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| 2/17/1986 12:00:00 AM

LA MAYORIA DE EDAD

En 7 capítulos y con 280 ilustraciones en color, la historia del arte colombiano.

SERRANO EDUARDO. "Cien años de arte colombiano". Bogotá: 1985. Museo de Arte de Bogotá. Edición de Benjamin Villegas y Asociados. 237 páginas.
La bandera de Olga de Amaral que reproduce la portada de "Cien años de arte colombiano", no sólo resume el concepto de nacionalidad, sino que la misma obra remite al "tema y carácter de la expresión tradicional del país". Realizada con 365 banderas verticales, tejidas independientemente, "Bandera" (1984), viene a ser una materialización del estilo del arte contemporáneo, pero también se relaciona con el pasado en su "aproximación al antiguo arte del tejido". El estilo artístico contemporáneo y la rusticidad de lo antiguo trenzados en un gran tapiz. Y es que de alguna manera así se da la dialéctica de la historia del arte colombiano: en su integración. De esta forma deja ver Eduardo Serrano el fenómeno artístico del país, ampliamente razonado a través de un estudio riguroso, en donde la pasión por redescubrir las verdaderas dimensiones del arte colombiano se despliegan con admirable capacidad de juicio.
Dividido en siete capítulos, con cerca de 280 ilustraciones en color, organizado cronológicamente, considerando el valor de las obras individuales, pero también la importancia de las diversas tendencias y movimientos, sus alcances, su procedencia y su movilidad, el libro de Eduardo Serrano "Cien años de arte colombiano" ha logrado recrear el más rico panorama de nuestro arte como no se había visto hasta hoy. Desde las primeras páginas el lector puede entrar en contacto con la historia de los ultimos cien años de la actividad artística en el país, directamente, sin mediaciones teóricas confusas, sin aparatajes conceptuales enojosos, sin dificultades pretensiosas, con la claridad de la exposición fortalecida por el vigor de la opinión razonada y puesta en función de una responsabilidad de criterio rigurosa.
Esto, que suele ser el verdadero talón de Aquiles de la crítica de arte, está aquí expuesto con la racionalidad del crítico sensible y del historiador diáfano, que no cede ni ante la fantasía caprichosa, ni ante la conflictiva valoración del arte, ni mucho menos ante la pasión solamente destructora.
Si en la magnífica crónica que abarca la actividad pictórica de finales del siglo XIX hasta las primeras décadas del presente siglo, Eduardo Serrano amplía el panorama de su visión a los hechos sociales y políticos, es porque comprende que la historia del arte sólo puede ser entendida y explicada en la medida en que los hechos históricos iluminen el panorama social. No es, como cierta tendencia lo quiso interpretar, el estudio de la historia como un tejido para comprender el presente. Sobre el presente, desde luego, convergen complejos hilos del pasado y el historiador, Si no quiere remontarse a lo largo de la historia indefinidamente, debe elegir ciertos momentos que considera como hechos críticos y germinales de una situación que se prolonga hasta el presente. Pareciera que para el critico Eduardo Serrano los orígenes de nuestra modernidad se sitúan al final de aquel periodo costumbrista que da paso al nacionalismo y sus teorías, justo en los años 30.
Ya a finales del siglo XIX Andrés de Santamaría introduce el internacionalismo en la pintura colombiana y da pasos audaces, cuando del taller sale a pintar al aire libre, "conjugando internacionalismo con nacionalismo temático", dice Eduardo Serrano. Es un tránsito necesario, que sólo en los posteriores años treinta, y debido en gran parte al impulso proveniente del muralismo mexicano, se traduce en un cambio de actitud que lleva al arte colombiano a tomar conciencia de sí mismo. Estas nuevas reflexiones inauguran su modernidad. Entre la reflexión teórica y la actividad artística se tienden los puentes de una sensibilidad nueva y depurada por la historia. De uno al otro lado las distancias que separaban el arte de la vida, inician una búsqueda estética. El arte debe intervenir directamente en la vida y la vida más profundamente en el arte. Aquí aparece en toda su dimensión la tensión explícita, continua y vigorosa entre lo propio de la nación y lo que proviene de fuera.
Los años de la década de los 50 traen al país un movimiento de aproximación mayor con el arte europeo y norteamericano que se va constituyendo en la vanguardia, y que en Colombia se refleja en un inquieto movimiento, "pero siempre conjugando, con ánimo nacionalista, a través de la temática expuesta". Luego, con la aparición de Marta Traba, el arte colombiano se internacionaliza definitivamente. Fue ella quien primero reconoció los valores de la pintura colombiana y tradujo su importancia a un panorama universal y contemporáneo, del que hoy forma parte la historia artística del país. La historia que según Eduardo Serrano "ha comprendido que sus metas son la excelencia y los aportes a la conciencia y a la historia del país y por ende a la civilización occidental de la cual hacemos parte irremediablemente". Y es claro que si los artistas a través de la historia han comprendido que en la excelencia están puestos sus objetivos, por su parte los críticos contribuyen a ello, como Eduardo Serrano con sus "Cien años de arte colombiano".
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