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| 2/14/2009 12:00:00 AM

La herencia de Mendelssohn

Homenaje a un genial compositor que terminó proscrito por Hitler.

Felix Mendelssohn se inventó los conciertos como lo conocemos hoy: con las obras tocadas de un jalón, sin interrupciones, pues era costumbre en esa época intercalar arias, ballet o solos entre movimientos, y suprimir uno o dos no escandalizaba ni al compositor. Después se propuso evitar las aplausos entre movimientos y hasta incluyó obras del pasado: Bach, Händel, Mozart y Haydn. También propició la música de Beethoven y estrenos de Schubert. Berlioz lo criticaba por "ese gusto por los muertos", algo que después fue un sello romántico: el gusto por el pasado.

Fue el primer director de orquesta en el sentido moderno de la palabra al comprender que además de tocar con precisión había que hacer realidad el pensamiento del director. Pero es que además fue compositor. Y uno de los más grandes de la historia.

Al igual que Mozart, fue niño prodigio. Nació el 3 de febrero de 1809 en Hamburgo, Alemania, y antes de los 3 años dio muestras de su precocidad, sólo que su padre, Abraham Mendelssohn, un acaudalado banquero, no permitió la explotación de su talento como sí había ocurrido con Mozart. Sin embargo, le proporcionó una educación muy refinada en la cual intervinieron maestros de todas las disciplinas de las artes, el pensamiento, la danza, la música, la educación física y las ciencias. Wilhelm von Humboldt y su hermano Alexander sugirieron personalmente educarlo en el helenismo.

Su infancia transcurrió en el mundo idílico del Palacio Rebeck en Berlín. Sus padres le facilitaron una orquesta -algo sin precedentes- para que hiciera los conciertos de fin de semana en una mansión familiar a cuyo jardín, un pabellón enorme, podían asistir cien invitados. Judío de nacimiento, por iniciativa de su padre se convirtió al protestantismo y pagó por ello un alto precio, pues fue proscrito por Hitler.

Lea Salomon, su madre, le dio las primeras lecciones de piano, que no debieron ser ninguna tontería porque su maestra y tía abuela, Sarah Itzig, había sido la alumna predilecta de Johann Friedmann Bach, hijo de Johann Sebastian. La sucedió Ludwig Berger, discípulo de Muzio Clementi, el pianista más revolucionario de principios del siglo XIX, y en París recibió clases de Marie Bigot de Morogues, alumna favorita de Beethoven. Para completar, Goethe se encargó en Weimar de que recibiera clases de otro monstruo sagrado del piano, Johann Nepomuk Hummel.

Claro, todo habría sido vano si Mendelssohn no hubiese sido un genio.

Ni el mismísimo Mozart pudo permitirse el lujo de escribir sus primeras obras maestras a los 16 años. Dejó piezas magistrales en todos los géneros -salvo la ópera-, aunque escribió dos a los 10 años: la sinfonía, el concierto, la música de cámara, el oratorio, el Lied y creó un nuevo género pianístico: la Canción sin palabras.

Su muerte, a los 38 años, causó consternación: curiosamente a la misma edad de Mozart y Chopin, que también fueron niños prodigio y murieron prematuramente.
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