Lunes, 22 de diciembre de 2014

| 1995/07/31 00:00

LA HORA DEL SEXUS

Un montaje difícil para una obra difícil en la Casa del Teatro Nacional.

LA HORA DEL SEXUS

LA SUPERFICIE DE la novela Sexus es como un bombardeo de medias veladas, senos al aire, piernas flexibles, pubis sonrientes y pieles jóvenes, cayendo sin piedad sobre el geniecillo maligno, socarrón y calvo de un aprendiz de escritor llamado Henry Valentin Miller. Con esta fanfarria libertaria, Miller dio un toque de diana que conmovió como el ángel del apocalipsis a editores, amantes tímidos, intelectuales, profesores y lectores asombrados de una época en la que Europa se desangraba por la Segunda Guerra Mundial.
Hace 50 años se términó el tríptico impúdico y genial de Sexus, Plexus y Nexus, que desde entonces ha debido enfrentar tribunales, censuras veladas, comentarios socarrones, lecturas irresponsables o comentarios sarcásticos. Hoy, después de la pérdida de la primera inocencia de la cultura occidental, toda la obra de Miller ha sido revalorada como un testigo de excepción del ojo del huracán del caótico espíritu del siglo.
El Colectivo Cien Años de Soledad, un grupo caracterizado por montajes experimentales de la talla de Memoria y Olvido de Ursula Iguarán, decidió celebrar este aniversario con el montaje de la monumental novela de Miller.
El reto no era fácil. Primero que todo por la peculiar estructura de la obra, en la que el principio puede ser el final, en la que el narrador dispara dardos en todas las direcciones, en la que los exóticos personajes del submundo se reproducen como conejos y en la que las coordenadas espacio-temporales sólo siguen la lógica del recuerdo, la ensoñación, la anticipación y los sueños.
Pero una obra teatral que debe ser puesta en escena en una sala durante un tiempo definido necesariamente gira alrededor de otros ejes. No puede seguir la velocidad luz de las palabras como lo hace la prosa mileriana, debe darle carne a ninfas grotescas que en la novela apenas se esbozan con una palabra, debe mostrar visualmente los delirios eróticos de la piel y la hiperconciencia del narrador.
Juan Carlos Moyano, el director de este montaje, para lograr esta traducción de lenguajes, realiza una estructura de cuadros independientes, que giran alrededor de una mesa y un inodoro, símbolos de los polos creativos del universo de Miller. En estas escenas se recrean momentos estelares: el encuentro con Mona, la separación de Maude, alguna declaración de principios, una que otra referencia a la escritura y un desfile inconexo de personajes femeninos que jadean, lloran, se visten, se desvisten y recitan trozos memorables del texto original, alrededor de un Miller indefenso, que nada tiene que ver con el portentoso monstruo creador de la novela.
Aunque se reconoce en este montaje momentos brillantes y un excelente manejo de los objetos y del espacio, Sexus aparece como una obra inconclusa, apenas ilustradora de ciertos pasajes pero no una original estructura dramática que funcione independientemente de la novela, y paradójicamente a pesar de la abundancia de desnudos, carece de sensualidad y erotismo. Da pues la impresión de una propuesta que se quedó a medio camino, con elementos importantes, pero sin el desarrollo esperado de un grupo teatral con las potencialidades de este Colectivo.

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