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| 6/27/2010 12:00:00 AM

La impaciente inteligencia

Falleció Carlos Monsiváis, uno de los grandes nombres de la cultura latinoamericana. Su amigo, el teórico Jesús Martín-Barbero recuerda dos momentos vividos a su lado.

Mis dos encuentros más largos con Carlos Monsiváis no tuvieron lugar ni en México ni en Bogotá sino en Buenos Aires. El primero en octubre del año 1983 y el segundo en mayo de 2006, y los junto no solo porque fueron varios días compartiendo hotel y conversando largo, sino porque en ambos Monsiváis me escogió para compartir conmigo una particular rabia. En el primero -un seminario internacional convocado por Clacso sobre Comunicación y Culturas Populares en la Argentina que apenas salía de la dictadura-, la rabia se la producía "la manera peronista de hablar de lo popular", no soportaba que al reconocimiento de la cultura popular se le mezclaran residuos de un distanciamiento que no era el de la crítica de todo lo que en ella hay de criticable sino el tufillo vanidoso de intelectual. O dicho en otras palabras, para un observador tan fino como él de las conductas sociales, en esas populistas maneras había mucho de "pose". Y eso lo había enfadado tanto que estuvo a punto de no hacer su conferencia. Tratando de que no fuera a hacer esa pifia le reproché su intransigencia y me respondió con una reflexión enfurruñada y a la vez luminosa sobre la fidelidad que le debemos no a las ideas sino a la gente de la que hablábamos al nombrar su cultura, "o sea, su vida". Y si andaba furioso es porque a él ciertas maneras de hablar de lo popular le sabían a insulto.

El segundo encuentro fue en otro seminario internacional, convocado esta vez por el ministro de Cultura de Argentina, y en el que se trataba de repensar el sentido de los bicentenarios que por estos años y días se celebran en América Latina, y la rabia esta vez era con "la manera historiadora de nombrarlos y escribirlos". Desde muy pronto Monsiváis empezó a sentirse mal, tanto que me preguntó varias veces qué hacíamos él y yo ahí "si no éramos historiadores, si nosotros trabajábamos con el más obsceno presente, el de las ciudades más densas, más urbanas". Otra vez asomaba la nariz un distanciamiento que se las daba de respetuoso y reconocedor, pero en el que Monsiváis olía la impostura pues a lo que debían convocarnos los bicentenarios era a "poner este impuro presente en historia", y eso es todo lo contrario de una celebración. "¿Qué puede celebrar el DF que no sea su caos y lo que sus rituales representan a la vez de imposibilidad y oportunidad?". Es la complicidad de la Historia (en mayúsculas) con el retorno de los milenarismos y los mesianismos lo que exasperaba a Monsiváis. ¡Y anda que no tenía razón mi amigo -que había dedicado su vida a estudiar las dinámicas y contradicciones de esa cultura popular que nos teje latinoamericanamente- al denunciar la impostura de los populismos y los mesianismos que nos asfixian la vida social y política hoy!

Por todo eso, al recordar su vida se me juntaron aquellas diatribas con la dedicatoria que le puso al ejemplar que me regaló de su libro Escenas de pudor y liviandad: "A Jesús, las estampas de una época anterior a la nostalgia y posterior a la amnesia". Y me dije: no solo tengo el título para hacer memoria del Monsiváis que yo conocí, sino una buena pregunta que hacerles a los que en estos días preparan la celebración de nuestro bicentenario: ¿serán capaces de ayudar a Colombia a poner en historia su terrible y maravilloso presente en lugar de emborracharnos de nostalgia y de amnesia?
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