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| 1/7/2017 12:00:00 AM

La obra que reivindica a las vendedoras ambulantes de Cartagena

Una instalación busca rescatar del olvido a estas mujeres para exaltar su valor cultural. Quieren que la gente “las vea”.

Regla número uno: mujeres mayores de 70 años que sean vendedoras ambulantes; regla número dos: afrodescendientes; regla número tres: de pelo blanco sin alisar. Así escogió Ruby Rumié a las 50 protagonistas de su obra Tejiendo calle, una exposición que reivindica el patrimonio inmaterial de Cartagena que llevan estas mujeres bajo sus pies y sobre su cabeza.

“Todo comenzó porque vi a Dominga caminando y me detuve a mirarla”, dice la artista cartagenera, haciendo énfasis en “me detuve”. Habla de Dominga Torres Teherán, de 84 años, de piel negra y pelo blanco, que dedicó más de la mitad de su vida a vender pescado y a la que los turistas solo detenían para fotografiarla. Cuando lo hacían, en la foto salía la Dominga del paisaje turístico de la ciudad, no la mujer que sabe de “detentes”, amuletos, y experta en mapalé. Un testimonio andante de su ciudad.

Esa memoria desconocida que las vendedoras ambulantes llevan al recorrer a diario la ciudad vendiendo frutas, pescado o dulces cautivó a Rumié y la llevó a retratar a Dominga y a 49 mujeres más en su taller de Getsemaní en 2015: “Había tanto detrás de ellas y de su traje típico que sentí la necesidad de mostrarlo”.

Así nació Tejiendo calle, una obra que a través de la fotografía, el video, las estampillas y el poema exalta la vida y sabiduría de las vendedoras ambulantes de Cartagena y sus alrededores.

Durante un año la artista recorrió la ciudad y municipios cercanos en busca de sus musas. Se entrevistó con ellas, indagó sobre sus tradiciones y las fotografió. Una a una, vestidas de blanco, sin trajes de colores o palanganas que desviaran la atención, posaron sobre un fondo negro que para la artista representaba la esencia de su reto: sacarlas de las murallas, las puertas, las calles y las ventanas del centro histórico para que valieran por sí mismas.

Después Rumié las reunió a todas en una casa colonial abandonada y ofició un ritual en el que la porcelana, ese recipiente cóncavo que llevan a diario sobre sus cabezas para vender sus productos, bajó hasta los pies para que a cada una le hicieran un lavado de reparación y dibujaran sobre sus uñas algunas de las letras que componen el poema Solo verde-amarillo para flauta, llave de U, del uruguayo Julio Herrera y Reissig. “Estudiantes de estética de Cartagena -dice la artista- hicieron el lavado porque quería que el acto tuviera magia y eso irradiaba el contacto de las manos de las jóvenes con los pies de las mayores”.

Con el tiempo la obra creció. En sus conversaciones con “las reinas”, como ella las llama, descubrió que llevaban consigo objetos fascinantes y decidió retratarlos a escala para un libro. Oraciones, billetes de chance, aseguranzas, dientes de leche, “detentes” (pequeños cojines que usan dentro del sostén para alejar el mal) y “la mano de Dios” (un billete de 1.000 pesos proveniente de la primera venta que conservan como amuleto) componen la colección, entre otros tesoros.

El libro que Rumié elaboró con esas imágenes forma parte del producto final de su obra: un corpus de cinco tomos, tres de ellos álbumes de fotografía, un álbum de estampillas que elaboró con los rostros e historias de las 50 mujeres, y el tomo de sus objetos personales acompañado del registro fotográfico de la ceremonia de lavado. Los 12 juegos guardan, según ella, un patrimonio inmaterial subvalorado que espera termine en centros culturales e instituciones educativas.

Celestina Cassiani, una vendedora de frutas que durante 18 años se tomó fotos junto a las reinas de belleza en la playa del hotel Hilton, no deja de sorprenderse cuando ve su foto en el muro de la galería NH en Cartagena, donde estará exhibida junto al resto de la obra hasta el 31 de enero: “Siempre que me retrataban tenía la palangana en la cabeza y la reina estaba al lado mío, ahora yo soy la reina”, dice.

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