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| 11/15/2014 10:00:00 PM

La mujer que conquistó a Picasso

Pablo Picasso era un misógino. Sin embargo, la exposición del artista en la galería Pace de Nueva York demuestra que durante 20 años Jacqueline Roque fue todo su mundo.

Siempre que hombre mayor sale con una jovencita, la sociedad mira la relación con recelo. El caso de Pablo Picasso y Jacqueline Roque no fue la excepción. Nadie daba un peso por la relación cuando en 1953 el afamado artista, entonces de 72 años, cortejaba a la joven de 27. Él era un mujeriego empedernido y ella no había vivido lo suficiente como para aportar a la relación algo más que la frescura de su juventud. Pero la exposición Picasso y Jacqueline: la evolución del estilo, que estrena la galería Pace de Nueva York y que estará hasta el 10 de enero de 2015, demuestra lo importante que fue esta mujer en la vida y en el arte de Picasso. Sin hablar de ella no es posible entender cabalmente el periodo tardío del artista.

De la mano de Jacqueline, Picasso exploró el romanticismo de Delacroix, el detallado clasicismo de Velázquez y el modernismo de Manet. Ella fue la musa que le permitió recorrer la historia del arte al estilo picassiano y posó durante horas mientras él creaba varias obras que se convertirían en su homenaje a Henri Matisse.

El español y la francesa se casaron en 1961 después de vivir juntos durante varios años. Para ese entonces ella –dice Barbara Rose, una de las curadoras de la exposición- era su esposa, su amante, su musa, su protectora y su compañera. Picasso solía ser un hombre de muchas mujeres, pero en Jacqueline las encontró a todas. Con gran autoridad ella cerró las puertas de la casa y no permitió que   nadie interrumpiera el trabajo de Picasso; ni siquiera sus hijos. Sabía muy bien que él era un genio como pocos y su labor era proporcionarle el ambiente perfecto para que pintara.

Picasso cayó tendido a los pies de Jacqueline porque sus marcadas facciones la convertían en la modelo perfecta para sus cuadros. Era voluptuosa, de pelo oscuro, cejas pobladas, ojos aguileños y nariz prominente. Botticelli tenía una idea demasiado clásica de la belleza como para convertirla en su musa, pero para el español no había nadie mejor. Picasso era un artista absolutamente versátil que pasaba de las alargadas figuras del periodo azul al rompimiento del objeto en el cubismo; podía dejarse llevar por los juegos del surrealismo y seguir las estrictas leyes del clasicismo sin perder su identidad. Y Jacqueline era una modelo camaleónica. Tenía la capacidad de alterar su expresión y convertirse en una persona casi totalmente distinta entre un cuadro y otro. Tal vez por eso la pintó más que a cualquier otra mujer. Decía el fotógrafo norteamericano David Duncan, amigo cercano de la pareja, que Roque parecía estar saliendo de un cuadro para meterse en otro completamente distinto. El estudio del artista estaba lleno de imágenes de su esposa y ninguna parecía ser una repetición de la otra.

Además de la indudable química entre el artista y su musa, el éxito de la relación se debía a que ella fue la única mujer que comprendió que para estar con el español los dos tenían que estar enamorados de la misma persona: Picasso. Por eso en vez de exigirle lo que sabía que él no podía darle se dedicó a observarlo, a acompañarlo y a servirle de inspiración.

Omnipresente

Picasso nunca pasa de moda, pero desde hace unos meses ha vuelto a ser noticia. Después de cinco años de remodelaciones y peleas entre la familia del artista y los directivos del museo, el 25 de octubre reabrió el Museo de Picasso en París. La gran sorpresa fue el nuevo director, Laurent Le Bon, un especialista en el arte de los diseños de jardines del siglo XVI y XVII. Y a los pocos días el Met de Nueva York inauguró una exposición sobre cubismo que estará hasta abierta hasta febrero del año entrante.
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