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| 8/18/2003 12:00:00 AM

La maldición del Perla Negra <br>***

El capitán Jack Sparrow, pirata de segunda categoría, nos devuelve a todos a la fantasía.

Si fueramos niños todavía, no encontraríamos una película tan divertida como ésta. Nos sentaríamos a ver las peleas de espada, los ejércitos de fantasmas y las velas extendidas de los barcos piratas, y creeríamos que el mundo es gigantesco, como la pantalla del teatro, y que en verdad caen espeluznantes maldiciones sobre los saqueadores de tesoros. Sentiríamos pánico frente a los muertos vivientes y emoción inexpresable cuando oyéramos los gritos de abordaje. Nos enamoraríamos un poco de la dama en apuros -sólo un poco: si aún fuéramos niños, más bien querríamos ser idénticos al peor de los piratas- que en verdad es una heroína capaz de enfrentarse a cualquiera. Volveríamos al cine, todos los fines de semana, con la esperanza de revivir la alegría de hacer parte de una fantasía.

La maldición del perla negra, dirigida por Gore Verbinski, el realizador de la versión americana de El aro, y producida por Jerry Bruckheimer, el cerebro maligno detrás de Top Gun y Pearl Harbor, entre muchos otros éxitos de taquilla, parte de una de las más populares atracciones del Magic Kingdom, en Disney World, el parque de diversiones ideado por Walt Disney (verla es, de hecho, como entrar en un espectáculo de aquellos), y recrea, con sentido del humor, con energía, las atmósferas del cine de aventuras del antiguo Hollywood. Nos entrega, de paso, uno de los personajes más entretenidos de estos últimos años, el capitán Jack Sparrow, un pirata de segunda categoría con la boca plagada de dientes de oro, que hará lo que pueda para recuperar su barco, el Perla N egra, dominado por una tripulación traidora y codiciosa.

El capitán Sparrow salvará a la señorita Elizabeth Swann, sobreprotegida por su padre, pretendida por todos, unos segundos antes de su muerte. Y de un momento para otro se verá perseguido, encarcelado y liberado por la misma persona, Will Turner, un fabricante de espadas que en el fondo aspira a casarse con Elizabeth. Lo veremos hacer chistes de doble sentido, mirar de reojo a las mujeres y atacar a los demás para que nadie descubra su buen corazón. Y, gracias a la extraordinaria interpretación de Johnny Depp, uno de los mejores actores del mundo del cine, nos sentiremos más cercanos a él, el hombre de dudosos principios e inciertos códigos de honor, que a los valientes héroes de la historia.

Conviene volver a ser un niño, pues, cuando se entra a ver La maldición del Perla Negra. Quien sea capaz de serlo, quien lo sea, vivirá una tarde muy feliz. Odiará con cariño al malvado pirata Barbosa, se reirá con afecto del cobarde gobernador Weatherby Swann, padre de Elizabeth, y se dejará llevar, como antes, por las pegajosas melodías de la emocionante banda sonora compuesta por el alemán Klaus Badelt. No se dará cuenta del metraje excesivo, los combates repetitivos y los cabos sueltos. Abrirá los ojos todo el tiempo. Y sentirá ganas, al final, de volver a entrar en el teatro.
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