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| 10/14/1985 12:00:00 AM

LA MONOTONIA DE LA VARIEDAD

En el XXIX Salón de Artistas Nacionales todos los caminos llevan a la misma parte

Hay de todo, como en una feria de muestras. Desde vacas al óleo en tamaño natural que podrían haber salido del bucólico pincel sabanero de Gómez Campuzano, hasta el último grito de la transvanguardia en feroces acrílicos, importada de Nápoles. Hay hiperrealistas, conceptuales, algún superviviente de los años del pop art, un decorativo lírico escapado de la Viena de los años veinte, minimalistas, gestuales, abstractos sólidos, abstractos líricos, un expresionista alemán de 1930, fanáticos del objet trouvé ensamblado a las volandas, neoprimitivistas, constructivistas soviéticos, neoexpresionistas, impresionistas, caricaturistas, inclusive fotógrafos. En el XXIX Salón Nacional hay 96 artistas venidos de todo el país, y se puede decir que hay por lo menos 96 tendencias.
Un catálogo.
Y eso, en todos los medios imaginables. Grabado en metal y talla en madera, óleo sobre papel, acrílico sobre cartón, bronce, hierro, pastel, cerámica, litografía, montaje de polaroid, xeroxcopias del natural: insectos, gorriones muertos, batracios y pequeños reptíles. Alambres retorcidos, grabados en cemento, pasteles sobre lienzo. Hay incluso acuarelas, que es cosa que rara vez se ve en las exposiciones colectivas de arte contemporáneo. Un muestrario de técnicas y oficios. Técnicas, además, perfectamente dominadas, oficios que en ciertos casos alcanzan niveles asombrosos. Si se trataba de ejercer un control de calidad, como el que no existe en Colombia para los productos industriales, no hay duda de que el jurado seleccionador hizo bien su trabajo. Y los jóvenes artistas colombianas --la mayoría de los participantes en el Salón son jóvenes-- podrían darles lecciones de rigor técnico a los fabricantes.
Pero no se trata de eso. Es un Salón de artistas. Y al espectador le sucede que no encuentra en él fuerza artística que justifique tal virtuosismo técnico. Las pinturas están muy bien pintadas, las esculturas muy bien esculpidas, los grabados muy bien grabados, los objetos hallados muy bien hallados. Pero se queda uno dudando de que hubiera valido de verdad la pena pintarlas, esculpirlas, grabarlos, hallarlos, y finalmente ir a visitarlos.
Hay apenas, en ese centenar de expositores, cuatro o cinco interesantes (lo cual, si bien se mira, no es poco). Vicente Matijasevic, que exhibe un "Tríptico" grabado en cemento, es un dibujante y grabador poderoso. María Cristina Aragón --dos grandes óleos de encuadres periodísticos de vida cotidiana-- tiene mucho talento. Rebeca Navarro despliega una frescura de mirada que hace tiempo han perdido, en su desenfrenada fabricación en serie, todos los primitivistas. Gloria Cecilia Matallana pinta muy bien ciudades grises, polucionadas, comidas por el tráfico. Hay mucha ironía culta en los Papas viajeros de Ethel Gilmour de Uribe. Y fuera de eso, ya se dijo, hay en todo el Salón una gran capacidad técnica. Pero tras recorrer su infinita variedad de tendencias, de modas, de maneras, queda uno con la desazonadora impresión de no haberle encontrado ninguna personalidad. Da vueltas otra vez, y tampoco. De toda su heterogeneidad no emerge en fin de cuentas más que una gran monotonía.
Abandonado el Salón, la desazón persiste. Sale uno del antiguo Panóptico a la Carrera Séptima y espera hallar la vida en su infinita variedad. Y ahí está: Cootransilvania, Universal de Transportes, Flota Usaquén, Sidauto, Buses Amarillos y Rojo Ltda., Unión Comercial de Transportes, Expreso del País, Expreso Suroriente, Coonalmicros.. Los hay de todos los colores, de todos los modelos, de todos los tamaños. Pero da la impresión de que todos fueran el mismo bus, y se sorprende uno de que todos sigan exactamente la misma ruta.--
Antonio Caballero
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