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| 7/11/1994 12:00:00 AM

LA INFANCIA RECOBRADA

Después de dos años de ausencia, David Manzur expone, en la galena Alfred Wild, de Bogotá, la serie 'San Jorge y el dragón', basada en sus recuerdos de niño.

LA ESCENA SE REPETIA UNA Y OTRA vez sin que pudiera evitarlo. Sucedía en Neira (Caldas), su pueblo natal. San Jorge, el dragón y la doncella eran los protagonistas. Y actuaban en la más íntima de las representaciones; se entregaban al drama con placer casi demencial. Fantasmal, como quizás fue la leyenda.

En realidad no era la historia del dragón y la princesa la que le venía a la mente en sueños mientras transcurría su niñez en la remota Guinea. Eran los actores y el posible drama en escena.

David Manzur se había marchado al Africa a los tres años, siguiendo a su madre, que se había ido atrapada por el amor de un libanés. Una noche, al lado del mar, ella le nombró a Antonio Morales, un actor que interpretaba a San Jorge mientras ella hacía el papel de la princesa. El flechazo entre el inquieto niño y las imágenes que describía su madre fue inmediato. Pero Manzur era demasiado joven para entender lo que eso significaba. Sólo dejaba que Morales se le apareciera en sueños sucesivos, montado en un caballo en la plaza de la Neira natal que cada día se le volvía más borrosa en el recuerdo.

Tardaría más de 20 años en comprender que sería pintor sólo para poder expulsar en el lienzo, a manera de catarsis, de exorcismo, de delirio -¿cómo saberlo?- aquella historia que su madre le narró y que su mente había grabado para siempre.

De alguna forma su niñez en Africa lo convirtió en artista sin sospecharlo. Tenía la historia de San Jorge, a Morales inventado en sueños y a su pueblo imaginado; y la sensibilidad al color, que descrubrió muy pronto, cuando jugaba en la playa, escapando de su madre: "Recuerdo que a orillas del mar había un barco en ruinas al que yo solía subirme a jugar cuando bajaba la marea -comenta el artista-. Yo esperaba que la marea volviera a subir para que mi madre no me atrapara. Allí, montado en la nave, contemplé el sol dorado de las cuatro de la tarde. El color de los hierros oxidados quedó guardado en mi memoria para siempre. Por eso se confunde en todas las figuras y en las formas de mis cuadros".

Entonces regresó después de 14 años. Y decidió que pintaría. Corrían los años 60 y su espíritu juvenil y rebelde, ávido de novedades, como debe ser, lo llevaba a experimentar formas y estilos. Lo atraía el expresionismo abstracto y se empeñaba en descomponer figuras y tonos para ubicarlos en el espacio. Pero de pronto, guiado por uno de sus entrañables maestros, descubrió lo que todo artista descubre en su momento: que no debía seguir escarbando por fuera de su curva cultural. Y la de él se hallaba en su brumoso pueblo de Neira, habitado en su imaginación por los fantasmas de Antonio Morales, el dragón y la doncella. "La madurez llega cuando uno conoce sus limitaciones y comienza a profundizar en ellas -confirma Manzur-. Y yo he encontrado mi limitación en Neira y en esa historia de San Jorge que me persiguió desde niño".

El resultado es la exposición que por estos días se presenta en la Galería Alfred Wild, de Bogotá, y que reúne 14 de sus más recientes cuadros sobre el tema 'San Jorge y el dragón'. La muestra se presentará también en Caracas y después en Buenos Aires.

El fondo es siempre Neira, no la que fue, sino la que él imaginó a miles de kilómetros, en Guinea. Sobre este escenario aparecen una y otra vez Antonio Morales y San Jorge, con sus lanzas cansadas, con su rostro oculto y doliente. O simplemente sin rostro; porque los cuadros de Manzur, más que escenas reales, parecen reproducciones teatrales, nacidas de sus viajes oníricos. Por eso no es raro que los personajes carezcan de cara o de cabeza; que los caballos, a pesar de la perfección del dibujo, parezcan aún más fantasmagóricos que su jinete, y que las figuras -por qué no- adopten la rigidez de lo postizo: de quien se sabe actuando y oculta su verdadero ser.

Sin embargo, no es sólo el tema el que está en exhibición. Para Manzur cada cuadro refleja, en su lenguaje onírico, la realidad de lo cotidiano. "Me he dado cuenta, por ejemplo -dice el pintor-, que mis cuadros son de alguna manera violentos, y esto no puede responder sino a la realidad que abruma no sólo a Colombia sino al mundo entero".

De esta forma, la visión del espectador se multiplica al observar su obra, nacida de una narración elemental perdida en el tiempo, pero alimentada, precisamente, por el recuerdo, esa facultad humana de traicionar la historia para inventarla siempre alterada, siempre enriquecida por las vivencias del tiempo.
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