Domingo, 22 de enero de 2017

| 2006/02/12 00:00

La historia del baúl rosado

Una buena película que juega con las convenciones del cine policíaco para reflexionar sobre el acto de narrar.***

La ambientación, los personajes y los movimientos de cámara son los grandes logros del primer largometraje de Libia Stella Gómez.

Título original: La historia del baúl rosado.
Año de producción: 2005.
Dirección: Libia Stella Gómez Díaz.
Actores: Edgardo Román, Diego Vélez, Dolores Heredia, Álvaro Rodríguez, Santiago García, Alfonso Ortiz. Detrás de su ambientación estupenda, sus encuadres meticulosos y sus cadenciosos movimientos de cámara (en suma: detrás de un trabajo de producción que merece tantos adjetivos), La historia del baúl rosado es una ingeniosa reflexión sobre el acto de narrar. En la Bogotá de mediados de los años 40, que aún no imagina la debacle del 9 de abril, que todavía conserva la inocencia aparente de las películas policíacas de la época (se podría hablar de una Bogotá fría, lluviosa, opaca, de antes de que la violencia se vuelva evidente), tres solitarios hacen lo que pueden para atar los cabos de un misterio que no parece tener pies ni cabeza: el del cadáver de una niña que ha llegado a la estación de trenes de la Sabana, según la prensa "adentro de un baúl rosado", como si fuera una simple encomienda. Son tres buenos personajes que encarnan a tres diferentes tipos de narradores: el detective Mariano Corzo, hombre de bien sometido por el recuerdo de una madre severa, veterano de la desprestigiada Prefectura Nacional de Seguridad que no ha logrado perderles el miedo a los muertos, hace las veces del narrador que sólo quiere documentar las cosas que pasan; el investigador Álvaro Rosas, un mediocre rebuscador que conmueve por su torpeza, es el narrador sin talento que "no hace nada a cambio de nada"; el periodista Hipólito Mosquera, un tipo ambicioso que lo haría todo por su hermana inválida (su lema parece ser "eso es lo que vende: qué le vamos a hacer"), es el narrador efectista al que le preocupan mucho más su popularidad y su cuenta bancaria que la verdad de los hechos (La verdad es, irónicamente, el nombre del periódico para el que trabaja). La viuda Martina, dueña de un tradicional café del centro de la ciudad, apasionada lectora de crónicas rojas ("a veces mi vida es un poco rutinaria", acepta), elegirá entre los tres al fabulista indicado. Y los dueños del poder escogerán, al final, el títere que les sea más útil a sus negocios turbios. Resulta extraño que a este notable largometraje -que reflexiona sobre el acto de relatar gracias a las convenciones del cine policíaco, sí, pero también busca ser una sugestiva ficción dramática- le interese tan poco construir una aventura de suspenso, de causas y de efectos, de peligros a la vuelta de la esquina. La misma Martina define esta inesperada característica al hablar sobre la Prefectura: "Le falta acción, asegura, no es como en las películas". Y uno piensa, entonces, que no son los diálogos lánguidos, ni la trama macabra que avanza porque sí, según los caprichos del autor del crimen, lo que nos hace admirar la primera obra de Libia Stella Gómez: es su firme intención de pensar cinematográficamente, de dejarlo todo en manos de las imágenes, del sonido, de la música, lo que convierte La historia del baúl rosado en un trabajo insólito en la historia reciente del cine colombiano.

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