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| 1/3/2000 12:00:00 AM

La mirada oblicua

José Saramago concedió una entrevista exclusiva a SEMANA: quería cumplir una deuda de honor por haber cancelado una visita a Colombia que coincidió con la entrega del Nobel.

Saramago fue el invitado principal a la feria del libro de Guadalajara. Habló de su trayectoria de escritor ante un público que lo ovacionó —se encontraba presente la viuda de Salvador Allende—, prologó e hizo la presentación de un libro del comandante Marcos, con paciencia atendió a miles de personas que hicieron largas colas para conseguir un autógrafo y hablar con él, asistió a fatigosas ruedas de prensa.

A partir de mayo de 1968 —planteó con firmeza— se perdió la voz del escritor en la sociedad y es indispensable recuperarla en estos momentos en que se asiste al fin de una civilización, en que la Organización Mundial del Comercio se reúne en Seattle para definir el futuro de la humanidad bajo las directrices de las multinacionales, las verdaderas dueñas del mundo. La izquierda no existe, el comunismo fracasó por culpa de sus dirigentes, la tercera vía es un chiste, pero es indispensable ser crítico, buscar otras opciones más humanas ante la opción única del capitalismo autoritario.

Al igual que en sus obras siempre está buscando ver las cosas desde ángulos distintos, desde lo que él llama la mirada oblicua. Su figura impone una seriedad y un respeto que inhibe. La esperanza es entonces haber observado el rigor y el cuidado con que responde cada pregunta, hasta la más tonta. Sin embargo es difícil, le han hecho muchas entrevistas. Se le recuerda, para romper el hielo, una frase del Ensayo sobre la ceguera: no se han hecho todas las preguntas, ni se han dado todas las respuestas. Sonríe. Buen augurio.

SEMANA: En sus novelas, a pesar del horror y de la adversidad, el amor es posible, la historia es mejorada, ¿le gustaría ser recordado como un escritor de la esperanza?

Jose Saramago: No lo sé, las definiciones son siempre muy simples, es posible que en mis novelas el lector encuentre la esperanza, pero yo no me propongo ser un escritor fabricante de mensajes, sé que ese no es el sentido de su pregunta pero es difícil pensar cómo me gustaría que me recuerden, si es que me van a recordar, en tanto escritor, claro... Bueno, si me tocara responder, yo diría que me gustaría ser recordado como alguien que ha intentado comprender el mundo, que no está nada seguro de haberlo entendido y que ha buscado transmitir ese grado de entendimiento que logró. Puede que ese entendimiento implique una esperanza, seguro, pero lleva otras más, y una de ellas es que deberíamos reconocer que no somos buenos y que la prueba, si se necesita una prueba, es que hemos sido nosotros los inventores de algo que no existe en la naturaleza: la crueldad. La crueldad es una invención humana, los animales no son crueles, la crueldad es un hecho de la razón, entonces, esa esperanza que hemos venido posponiendo, de generación en generación, quisiera que la enfrentáramos, para saber de una vez, si todavía estamos en dirección a la humanidad, porque todavía no somos humanos.

SEMANA: Esas figuras de Blimunda y la mujer del médico, ¿son entonces ideales?

J.S.: Yo no la llamaría un ideal, más bien una posibilidad, podemos ser mejores, pero no hay que quedarnos esperando a que la solución nos baje del cielo, podemos ser mejores si trabajamos para eso. La capacidad de amor, de compasión y de esperanza que hay en mis personajes, sobre todo mis personajes femeninos, no está ahí para borrar el horror, incluso en el Ensayo sobre la ceguera, la última palabra no es muy alentadora...

SEMANA: Pero el mundo todavía esta ahí...

J.S.: Todavía está, la ciudad está ahí a pesar de lo que pasó, pero ¿hasta cuándo?

SEMANA: Y el escritor ciego sigue escribiendo...

J.S.: Sigue escribiendo...

SEMANA: Ricardo Reis parecería ser la excepción a esa regla de personajes activos: no incide en la historia, es ésta la que lo transforma, su amor es incompleto, ¿por qué?

J.S.: Los otros personajes llevan en sí mismos, aunque la ignoren, la posibilidad de cambiar. Ricardo Reis no puede cambiar porque es un ser apático, un ser abúlico, en el fondo Ricardo Reis se parece mucho a un corcho sobre el agua, que se mueve porque es movido, así era el personaje de Pessoa y hubiera sido demagógico de mi parte hacerlo un hombre activo. Yo lo que resolví en esa novela, lo entendería después, fue la contradicción de un inmenso amor por Pessoa y un desacuerdo profundo con él.

SEMANA: Usted es un escritor tardío, que encontró su verdadera voz casi a .los 60 años, y a sus personajes les ocurre que abandonan una vida oscura e insignificante para encontrar un destino más alto, ¿es una manera de agradecerle a la vida la oportunidad que le dio?

J.S.: No lo sé, no sé si es tan complejo como esto, o que sólo lo parece si lo analizamos a posteriori...

SEMANA: Si muere antes de los 60 años, no hubiera sido José Saramago.

J.S.: Mire, eso ocurrió cantidad de veces, a cantidad de personas.

SEMANA: Pero a usted no le ocurrió.

J.S.: Sí, por una razón muy sencilla. porque tengo salud, no tiene nada que ver con lo literario o con la ambición que uno tenga de hacer esto o aquello, tiene que ver sencillamente con la biología...

SEMANA: Pero hay un no, un rebelarse contra el destino para que no sea destino, como lo hace Raimundo Silva.

J.S.: Sí, pero son dos cosas distintas. Si yo he podido escribir lo que está ahí y teniendo en cuenta que lo más importante que he hecho lo hice en los últimos 20 años, eso significa que yo he tenido mucha suerte, mucha suerte en el sentido de tener una vida larga y poder esperar hasta muy adelante para que nuevamente empezara, pero es una casualidad.

SEMANA: ¿Un azar?

J.S.: Sí, es sencillamente un azar, pero no tiene nada que ver con el destino, porque si tuviera que ver con el destino, si yo creo en el destino hubiera dicho: estoy tantos años sin escribir y me fío de ese momento que va a llegar, ¿pero quién nos puede asegurar algo? ¿Cuántas obras se quedaron por hacer porque el momento de la muerte llegó antes del momento en que la obra se pudiera hacer, cuántas vidas no han podido cumplirse? Es la suerte, sencillamente eso es lo que es.

SEMANA: En su intervención decía que a las obras completas de los escritores deben agregarles las cartas de sus lectores quienes verdaderamente las completan. Usted, que recibe tantas cartas de sus lectores, ¿cuál agregaría, cuál lo ha conmovido de una manera especial?

J.S.: No las tengo aquí pero puedo decirle que cantidad de ellas me han conmovido y emocionado hasta las lágrimas. Hay cartas que son verdaderos testimonios, personas que hablan de sus vidas, de sus conflictos, de sus problemas, cartas de una belleza, pero de una belleza de ideas, incluso de una belleza de estilo que yo no puedo controlar la emoción que muchas de esas cartas me producen. Creo que cuando yo ya no esté en este mundo la publicación de esas cartas, con la autorización de los que la escribieron, claro, serán un documento único, porque son el otro lado del libro, y el otro lado del libro, es el lector.

SEMANA: La literatura moderna destronó al narrador omnisciente, diferenció al narrador del escritor; usted acabó con esa diferencia, el que habla es usted mismo, ¿se trata de una nueva relación entre el novelista y el lector?

J.S.: El escritor es un personaje más. Es el instrumento del que yo me sirvo para poner en funcionamiento la novela. Pero decir que eso no tiene nada que ver conmigo, que el autor está por detrás y el narrador es el responsable, eso yo no lo entiendo. Estamos asistiendo al regreso del autor, sin caer en la trampa del biografismo. Cuando Flaubert dijo Madame Bovary C´est moi, se quedó corto porque no sólo es ella la que es Flaubert, es el marido, sus amantes, es la calle, el pueblo, todo eso pasó por su sensibilidad. Separar al autor del narrador es lo mismo que separar el brazo del cerebro, no tiene sentido.

SEMANA: Ese estilo suyo, en el que todos hablan y piensan a la vez, sin pausas en la narración, se sostiene todo el tiempo gracias al ritmo, ¿hay alguna influencia consciente de la música?

J.S.: No hay ninguna influencia de la música. Tiene mucho más que ver con las narrativas populares de la tradición oral, aunque allí el cuento no era nunca el mismo cuento porque cada persona lo cambiaba, el hecho de que esos cuentos ya eran contados en voz alta para un auditorio, la familia, que mis abuelos y mis tíos contaran esos cuentos que eran herencia, que los dijeran en voz alta, aunque uno no se diera cuenta, creaban una necesidad que yo llamaría de compás, más que rítmica. Todo se volvía un poco encantatorio. Por eso he dicho a mis lectores que tienen dificultad para leer algo mío, que lo lean una o dos páginas en voz alta y seguramente encontrarán el modo.

SEMANA: Sus dos más recientes novelas son menos históricas, más contemporáneas, la novela que prepara, ‘La caverna’, ¿se acerca más a estas?

J.S.: Sí, la novela que estoy preparando va en esa dirección. Pero mi interés no ha sido del todo histórico, es como si yo pasara de la estatua a la piedra, es como si en el fondo yo siguiera describiendo la piedra. La estatua es sólo la superficie de la piedra.
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