libertad individual y en el respeto mutuo. Pero la Beauvoir fue consciente de su independencia cuando dijo: "Yo debía preservar lo mejor que había en mí: mi gusto por la libertad mi amor por la vida, mi curiosidad y mi voluntad de escribir".

SIMONE, LA RELIGIOSA
La vida de Simone de Beauvoir refleja su teoría sobre la emancipación de la mujer segun la cual "ella no podra superarse a menos de tener una actividad propia". En forma permanente, los libros fueron su actividad clave. Fuera de eso, la Beauvoir sorprendió a todos en 1929 al aprobar la carrera de filosofía, cuando el lugar de la mujer, era, más que nunca, estar en casa con los hijos. Sin embargo, durante toda su vida, la escritora siempre estaba en primera fila para suscribir protestas por lo que consideraba causas justas. Así, en 1960, participó en un "tribunal internaciónal" que condenaba la intervención de los Estados Unidos en el Vietnam. También firmó en 1971 junto con otras trescientas cuarenta mujeres un manifiesto, en el cual admitía que había tenido un aborto. De otra parte, Simone de Beauvoir fue una crítica implacable de la burguesía. Pese que había nacido en una familia muy burguesa, criticó sus falsos valores durante toda la vida y sus protestas contra los Estados Unidos como país interventor siempre se hicieron sentir.
De otra parte, la religión tuvo un papel importante en su vida. Su madre era muy creyente y el padre totalmente agnóstico, y pese a que la Beauvoir se entendía mejor con la figura paterna, fue sumamente creyente hasta la adolescencia. En "Memorias de una joven formal", ella cuenta cómo se confesaba cada quince días y comulgaba tres veces a la semana, además de leer todos los días un capítulo de la conocida "Imitación de Cristo". Cuando podía, se metía en una iglesia a rezar y se sentía como ella misma lo expresó: "Una criatura amada por el Señor". Y sin embargo, su actitud hacia Dios y la religión cambio en forma total cuando descubrió la muerte, y sobre todo, la inocencia del pecado: "Descubrí con terror el silencio de la muerte... Dios se convirtió en una idea abstracta en el fondo del cielo y una noche la borré". De una gran fe que había profesado durante su infancia y adolescencia, Beauvoir cayo en el total ateismo que fue una de sus características hasta el día de su muerte.
Aunque medicamente la vida de Simone de Beauvoir terminó la semana pasada, en otros terminos esta había acabado hace seis años con la muerte de Jean Paul Sartre, su compañero por más de medio siglo. En cierta forma podría decirse que fue en una de las pocas contradicciones en que incurrió y en el fondo es una actitud muy poco feminista la de dejarse morir... por un hombre.

EL ADIOS
A continuación presentamos un fragmento tomado del último libro de Simone de Beauvoir. En el describe el final de su compañero Jean Paul Sartre y hace reflexiones sobre la muerte en general, y sobre la suya propia
"...Pasé los tres días siguientes en casa de Sylvie. El miércoles por la mañana tuvo lugar la incineración en el cementerio de Pére-Lachaise, pero me encontraba demasiado agotada para ir. Me dormi y -no sé cómo me caí de la cama y me quede sentada sobre la moqueta. Cuando Sylvie y Lanzmann, al volver de la incineración, me encontraron, deliraba. Me hospitalizaron. Tenía una congestión pulmonar, de la que me restablecí en dos semanas.
Las cenizas de Sartre fueron trasladadas al cementerio de Montparnasse. Todos los días, manos desconocidas depositan sobre su tumba ramilletes de flores recien cortadas.
Hay una cuestión que en realidad no me he planteado y el lector quiza lo haga: ¿no debería haber prevenido a Sartre de la inminencia de su muerte? Cuando estaba en el hospital, debilitado, sin fuerzas, solo pense en disimular la gravedad de su estado. ¿Y antes? El siempre me había dicho que en caso de cáncer o de otra enfermedad incurable querría saberlo. Pero su estado era ambiguo. Estaba en peligro pero, ¿resistiría aún diez años, tal como el deseaba, o se acabaría todo en uno o dos años? Todos lo ignorabamos. No tenía disposiciones que tomar, no habría podido cuidarse mejor. Y amaba la vida. Ya había sufrido bastante al asumir su ceguera, sus dolencias. Si hubiera conocido con más precisión la amenaza que pendía sobre él, habría ensombrecido inutilmente sus últimos años. De todas maneras, yo navegaba como el entre el temor y la esperanza. Mi silencio no nos separó.
Su muerte nos separa. Mi muerte no nos unira. Así es: ya fue hermoso que nuestras vidas hayan podido estar de acuerdo durante tanto tiempo".

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