Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1983/08/15 00:00

LA MUERTE DE UN RUMBERO

Desaparecido Bienvenido Granda, la música antillana ha quedado huérfana de uno de sus más famosos promotores

LA MUERTE DE UN RUMBERO

Se llamaba Bienvenido Rosendo Granda Aguilera. Era cubano, habanero puro y había nacido el 30 de agosto de 1916 de una humilde familia que tenía el son y la rumba en sus venas. Desde pequeño ese deseo de hacer música, de cantarla, de decirle al mundo lo que era Cuba, apareció como destinándolo a ser uno de los mejores cantantes que ha tenido la música antillana de todos los tiempos. Y fue así, según lo reconocen los expertos y los inexpertos.
De los 62 cantantes que han pasada por el tinglado de la Sonora Matancera esa agrupación de bongos, trompetas, negros y blancos que bien podría compararse con las de Benny Goodman y Artie Shaw en el jazz, Bienvenido Granda era uno de los más afamados por su inconfundible voz. Por eso Granda significaba todo para los cubanos. En compañía de Benny Moré, los dos eran los cubanos que habían hecho de la Sonora Matancera un espectáculo de originalidad contundente. Más tarde Daniel Santos y Celia Cruz engrosarían ésa parranda de rumberos que hicieron que la música antillana, abandonada entonces a los rituales de los negros, fuera conocida más allá de las fronteras del Caribe.
Bienvenido Granda trabajó durante 17 años con la Sonora. Su voz retumbó en la década de los treinta y los cuarenta. De ellos todavía queda Carlos "Caito" Díaz, un maraquero sensacional que hoy, a los 88 años, todavía mueve las manos para hacer bailar y cantar al que se le presente. Granda cantaba el típico ritmo antillano: el son montuno, el bolero beduine, el cha-cha-cha y el danzón, como también la charanga. Todos estos ritmos son los que se conocen actualmente con el nombre de "salsa" y que los puristas y los que saben no han querido incorporar a su lenguaje antillano.
Hacia 1951 Bienvenido Granda peleó con Rogelio Martínez, el administrador de la Sonora, por mala repartición de las utilidades. Granda decía que Martínez representaba todo lo dicho en esa famosa canción suya intitulada "Desengaño". Fue triste para Granda desprenderse del inagotable sabor de la Sonora Matancera. Había pasado allí su juventud. Cantaba horas y horas, gastándose entre la noche y la parranda, por sólo 50 centavos que eran una miseria. Maduro ya quiso estabilizarse, pero Martínez no lo aceptó y Granda partió hacia las costas colombianas. Fue una partida al estilo de las rancheras. Los que se quedaban mostraban caras melancólicas y abandonadas y el que se iba no podía ocultar su profunda melancolía.
Granda, pués, llegó a Barranquilla. El año 1924, en el cual había nacido la Sonora en la población de Matanza, estaba lejos. Y ahora Bienvenido Granda, que había llevado a la agrupación a la fama, no estaba allí. Pero estaba en Barranquilla, en una zona antillana, lugar por donde, en compañía de Buenaventura, entró el son cubano al país. Así, Granda no estaba lejos de la esencia de su música. Había gente que la entendía y, por lo tanto, había que continuar esparciéndola por estos mares.
En Barranquilla grabó un L.P. o disco de larga duración con la orquesta de Juancho Esquivel, del cual no se guarda copia. Sin embargo "Oyeme Mamá", la canción que lo identificó como uno de los mejores cantantes cubanos, se siguió escuchando y aún se oye en los rincones de la salsa colombiana. Tanto en el "Abuelo Pachanguero" de Cali como en el "Quiebracanto" de Bogotá.
A pesar de todo este ambiente rumbero, un tanto bohemio y descomplicado, de tragos y cigarrillo, Bienvenido Granda sólo se casó una vez. Su esposa, ahora viuda, se llama Cruz María Acosta, con la cual tuvo un hijo, que vive en Cuba, en La Habana.
Después de su estancia en Barranquilla, Granda se dirigió a México, en donde se estableció. Hacia 1960 regresó a Cuba para visitar a su hijo. Acababa de sucederse la revolución que había tumbado a Batista. Castro estaba en el poder y en Cuba no quedaba un sólo anticastrista. Sin embargo a Granda no le importaba toda esa avalancha política. Siempre permaneció al margen de ella. Nunca compuso o cantó canciones de tipo político. Decía que con revolución o sin ella, la música era música y nada tenía que ver con las cuestiones de Estado. Unirla a estos conflictos era, para Granda, una cuestión de corrupción. El prefería escribir y cantar cuestiones de su pueblo, su familia, investigar al hombre mismo, tanto en su parte superficial como trascendental.
Granda murió la semana pasada sin agachar sus bigotes mexicanos, pero triste porque no pudo morir cantando. Era, en el fondo, como Juan Belmonte que, ya viejo, caminaba alrededor de la Plaza de Toros de las Ventas sin conformarse por no haber muerto como su eterno rival, Joselito, desangrado por los cuernos de un toro. Su toro que era su público y su imperecedera afición. Granda fue, pues, un introvertido cantante, cuya única aspiración fue cantar, que quiso a Colombia y pretendió morir como cualquier buen soldado: en la batalla.

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