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| 6/5/2005 12:00:00 AM

La intérprete

Sydney Pollack vuelve a dirigir una película de suspenso que denuncia nuestra intolerancia.

Título original: The Interpreter.
Año de producción: 2005.
Dirección: Sydney Pollack.
Guión: Charles Randolph, Scott Frank y Steven Zallian.
Actores: Nicole Kidman, Sean Penn, Catherine Keener, Jesper Christensen, Yvan Attal, Earl Cameron, George Harris, Hugo Speer, Curtiss I'Cook.

En un primer momento, por cuenta de lo diferentes que son entre sí las 20 películas que ha dirigido, podría parecer que el consagrado Sydney Pollack es otro de esos cineastas norteamericanos a sueldo, artesanos sin temas recurrentes, obsesiones asfixiantes o marcas de estilo aparte de la nada despreciable búsqueda de una aventura que merezca ser contada. Sin embargo, si se revisan con atención las tramas de obras tan exitosas como Nuestros años felices, Los tres días del cóndor, Tootsie, África mía o La firma (filmadas en los últimos 40 años bajo las implacables reglas comerciales de Hollywood), se hará evidente que todas narran la historia de cómo una pareja acorralada por la sociedad (un romance imposible, perseguido) llega a creer, por un momento, que el amor es el camino a la redención. Pocas recurren a finales felices. Sólo tres o cuatro tienen fe en los grupos humanos. La gran mayoría cuenta con encuadres clásicos, guiones sólidos y sofisticadas bandas sonoras compuestas por el pianista Dave Grusin. Les sirven a las más importantes estrellas del cine estadounidense para demostrar su talento.

La pareja asediada de La intérprete, el más reciente filme de Pollack, se ha conocido por culpa de un supuesto plan para asesinar al presidente de un país surafricano llamado Matobo: ella, la traductora oficial de la ONU Silvia Broome, encarnada por una Nicole Kidman con los pies en la tierra, ha oído sin querer una conversación en la que un hombre sin rostro ha dejado escapar la noticia del futuro atentado; él, el agente del servicio secreto Tobin Keller, personificado por aquel Sean Penn que puede incorporar cualquier horror sin decir ni una palabra, se entrega de lleno a la prevención del crimen político con la esperanza de que el trabajo duro le ayude a olvidar que su esposa lo ha abandonado sin remedio; los dos, incapaces de ceder a una atracción que no viene al caso, tratarán de recobrar la fe en la diplomacia recomendada por la organización. Contarán con la cuidadosa planificación del realizador. Pero tendrán en contra la música convencional del efectivo James Newton-Howard, y los clichés y los giros forzados de un guión desanimado.

Quien quiera ver una de esas películas de suspenso "que ya no se hacen", con policías honestos, heroínas en apuros y mensajes de tolerancia en tiempos de guerra, hará bien en ver La intérprete una noche de estas. Quien busque alguna secuencia que valga la pena se tropezará con un atentado aterrador en una esquina de Nueva York, una escena cargada de frases destacables ("la venganza es una forma perezosa del duelo", le dirá Silvia al agente Keller) y un tiroteo dentro de un pequeño apartamento. Sólo los cinéfilos menos pacientes, guardianes de la notable filmografía de Sydney Pollack, sentirán que han sido engañados. Y, a pesar de todo, habrán pasado un buen rato.
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