Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1988/08/22 00:00

LA LEY DE LA SELVA

Toda la violencia de la juventud norteamericana en "Vigilantes de la calle"

LA LEY DE LA SELVA

En 1969, el director norteamericano Dennis Hopper quebró todas las reglas artísticas y financieras de Hollywood al lograr que su película Easy Rider (en castellano, "Buscando mi destino"), se convirtiera en una de las más taquilleras de la década. En esa ocasión invirtió, con la ayuda de sus amigos, un puñado de dólares en un proyecto casi doméstico que contaba lo que ocurre cuando dos motociclistas recorren las autopistas, los moteles, las estaciones ferroviarias y los campamentos de los hippies. Eran los tiempos en que la marihuana, el pelo largo, el rock, las guitarras y la suciedad eran mirados como símbolos satánicos. Hopper abrió los ojos de toda una generación, hizo más libres y agresivos a los jóvenes, les enseñó que tenían por delante todo un país por conquistar.
En 1969, Hooper afirmaba que su película podia convertirse en una especie de credo para los muchachos más tímidos. Ahora, 19 años después de esa turbulenta experiencia, el mismo Dennis Hopper ha sacudido a los norteamericanos con otra película, "Vigilantes de la calle" (Colors, en el original), en la cual también cuenta la historia sórdida de los muchachos delincuentes, esta vez agrupados en bandas que andan a pie o motorizados, peleando por la territorialidad de sus barrios y ciudades. Matan con armas de fuego, cadenas y palos, frenando la acción de los policías y convirtiendo ciudades como Los Angeles, Nueva York y Chicago en sangrientos campos de batalla. A diferencia de la poesía y la parábola contenidas en Easy Rider, aquí se trata de un reflejo pálido de una realidad inmediata, tanto que durante varias semanas se presentaron ataques contra los cines donde se exhibía la película, especialmente en Los Angeles, porque los muchachos de esas pandillas se sentían atacados por Hooper y querían impedir que siguiera proyectándose porque iba contra su imagen.
La polémica, física, escrita y hablada, ha sido agria en todo sentido. En una ciudad como Los Angeles, donde existen más de 600 bandas armadas que reúnen a más de 70 mil muchachos,-negros, blancos y orientales-, la exhibición de esta película se convirtió para algunos, en una provocación, en una forma de fomentar la violencia y el pillaje, haciendo héroes a quienes deberían estar en la cárcel.
Para reafirmar que la frontera entre el arte y la realidad es demasiado sutil, muchos espectadores tuvieron que desistir de entrar a ciertas salas porque, en las calles adyacentes, grupos de motociclistas armados con cadenas y palos impedían el libre acceso, molestaban a los peatones, rompían los vidrios de los cines, arrancaban las fotos y los afiches y amenazaban con más descalabros. Lo que algunos periodistas de Los Angeles han criticado más a la película es que no ofrezca una solución al drama de estos muchachos. El director ha respondido que el cine no fue hecho para aportar soluciones sino para entretener y que lo máximo que podía hacerse en un caso como éste era "señalar con el dedo lo que está mal para que las autoridades competentes hagan el resto ".
El escándalo no es nuevo en la vida personal y artística de Hopper. Después del éxito con "Buscando mi destino", se entregó al alcohol y las drogas. Durante varios años dirigió y protagonizó películas inferiores, hasta caer en un estado de crisis que estalló cuando un día salió desnudo del hotel mexicano donde se encontraba, porque no podía soportar las tarántulas que estaban en su cama. Los amigos lo recluyeron en una clinica y poco a poco se fue recuperando. Protagonizo Blue Velvet, con un personaje retorcido, y antes filmó Champions y estuvo nominado al Oscar por ese papel, el de un borrachin que destroza la vida de su hijo.
El escándalo de "Vigilantes de la calle", película protagonizada por Sean Penn y Robert Duvall, -quienes interpretan a dos policías encargados de una unidad dedicada a la vigilancia y la represión brutal de los jóvenes pandilleros-, comprueba la magnitud de este problema social de las pandillas juveniles.
Por supuesto, las historias reales son más atroces, más preocupantes y la película ha logrado algo meritorio en medio de las destrucciones provocadas: que la sociedad norteamericana mire con más atención a quienes repentinamente irrumpen en un supermercado, asaltan la caja, se llevan toda la cerveza que encuentren y además, golpean e insultan a hombres y mujeres. En el fondo, lo que los pandilleros no perdonan a Hopper y sus actores es que los hayan utilizado, los hayan manipulado sin contar con ellos para nada, sin escuchar sus historias verdaderas. Y eso se llama trampa, zancadilla, golpe bajo.



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