Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2010/06/05 00:00

La mujer aventurada

A los 98 años ha muerto esta semana en Nueva York Louise Bourgeois, la última gran escultora del siglo XX en Estados Unidos.

“Sus figuras no son bonitas, no son agradables. producen una sensación inquietante, una emoción siniestra”

No todo el mundo tiene la suerte de vivir 100 años. Louise Bourgeois estuvo a punto de lograrlo, y en su caso, la longevidad tuvo un dulce beneficio añadido: pudo disfrutar del muy tardío reconocimiento mundial que la encumbró como una de las más grandes escultoras del siglo XX.

Bourgeois había nacido en París en 1911 y su familia tenía a las afueras de la ciudad una lucrativa empresa de restauración de tapices antiguos. No deja de ser gracioso que su primer oficio como ayudante en la empresa familiar fuera el de coser pudibundas hojas de figo sobre los genitales de las figuras desnudas de los tapices destinados a los puritanos coleccionistas norteamericanos de arte.

Pero su infancia y su adolescencia no fueron felices, y toda su obra está atravesada por la memoria de esa infelicidad. "Mis obras son una reconstrucción del pasado. En ellas se ha vuelto tangible, pero al mismo tiempo están creadas con el fin de olvidar ese pasado, de derrotarlo, de revivirlo en la memoria y posibilitar su olvido", escribió alguna vez. Extraordinariamente dotada para los números, estudió matemáticas y geometría en la Sorbona, pero poco más tarde se casaría con el historiador de arte estadounidense Robert Goldwater y desde 1932, se trasladaría definitivamente a Nueva York, donde vivió toda su vida.

Antes de la década de los 80, su obra era considerada marginal, interesante y excéntrica, pero perfectamente prescindible en la historia del arte contemporáneo. Era admirada con discreto fervor por algunos pocos, pero no había recibido el reconocimiento del gran público ni la consagración de la crítica.

Fue apenas en 1982 -ella ya tenía 71 años- cuando las cosas comenzaron a cambiar. El Museo de Arte Moderno de Nueva York hizo la primera gran retrospectiva de la obra de una artista mujer y Louise Bourgeois fue la elegida. De allí en adelante, las exposiciones y los homenajes no hicieron más que multiplicarse, con monumentales retrospectivas en los museos de París y Londres. Inauguró el Turbine Hall del Tate Modern en Londres (el mismo espacio en el que años después la artista colombiana Doris Salcedo expondría su impactante grieta Shibboleth) en el año 2000, con una de las gigantescas e inquietantes arañas por las que sería identificada y que se expusieron en las calles de muchas capitales.

En un mundo como el de hoy, obsesionado por las etiquetas, Bourgeois es considerada la fundadora del llamado arte confesional. Sus Femmes Maison de los años 40, figuras femeninas sostenidas en frágiles miembros, y sus aguafuertes publicadas en 1947, acompañadas de breves parábolas que transmiten su seca desilusión con las relaciones humanas, fueron seguidas por formas más arquitectónicas, elementos unidos por barras de metal que aúnan contradictorias sensaciones de fortaleza y fragilidad.

Bourgeois también hizo instalaciones. Sus Células, extrañas y misteriosas estructuras con las que buscaba convertir los recuerdos de su remoto pasado infantil en una gran arquitectura de la memoria, aluden también a la relación masculino-femenino, y a las emociones más íntimas de la condición humana, como los celos y la culpa.

"Ella tuvo la virtud de siempre ser una contemporánea. De ser capaz de reinventarse, a pesar de que hay muchos elementos constantes en su trabajo. Uno de ellos es que es una obra totalmente femenina. Sus materiales siempre remiten a lo doméstico y a lo erótico. Pero hay también en sus obras una preocupación por el horror, por la monstruosidad. Sus figuras no son bonitas, no son agradables, sino más bien ominosas. Producen una sensación inquietante", dice el crítico Humberto Junca. La crítica española Sara Rivera va aún más allá, asegurando que "producen una emoción siniestra".

Al morir Bourgeois se va la memoria viva de una mujer que fue amiga de los más grandes artistas del siglo XX: Mark Rothko, Marcel Duchamp, Max Ernst, Giacometti, Yves Tanguy, Le Corbusier, Joan Miró o Willem de Kooning son tan solo unos de los nombres de la larga lista de afectos de una mujer tremendamente querida por generaciones de artistas y muy admirada por los jóvenes. "En realidad -escribió en su diario- nunca he dejado de ser una niña incapaz de entender el mundo, aunque jamás he encontrado a nadie lo suficientemente fuerte como para aceptarlo".

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