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| 11/27/2010 12:00:00 AM

La maga del bosque

Ana María Matute es la tercera mujer que recibe el prestigioso Premio Cervantes. Un reconocimiento a una larga trayectoria.

A sus 85 años ya había perdido la esperanza de ganarse el Premio Cervantes. Tanto es así que hacía bromas al respecto: "Si me lo ganara, daría saltos". Pues bien, Ana María Matute ya puede dar esos saltos sin riesgo de la doceava fractura del fémur: con anticipación -y mostrando sus muletas- había advertido que esos saltos iban a ser solo espirituales.

Su amiga, Esther Tusquets, la evoca como una persona con un gran sentido del humor que no la abandona ni siquiera en los momentos más dramáticos de su vida, que los ha habido, y muchos: al final de la década de los cincuenta perdió la custodia de su único hijo. "Sufrí mucho. Automáticamente le dieron la custodia al padre y estuve sin mi hijo dos años y pico. Lo único que me salvó es que mi suegra y mi cuñada, muy buenas personas, me dejaban verlo los sábados. Al espécimen no le interesaba tener el niño, solo lo hizo para chincharme".

Tiene fama de inmadura, que ella misma ayuda a cultivar. Pero es una apariencia falsa, dice Esther Tusquets, quien no ha conocido a nadie con tanta determinación de luchar para conseguir lo que se propone. "De hecho, es una mujer entera y adulta, dotada incluso de una enorme fuerza, capaz de llegar no a la próxima esquina, sino al otro extremo del mundo y a la pata coja, si hay en el otro extremo del mundo el que la interesa de verdad". Y a Ana María Matute únicamente le han interesado dos asuntos: el amor y la literatura.

Comenzó su carrera literaria muy joven. A los 17 años escribió su primera novela, Pequeño teatro, que solo se atrevió a llevar a un editor -Ignacio Agustí, de editorial Destino- a los 19. Después de leerla, este le dijo: "Pues ven con tu padre para que firme la autorización". En la España de entonces, los padres y los maridos tenían que autorizarlo todo. A pesar del talento que mostraba -por eso la había fichado-, Agustí la veía todavía cruda y le sugirió esperar para su publicación. Tuvo razón. Matute se la llevó a casa, la corrigió y años después obtuvo con ella el Premio Planeta en 1954.

En cambio, le publicó un cuento, El chico de al lado, en la revista de la editorial: "Me emocioné tanto que compré cuatro ejemplares del semanario". Y otra novela, Los Abel (1948), con la cual quedó finalista en el Premio Nadal que ganó Miguel Delibes con La sombra del ciprés. Un honor ser finalista detrás de Delibes. Luego vendría Fiesta al noroeste, Premio Café Gijón en 1952. En esas primeras obras la narrativa de Matute, sin ser completamente realista, está marcada -como la de casi todos los escritores de su generación- por el trauma de la Guerra Civil que les truncó la juventud. Aunque ya aparece el sello distintivo de su estilo: una mirada inocente -de niño o adolescente-, una escritura lírica y apasionada que se confronta con una realidad descarnada.

Su obra es vasta -y llena de reconocimientos- e incluye también la literatura infantil. Hay de sobra para escoger: para algunos conocedores, su cumbre es la trilogía compuesta por Primera memoria, Los soldados lloran de noche y La trampa; para otros, La torre vigía. Su mejor momento fue en la década de los sesenta, pero nunca perdió vigencia a pesar de algunos periodos de silencio. Y es quizá eso, su tenacidad desde joven por mantener su vocación "contra viento y marea", lo que la hizo merecedora del único premio que le faltaba, el más distinguido: el Cervantes.

En La puerta y la luna, la recopilación de sus cuentos completos, pueden apreciarse todos los temas que conforman su universo literario: la infancia, la injusticia social, la incomunicación y el bosque: "El bosque es, para mí, el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también de la propia literatura y, a fin de cuentas, de la palabra". Sobra decir que ella es 'la maga del bosque'.
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