Sábado, 20 de diciembre de 2014

| 2013/06/29 03:00

La muerte de los juglares del vallenato

Leandro Díaz, el último juglar del vallenato, se despidió del mundo hace una semana. Deja un enorme legado y también un importante debate. Nunca antes el vallenato había estado tan lejos de sus raíces, pero tampoco había sido tan popular y lucrativo como hoy. Reportaje de SEMANA.

Imagen tomada de la película 'Los viajes del viento' (2009), dedicada a los juglares vallenatos.

Valledupar llevaba un mes preparándose para la fiesta. Eran las cuatro de la tarde del pasado 14 de junio, cuando miles de personas empezaron a caminar por la ciudad. En cada esquina un altoparlante soltaba un estruendo, y coronando esa caravana, a bordo de un carro, saludando y bailando, iba el poderoso imán que atraía a las masas: Silvestre Dangond.

Tres kilómetros recorrió la multitud eufórica a pie, en medio del calor y las botellas de Old Parr, hasta llegar al Parque de la Leyenda, una mediatorta para 25.000 espectadores. Dangond, uno de los intérpretes vallenatos más populares de la actualidad, comenzaba así el lanzamiento de su nuevo álbum La 9a batalla, un “homenaje al Ejército nacional”, en cuya carátula el cantante y su acordeonero visten de camuflado y cargan fusiles. 

Aunque cayó un aguacero y el concierto debió ser aplazado varias horas, el evento fue un éxito: la gente no se movió hasta que escampó a las 11 de la noche. A esa hora, siguió la parranda.

Una semana después del jolgorio, Valledupar se vistió de luto. A las 2:30 de la mañana del sábado 22 de junio, el juglar Leandro Díaz, de 85 años, murió en la Clínica Cesar como consecuencia de una afección renal. Ciego de nacimiento y criado en un caserío de La Guajira, fue el autor de más de 200 canciones clásicas del repertorio vallenato, entre otras, Matilde Lina y La diosa coronada. 

Con él murió también el último representante de una generación de cantautores, sin quienes el vallenato no sería lo que es. Junto a Rafael Escalona, Alejo Durán, Calixto Ochoa, Adolfo Pacheco y Pacho Rada, Díaz fijó a la música de canto y acordeón, sus paseos, merengues, sones y puyas, como un fundamento del folclor colombiano. Sus historias transmiten valores universales, y sus textos tienen un poder poético equiparable al de la gran literatura.

La muerte de Díaz, sin embargo, deja también un importante debate sin solución. Nunca antes la música que él y otros maestros crearon había estado tan lejos de sus raíces como hoy y tan sometida al cálculo comercial. Sin embargo, ese mismo vallenato nunca había sido tan popular y lucrativo como en la actualidad, ni había conquistado tantos mercados, no solo en Colombia, sino en el exterior. ¿Por qué?

SEMANA habló con intérpretes, productores y críticos y la conclusión es que el vallenato se ha partido en dos: el de Leandro Díaz y sus colegas, que sigue vivo en antologías, en el trabajo de Carlos Vives, en algunas parrandas locales y en las élites intelectuales nostálgicas de un mejor pasado, y otro más comercial, presente en la radio y las clases populares. 

Mientras las nuevas canciones les hablan a los jóvenes de las realidades urbanas contemporáneas, la lírica de los juglares tiene menos poder de conexión. Pero a todos los consultados les preocupa la pregunta de si es posible mantener unidos a los dos bandos. ¿Puede el vallenato de hoy retomar aspectos del de ayer?

Salchichas musicales

El mismo Leandro Díaz atizó el debate antes de su muerte. Las letras del vallenato comercial, dijo, se despachan “con más de 2.000 palabras que al final no dicen nada”. El periodista Daniel Samper Pizano, que conoce como pocos la historia del vallenato, trajo esta frase a colación en una columna titulada ‘El vallenato se está suicidando’, publicada el 2 de marzo en El Tiempo. 

Allí, Samper va mucho más allá. Considera “lamentable” que el éxito de los “viejos y gozosos merengues y paseos” esté amenazando con “destruir el género”. Condena la “falta de imaginación e inspiración”, la califica como una “enfermedad mortal” y remata: “El ‘boom’ desató un río turbio de música comercial vacua y previsible, madre de criaturas monstruosas, (donde) abundan las notas repetitivas fabricadas por contrato, aburridas salchichas musicales (…)”.

En diálogo con SEMANA, Samper explicó las razones de su ira. “Los juglares vallenatos son parte esencial de la cultura popular”, dijo. “El vallenato comercial vende porque se apoya en un entramado de emisoras que lo promueven y que han logrado moldear el gusto de un importante sector”. En su lucha, él no está solo. 

El periodista y conocedor Alberto Salcedo Ramos le dijo a esta revista: “No todo lo que se graba con acordeón es vallenato”. Y considera que lo que hoy está de moda tiene “letras muy pobres” y “da prioridad al ritmo para que sea bailable”. Celso Guerra, experto y columnista del diario El Pilón de Valledupar, dijo: “Responsable de esto ha sido la comercialización: el disquero no pregunta por la raíz, él solo necesita dinero”.

Para entender la frustración de quienes, como Samper, quieren que en 400 años se siga oyendo a Leandro Díaz, hay que comprender el valor de los juglares. Hace 80 años, las orquestas dominaban los grandes escenarios. 

Quienes interpretaban una variación popular, basada en voz y guitarra (y luego acordeón) terminaban en los patios, comiendo sancocho y bebiendo mal ron, discriminados por animar las, entonces impresentables, parrandas vallenatas. Muchos murieron en la pobreza, pero su poder fue inmenso y con el tiempo y la ayuda de “unos cuantos traidores de alta alcurnia” –como los llama el escritor Alonso Sánchez Baute–, noquearon al bambuco, el chachachá, el mambo, la guabina y la cumbia y se tomaron el país.

En conversación con SEMANA, Sánchez Baute dijo: “Musicalmente, los juglares nos dejaron la literatura de la que carecieron nuestros pueblos campesinos, y en lo personal hay un legado importante en cuanto a valores de humildad y sencillez”. 

Pero en relación con el desarrollo actual, él tiene una postura más moderada que la de Samper. “No se puede juzgar con los ojos del pasado”. Para Sánchez Baute, famosos intérpretes actuales como Silvestre Dangond, Peter Manjarrés y Jorge Celedón no hacen vallenato en el sentido tradicional del acordeón, la caja y la guacharaca, ni tampoco en cuanto a la poesía y la narrativa bucólica, pues “Valledupar ya no es un pueblo de campesinos”. “Las preocupaciones son otras, hay nuevas formas de contar el mundo”, dijo.

No extraña que esta visión sea la misma de quienes hoy hacen vallenato. En este medio predomina la opinión de que, si bien el valor de los juglares merece ser conservado, el vallenato debe evolucionar. “La música cambia”, recuerda Celso Guerra. Carlos Bloom, el mánager de Silvestre Dangond, le dijo a esta revista: “Con todo el respeto que merecen, la guabina y el bambuco se quedaron en el tiempo. Si el vallenato se enfrasca, le pasará lo mismo”. 

Para Bloom los músicos de hoy deben “guardar el equilibrio” entre las raíces y las necesidades actuales y poder contar una historia así sea sobre “el ‘pin’ de un Blackberry”. El mismo Dangond, que ha vendido más de 150.000 copias de sus álbumes y da entre 15 y 20 presentaciones mensuales, parece consciente de ello. “Yo nací en los ochenta y aprendí de los juglares”, le dijo a SEMANA. “Pero si me pongo a cantar como ellos, a lo mejor ni siquiera conocerían mi nombre. Es que nosotros también trabajamos por aplausos y remuneración económica”.

¿Potencial vallenato?

Más allá de los debates, el vallenato ha sido un motor de desarrollo. Esta música no solo desplazó a la cumbia y se apuntaló como embajadora de Colombia en el escenario internacional (hay un Grammy exclusivamente dedicado al vallenato). También transformó al Cesar. Gracias a ese folclor Valledupar existe hoy en el mapa turístico y cultural de Colombia. 

Este hecho es reconocido por el alcalde de la capital cesarense, Fredys Socarrás, cuya administración ha concentrado esfuerzos para conservar la tradición musical de los juglares. No obstante, ese tipo de medidas son insuficientes para aliviar las preocupaciones en torno al futuro de este género. Distribuidores, productores e intérpretes saben que en la actualidad hay problemas. Y se quejan de la falta de posibilidades para volver a las raíces.

“Tenemos que grabar lo que haya porque no hay compositores como los de antes”, le dijo a SEMANA Silvestre Dangond. Rafael Mejía, gerente de marketing de Discos Fuentes, un sello dedicado desde hace casi 80 años al vallenato, habla del actual como “un vallenato fabricado, elaborado, con un lenguaje ‘light’ e historias urbanas de jóvenes enamorados”. Su negocio y el de muchos otros empresarios no solo se ha visto afectado por la piratería, sino también por las políticas de la radio. “Poner a sonar a nuevos y buenos vallenatos es muy difícil”, dijo Mejía.

Estas palabras parecen calcadas de las que Leandro Díaz pronunció pocas semanas antes de su muerte. “Hay que seguir produciendo buena música pero eso es muy difícil”, dijo en una entrevista con El Nuevo Siglo. ¿El éxito en ventas significa de veras la muerte del género? La respuesta solo la dará el tiempo. Y no es claro si la apuesta a la comercialización que encarna Dangond sea el camino indicado. En juego, sin embargo, está el corazón del vallenato: las historias de los juglares. 


El puente al siglo XXI


Es imposible hablar de vallenato en Colombia sin mencionar a Alfredo Gutiérrez, Diomedes Díaz y Carlos Vives. Cada uno a su manera contribuyó a construir un puente entre la tradición y las necesidades del siglo XXI. Durante los años noventa, Vives internacionalizó el vallenato tradicional, al mezclar los clásicos con elementos del rock y convertirlos en productos aptos para audiencias no caribeñas, más jóvenes y menos afines al folclor. 

En conversación con SEMANA, Vives describió su legado así: “Cuando Leandro Díaz cantaba por los pueblos ‘Matilde Lina’, eso era folclor. Cuando yo la grabé se convirtió en proyección”. Diomedes Díaz y Alfredo Gutiérrez tomaron otro rumbo: en los años ochenta y noventa volvieron a la caja, el acordeón y el canto doliente y, sobre todo, a la narrativa. Más allá de los escándalos de Díaz, él, Gutiérrez y grupos como El Binomio de Oro y Los Diablitos le dieron la vuelta a Colombia y América Latina, difundiendo el valor del vallenato.

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