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| 11/22/1982 12:00:00 AM

"LA MANSION DE LOS ENIGMAS"

Un libro recientemente publicado revela que una red supersecreta de satélites, antenas y supercomputadoras puede captar todas las conversaciones telefónicas y cualquier telex internacional.

Juzgando por el tamaño de su operación, el más importante funcionario de inteligencia en Estados Unidos es un teniente general de la Fuerza Aérea llamado Lincoln Faurer, director de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA, siglas en inglés). Faurer --no la CIA-- es el dueño y quien opera el grueso de los sistemas de acumulación de inteligencia, es decir, todo lo que llega de satélites "acuosos" que están en órbita a 35 kilómetros de altura sobre el Océano Indico, a una masiva red de antenas escondidas en las colinas de West Virginia.
Las comunicaciones globales que intercepta y decodifica la NSA le dan al gobierno de los Estados Unidos su más alta fuente de inteligencia.
Por ejemplo, durante la guerra de las Malvinas, la NSA descifró el código argentino, permitiendo el paso a los ingleses de la información más importante sobre la disposición de las tropas argentinas.
Debido a su gran influencia, la NSA permanece como la más desconocida de las agencias de inteligencia. Para la mayoría de los norteamericanos, la Agencia Nacional de Seguridad no existe o es fácilmente confundida con el Consejo Nacional de Seguridad.
Esto es exactamente lo que la NSA quiere, en tanto que el éxito de su fisgoneo depende de la ingenua creencia de la víctima de que nadie la está escuchando.
Pero esto está a punto de cambiar con la publicación de un nuevo libro "The Puzzle Palace": "La mansión de los enigmas", escrito por un abogado de Massachusetts, James Bamford.
Bamford, quien ha realizado 35 descubrimientos en un abrir y cerrar de ojos, detalló la organización y las instalaciones de la más "secreta agencia norteamericana": un monopolio mundial de satélites, puestos de escucha, computadoras y antenas que pueden interferir casi cualquier telex internacional, telegrama o conversación telefónica.
Fuentes fidedignas dicen que el libro de Bamford es un conglomerado que contiene errores que sin duda le permitirán denunciarlo como "ampliamente distorsionado" o "escandalosamente exagerado". Pero Bamford, en todo caso, ha descrito un cuadro fascinante de la empresa que dispone del más grande presupuesto de las agencias secretas de inteligencia de Estados Unidos, y que pronto tendrá más terreno espacial en sus cuarteles de Fuerte Meade, Md., que cualquier otra agencia norteamericana, con excepción del Pentágono; y que arrojara 40 clases diferentes de documentos clasificados por día.
A pesar de que no mencionó eso en su libro, Bamford trabajó como jefe de un grupo de seguridad naval que operaba en varios de los puestos de escucha de la NSA, y también trabajó como informante del Comité de Inteligencia del Senado, que investigaba el espionaje sobre norteamericanos. El insiste en que nada de lo que escribe en su libro proviene de su propia asociación con la NSA y que nada de eso está clasificado. Posteriormente, el gobierno reclasificó parte de la información y el Departamento de Justicia previno a Bamford de "no publicar o comunicar la información", la cual se dice estaba erróneamente expuesta al público. Bamford insiste en que el gobierno no puede reclasificar los documentos, pero una nueva orden ejecutiva, que rige desde el primero de agosto, autorizó al gobierno para hacerlo. Sin embargo, el debate no es en vano. La máxima pena por publicar información clasificada es de 10 mil dólares y 10 años de prisión.
DESCUIDOS
Clasificada o no, Bamford encontró la mayoría de su información quitándole el polvo a los estantes de las bibliotecas, como él lo expresó. Su primer encuentro lo hizo cuando estaba examinando escritos en la Fundación de Investigaciones George C. Marshall, en Lexington, Va.,donde halló copia de un boletín no clasificado, para los empleados de la NSA y sus familiares. Bamford argumentó exitosamente que si los allegados a la NSA podían leer los boletines, también él lo podía hacer. "Yo soy tan bueno como el primo de cualquiera" dijo y la agencia le permitió escudriñar más de 6 mil páginas de boletines que habían sido emitidos desde 1952.
El libro de Bamford detalla por primera vez la disposición física y la organización del complejo de la NSA en Fort Meade. El centro del complejo es una torre de nueve pisos rodeada por un edificio de operaciones de tres pisos. Es acá, dice Bamford, donde el sucio y escabroso trabajo de espionaje electrónico está desarrollándose. En el sótano, acechan una fila de abrumadoras computadoras, incluídas dos unidades de computación principales, conocidas por los códigos "Carillon"y "Loadstone". Otro nervio central de la NSA es el centro de comunicaciones donde las señales de los puestos de escucha, son recogidas por un par de antenas parabólicas escondidas entre varios pedazos de madera unidos. "Al lado de una sólida puerta gris de acero, marcada con varios signos de prevención, controlada por una cerradura de clave, escribe Bamford, fila tras fila de máquinas descifradoras, desnudan los secretos del mundo en seis pliegos de papel carbón multicolor"
TRABAJOS SUCIOS
Fuentes informadas dijeron que los Estados Unidos no han tenido éxito en descifrar el código más secreto de los soviéticos desde 1940, cuando el derrumbamiento del código de la KGB condujo al FBI hacia Julius y Ethel Rosemberg y hacia otro número de espías soviéticos. Las computadoras de hoy en día pueden generar claves al azar, que otras computadoras no pueden descifrar; si bien la calidad varía ampliamente. Este es el miedo constante de la NSA: que un país pueda cambiar de un código sencillo a otro más complicado, y que, irónicamente, los contratiempos de la agencia surjan a partir del éxito de los otros.
Por ejemplo, los reportes de la prensa de Gran Bretaña y de Estados Unidos, alertaron a los argentinos de que su código había sido descifrado y entonces esta nación decidió cambiar su sistema cifrado por otro más sofisticado.
Si alguna nación adopta uno de los códigos designados como prácticamente indescifrables,que ahora son posibles, entonces la NSA tiene que acudir a la CIA o al FBI para llevar a cabo una incursión ilegal o "trabajo sucio" y así apoderarse del código. En los años 60, la CIA reclutó a un agente francés en Washington para que les vendiera sus servicios, mientras que el FBI entraba a la embajada, robaba duplicaba y retornaba las cintas magnéticas que tenían la clave del código diplomático francés.
Según afirmaron varias fuentes oficiales, son más de 10 mil los trabajadores de la NSA, pero como Bamford señala, ese número es complementado por cerca de 45 mil soldados, marineros, infantes de marina y hombres de la fuerza aérea, quienes ocupan puestos de escucha desde Sabana Seca, Puerto Rico, hasta Edzell, Escocia, y desde Okinawa hasta Creta. Es difícil determinar el número exacto de los puestos de escucha, ya que estos se abren y se cierran continuamente, de acuerdo con los cambios de la política exterior norteamericana. Por ejemplo, los dos "emplazamientos" que se hallaban a lo largo de la frontera iraní y que espiaban las pruebas de misiles rusos, se fueron con el sha; pero estos emplazamientos se reemplazaron posteriormente por una base altamente secreta en las lejanas montañas de la China Occidental. Si bien la Marina no opera ya una flota de barcos espías, como el infortunado "Pueblo", capturado por los norcoreanos en 1968 y el "Liberty" atacado por los israelíes en 1967, sin embargo, nuevos barcos de guerra son equipados en secreto con unidades de escucha. Por ejemplo, un sistema de búsqueda de dirección conocido como "classic outboard" instalado a bordo de los más recientes destructores de la Marina, ha sido utilizado en el golfo salvadoreño de Fonseca para localizar los puestos de comando de las guerrillas.
El "emplazamiento" más misterioso que descubrió Bamford es la estación de un grupo naval de seguridad en Sugar Grove, en West Virginia. En medio de estas tranquilas colinas, escribe Bamford, se asienta una "formación espectacular" de antenas, de varios tamaños: desde 9 metros hasta un enorme disco de 45 metros.
La instalación, señala Bamford, está, más o menos a unos 100 kilómetros de una estación terrestre de Comsat "a través de la cual pasan más de la mitad de los satélites comerciales de comunicaciones internacionales, que entran y salen de los Estados Unidos todos los días". Bamford agregó que los discos en Sugar Crove "son capaces de recoger cada murmullo comprimido destinado para (la estación y) cada pulso enviado hacia el cielo" La amenaza que impone la NSA a la privacidad de los americanos no es tan tremenda como afirma Bamford.
Antes de que la NSA pueda espiar las comunicaciones de un norteamericano residente en Estados Unidos, debe obtener la orden de un juez, y antes de poder espiar las comunicaciones de un norteamericano residente en el extranjero debe obtener un permiso del Procurador General, quien primero debe determinar si "existe una posible causa" para creer que el norteamericano es un espía de una potencia extranjera. Pero ninguno de estos requerimientos se tuvieron en cuenta durante los años 60 y 70, cuando la NSA espió las llamadas interoceánicas y los cables de unos norteamericanos que eran activistas antiguerra, como Jane Fonda y Tom Hayden.
En otra área en que la NSA es vulnerable a las críticas es en su super énfasis en las metas de los soviéticos, a expensas del resto del mundo. "En Nicaragua o en El Salvador, dice el ex-oficial, usted no tiene la clase de recolección rutinaria que debería poseer para tener una cantidad razonable de inteligencia para explotar"
Mientras que la NSA continúa gastando su dinero en sistemas cada vez más sofisticados para penetrar las comunicaciones soviéticas, los soviéticos tratan de encubrir un 75% del espectro de sus comunicaciones -y el resto está disponible, únicamente porque los soviéticos no piensan que el tiempo y la plata que se gasta en protegerlos valga la pena.
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