Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2010/06/05 00:00

La memoria en tiempos de Internet

Umberto Eco y Jean-Claude Carrière conversan sobre la preservación de la memoria cultural antes y después de Internet.

La memoria en tiempos de Internet

Umberto Eco – Jean Claude Carrière
Nadie acabará con los libros
Lumen, 2010
263 páginas


Lo sabemos todo sobre Calpurnia, dice Umberto Eco. Es la última mujer del emperador romano César hasta los idus de marzo, fecha del asesinato, cuando ella le pide que no vaya al Senado porque ha tenido un mal sueño. Después de la muerte de César, Calpurnia sale de la historia, no nos interesa más. Y no por ser mujer sino porque deja de ser relevante (Clara Schumann lo es y por eso seguimos hablando de ella después de la muerte de Robert). Para Eco, la cultura es esa selección y la cultura contemporánea, por el contrario, mediante Internet, nos inunda de detalles sobre todas las Calpurnias del planeta, minuto a minuto, por lo que un niño que tenga que hacer la búsqueda para cumplir con sus deberes escolares puede tener la sensación de que Calpurnia es tan importante como César.

¿Es necesario saber los nombres de todos los que participaron en la batalla de Waterloo? Por supuesto que no. Sin valoraciones todo es importante y, a la larga, nada lo es. Una memoria que no sabe decantar lo que recibe del pasado, queda apabullada por los datos, no puede pensar, se convierte en el borgiano ‘Funes, el memorioso’: “Un personaje dotado de la capacidad de recordarlo todo, lo cual es, propiamente, lo contrario de la cultura”. Decir qué hay que conservar y qué hay que olvidar es importante porque posibilita un territorio común de entendimiento, incluso en los errores. Para que haya diálogo, creatividad y libertad se necesita compartir una enciclopedia común: “Con Internet, que nos lo da todo y, como acaba usted de decir, nos condena a filtrarlo, no con la mediación de la cultura sino con nuestra cabeza, corremos el riesgo de disponer de 6.000 millones de enciclopedias, lo cual impedirá cualquier posibilidad de comprensión”.

En el campo de la ciencia, el asunto se vuelve aún más complicado. Si se pierde la confianza que antes había en la comunidad científica internacional, que revisaba y corregía sus conclusiones día a día y de manera pública, caemos en la incertidumbre y en la desconfianza. ¿Cómo vivir normalmente sin la garantía de verdades científicas más o menos válidas? Abundan en Internet los grupos que cuestionan nociones que antes eran compartidas por todos, que dudan hasta de la conformación de la tierra. No, la globalización no terminó unificándonos, como temíamos, sino fragmentando el saber común.

Los archivos, las bibliotecas, habían sido una especie de “celdas frigoríficas” que almacenaban la memoria permitiendo que el espacio cultural no quedara completamente ocupado. ¿Qué hacer entonces ahora –se pregunta Jean-Claude Carrière, el contertulio de Eco– con esa información en bruto, sin control de las fuentes ni jerarquías? Comparar, contrastar; ejercitar el sentido crítico ante Internet, le responde Eco.

Aunque hay una paradoja: los soportes modernos para conservar la memoria se vuelven rápidamente obsoletos. Podemos leer un texto impreso hace seis siglos, pero ya no podemos leer una cinta de video o un CD-ROM de hace apenas algunos años. ¿Cómo hacerse hoy día a una videoteca? ¿Qué soporte elegir? Es imposible –afirma Carrière– conservar en casa las copias de las películas en celuloide, la cintas de video pierden color y definición, se borran rápidamente; los CD-Rom se han acabado; los DVD no tendrán una vida larga. Y, además, “tampoco es seguro que en el futuro dispongamos de energía suficiente para hacer que funcionen todas las máquinas”.

Umberto Eco y Jean-Claude Carrière, el ilustre profesor y el connotado guionista, moderados por Jean Phillipe de Tonnac, hablan en esta interesante obra de la preservación de la memoria cultural en estos tiempos pero también de libros viejos, incunables, de curiosos datos históricos, de anécdotas, porque antes que cualquier otra cosa, son un par de bibliómanos y furiosos lectores que comparten una convicción: nadie acabará con los libros. Un invento insuperable, como la cuchara, el martillo, la rueda y las tijeras.

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