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| 3/3/2007 12:00:00 AM

La obsesión del poder

Gabriel García Márquez ha sostenido a lo largo de su vida relaciones estrechas con importantes gobernantes del mundo y de Colombia.

Todo el mundo ha leído Cien años de soledad, claro está. Yo también. Pero en mi opinión el mejor libro de Gabriel García Márquez, el más hondo y el más importante, es El otoño del patriarca; la gran novela de la obsesión del poder.

Obsesión del autor. Literaria, y personal. Es verdad que para un escritor lo literario es tal vez lo más importante de todo, pero no creo estar cometiendo aquí un pleonasmo: por literario entiendo en este caso lo más íntimo, y por personal lo referido a las relaciones con otros. A García Márquez no le ha interesado el poder para sí, como tentó al venezolano Rómulo Gallegos, o al peruano Mario Vargas Llosa o al chileno Pablo Neruda, que quiso ser (y fue) candidato a la de Chile. Hasta a un lírico trémulo como José Asunción Silva se le escapó en su novela De sobremesa el más prosaico sueño despierto de todos los colombianos: ser Presidente de Colombia. A García Márquez nunca le ha interesado la política activa, salvo entre bambalinas: por interpuesta persona. Por la persona de los hombres del poder, que lo obsesionan y fascinan. Siempre ha buscado su cercanía, o se ha dejado de buena gana buscar por ellos.

Por Fidel Castro, para empezar. Es famosa la amistad de los dos, que les ha durado media vida. Y Fidel es la más acabada encarnación, en la escala modesta de su isla, del poder absoluto y eterno: el de un patriarca amado y temido, comandante y a la vez compañero y a la vez presidente del consejo de ministros, que lleva en el poder toda la vida y está dispuesto a conservarlo más allá de la muerte. "Atado y bien atado", como decía con su vocecita de soprano el generalísimo Franco, en cuya España detenida en el tiempo se instaló García Márquez durante los años de composición de El Otoño. (El patriarca local murió seis meses después de publicado el libro).

Al lado de esa larga relación con Fidel Castro hay otras más fugaces, como la que tuvo García Márquez con Bill Clinton, presidente de los Estados Unidos: una simple cena en la que hablaron de literatura; o con el de la Bulgaria comunista, el dictador vitalicio Todor Yikov, que lo condecoró, o algo por el estilo. Y amistades más serias: con el presidente del gobierno español Felipe González , o con el varias veces presidente de Venezuela Carlos Andrés Pérez, o con el de Francia Francois Mitterrand (si acaso era posible tener amistad con Mitterrand, ese busto escultórico autovaciado en yeso). O con todos los presidentes del PRI mexicano de varios sexenios sucesivos, que gozaban del poder omnímodo y semidivino de los emperadores aztecas. (Un inciso personal: una noche en México fui invitado a cenar a casa de García Márquez, con el entonces presidente Carlos Salinas de Cortari; éramos media docena de personas; los mexicanos presentes, para dirigirle la palabra a Salinas, se ponían de pie). O con el general Omar Torrijos, 'hombre fuerte' de Panamá. (Otro inciso: García Márquez me llevó a la casa que tenía el general en Farallón, sobre el Pacífico, a una fiesta con música y mujeres desnudas y trago y coroneles de la Guardia; al amanecer se retiró Torrijos con todas la mujeres; los coroneles se fueron abrazados a los músicos; nos quedamos solos García Márquez y yo; nos fuimos a dormir).

También ha sido amigo García Márquez de todos y cada uno de los ex presidentes de Colombia, desde Alberto Lleras, para cuyas memorias inconclusas y póstumas escribió un prólogo, hasta Andrés Pastrana, con cuyo gobierno prometió colaborar, aunque no sé si de verdad lo hizo. Salvo de uno, Julio César Turbay, que lo obligó a pedir asilo diplomático en los tiempos aciagos del estatuto de seguridad. Habrá tenido con ellos, me imagino, algunas decepciones, aunque nunca ha hablado de ellas. Lo propio del poder, visto de cerca, es ser decepcionante.

El otoño del patriarca, la gran novela de la obsesión de poder de García Márquez, termina mal. No quiero decir con esto que le falte un "happy end" sino, por el contrario, que lo tiene. Es un libro que no sabe terminar, porque el poder nunca termina. Y entonces el autor se saca de la manga para el remate de su última frase interminable -porque no sabe ni puede terminar- esta última flor de esperanza:

"...la buena nueva de que el tiempo incontable de la eternidad había por fin terminado".

Lo cual es falso.

**Escritor, caricaturista y columnista de la revista SEMANA.
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