Lunes, 23 de enero de 2017

| 1999/07/26 00:00

LA MOMIA

La nueva versión del clásico de 1932 sólo tiene para mostrar sus efectos especiales.

LA MOMIA

Director: Stephen Sommers Protagonistas: Brendan Fraser, Rachel Weisz, John Hannah,
Arnold Vosloo, Kevin O'Connor, Jonathan Hyde Desde que la magia digital apareció como el más avanzado
instrumento de creación de efectos especiales las producciones de Hollywood parecen haber alterado su
concepto cinematográfico. Obnubilados por la contundencia de la digitalización muchos directores han
concentrado su atención en las posibilidades de la tecnología en detrimento del guión y de los personajes. El
ejemplo más reciente es el de Stephen Sommers y su película La momia. Recreada a partir del clásico del
mismo nombre que realizó Karl Freund en 1932, con nadie menos que Boris Karloff como protagonista, la
cinta de Sommers cuenta la historia de una leyenda según la cual hace más de 3.000 años, en el antiguo
Egipto, un sacerdote con poderes mágicos fue condenado a un suplicio eterno por osar disputar el amor de
la amante del faraón. El suplicio consistía en que el cuerpo momificado del sacerdote permanecería vivo por
toda la eternidad, sufriendo horrorosos martirios, y sólo cesaría cuando alguien se atreviera a liberarlo. Eso
fue, precisamente, lo que hicieron un grupo de expedicionarios durante la década de los años 20, llevados por
el afán de descubrir su sepulcro y con él un tesoro de dimensiones colosales. El desarrollo de la película
gira en torno de la profanación de la tumba de la momia y sus espeluznantes consecuencias. A pesar de
poseer todos los elementos de una película de terror, La momia es más bien un híbrido que privilegia la
aventura y la comedia. Pero en esa mezcla confusa el director ha renunciado a cualquier asomo de
originalidad. La trama general se sirve de Cazadores del arca perdida. El seudohéroe, interpretado por Brendan
Fraser, es una parodia de Indiana Jones; la heroína, una sofisticada arqueóloga de biblioteca cuyas torpezas
bordean los límites de la ridiculez. Algunas escenas hacen referencia _pero en versión oscura_ al genio de
la lámpara de Aladino, mientras otras son similares a las de Alien. Todo esto en medio de un humor superfluo
que debilita la trama y la convierte en una soporífera burla. Quizás, lo único rescatable sean las secuencias de
efectos especiales que, a propósito, ya son suficientemente dominados por el espectador como para intentar
descrestarlo

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