Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2000/09/04 00:00

La nueva fantasía

Vuelve la música clásica con dibujos animados de los Estudios Disney. La polémica puede estar otra vez a la orden del dia.

La nueva fantasía

Desde 1940, Fantasía, la película de dibujos animados con música clásica de los estudios Disney, ha sido una referencia y un clásico de la polémica musical. Porque todos han expresado su opinión: las imágenes con el Ave María de Schubert resultaron fascinantes para algunos, también la fuerza de La consagración de la primavera de Stravinsky, pero los hipopótamos al compás de la Danza de las horas de Ponchielli resultaron chocantes para quienes rechazaron la descontextualización de un clásico del ballet.

¡La polémica lleva 60 años! Seguramente se reaviva ahora con Fantasía 2000. La nueva película de los Estudios Disney sigue en líneas generales los planteamientos de la primera, pero no es propiamente una copia al carbón. Claro, está construida sobre el pilar de una propuesta visual que va desde el ratón Mickey del Aprendiz de brujo de Dukas de 1940 hasta la Rhapsody in Blue de Gershwin en el estilo neoyorquino de las caricaturas de Al Hirschfeld.

Naturalmente está ya el compacto del sello Sony Classical en el mercado. Como en la Fantasía del año 40, ésta de 2000 está basada en el trabajo de músicos norteamericanos con la Sinfónica de Chicago bajo la conducción de James Levine, director de la Metropolitan Opera House de Nueva York.

Y sobre la música hay que hacer algunas observaciones. La primera: que en esta oportunidad, salvo el caso de la Quinta Sinfonía de Beethoven, la selección no es la quintaesencia de lo más popular de la llamada música clásica y eso hay que aplaudirlo.

La segunda, eventualmente, puede ser tema de polémica. Porque algunas obras son en realidad hábiles arreglos de los originales. Seguramente el espectador desprevenido no va a descubrir que del Allegro de la Quinta beethoveniana se escuchan apenas unos minutos y que cuatro de las cinco marchas de Pompas y circunstancias de Elgar están fusionadas en un sólo arreglo que remata con coros y soprano (ni más ni menos que Kathleen Battle).

Pero por fuera de las ‘sutilezas’ de la ortodoxia, hay que convenir que la dirección musical de James Levine con la Sinfónica de Chicago es de primera categoría. Porque con Ralph Grierson al piano, articulan una excelente interpretación de la Rapsody de Gershwin y un sonido legítimamente majestuoso en la Suite del Pájaro de fuego de Stravinsky. El gran director se impone cuando enfrenta Los pinos de Roma de Respighi, que pierde toda traza de banalidad y logra la dimensión de la gran música en esta versión. En materia de intérpretes hay una excepción con el Allegro del Concierto Nº2 de Shostakovich que está en la formidable versión del pianista Yefin Bronfman con la Filarmónica de Los Angeles conducida por Esa-Pekka Salonen.

Ahora bien, que sobre la música de Elgar se recree el arca de Noé con el pato Donald y Daisy entre los pasajeros, que el final del Carnaval de los animales tenga un grupo de flamencos jugando al yoyo, y que Los pinos de Roma sirvan de telón de fondo para un grupo de ballenas navegando por el aire, pues es apenas el punto de partida para la polémica. Y bienvenida. Porque a la final la gran beneficiada será, paradójicamente, la misma música.

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