Sábado, 25 de octubre de 2014

| 1988/08/15 00:00

LA OTRA ESPAÑA

Encabezado por Pedro Almodóvar, el nuevo cine español rompe todos los esquemas.

LA OTRA ESPAÑA

En una de las escenas más tensas y eróticas de "Matador", la película dirigida por el español Pedro Almodóvar, el hombre dice a la muchacha mientras la posee: "Cierra los ojos, quiero hacerte el amor pensando que estás muerta". No es simple casualidad que su oficio sea el de torero, aunque ya retirado, y esté dedicado a la enseñanza en una casa inmensa, que parece un museo erigido a la Muerte. Es que los toreros, los muertos, la necrofilia, el amor desesperado y perdido, son algunos de los elementos que forman parte del gran mito español, esa imagen que ha recorrido el mundo rodeada de panderetas, mantillas, gitanos y tablaos. Almodóvar ha tomado esos símbolos y los ha puesto a girar alrededor de sus personajes pervertidos:
ese matador, la abogada criminalista y el muchacho dominado por la madre, quien tiene visiones sobre asesinatos que se cometen con una mano que empuña un alfiler dorado. Los toros, el sexo, el machismo, la mujer que ya no es sumisa, la dependencia edípica, como en una mezcla aparentemente arbitraria, convierten a "Matador" -lo mismo que las otras películas de Almodóvar- en pieza escandalosa, rara,totalmente aparte dentro de la filmografía española. Sus raíces podrían buscarse en la obra de otros provocadores como John Waters, Pier Paolo Passolini, Alex Cox (de quien pronto veremos "Walker"), o el mismo Nicholas Roeg, con quien Almodóvar ha confesado una identificación profunda.
"¿Qué he hecho yo para merecer esto? ", " La ley del deseo" y "Matador" son algunos de los títulos de una extensa filmografía, que en su país se encuentra entre las más buscadas por los espectadores. En Madrid, por ejemplo, hay una sala del complejo "Alphaville,, en la cual, todos los viernes y sábados a la medianoche ponen "Matador", con lleno completo. Almodóvar se divierte cuando lo acusan de pornógrafo (en sus películas el acto sexual es explícito, pero rodeado de una coreografía que lo embellece y lo despoja de cualquier fealdad cotidiana) y se refiere a los espectadores que lo mantienen desde hace varios años, por encima de favoritos y míticos como Carlos Saura y José Luis Garci, en el tope de la taquilla: "Ellos, los que miran "Matador" varias veces sólo por contemplar el pubis de Assumpta Serna, los que repiten la película porque se sienten cachondos en la oscuridad del cine esos son los pornográficos, esos son los morbosos, no yo. Me he limitado a contar historias sacadas casi del infierno personal pero sin ánimo de que la gente me siga a todas partes, como está sucediendo". Y el éxito de las historias eróticas, violentas y desarraigadas que cuenta Almodóvar, no se limita al mercado español: en otros países, en otras culturas y otros idiomas el suceso es el mismo y una película suya, "La ley del deseo", se mantiene desde hace varios meses en una sala de Manhattan, luego que Time lo calificó como el emperador del cine erótico y dueño de una fascinación dañina y elegante.
Artista completo (pinta, compone, canta, diseña, es fotógrafo y bailarín, además de guionista de sus películas y actor de teatro), Almodóvar sabe que es un provocador. Sabe que sus películas son excitantes, que despiertan la libido del espectador y por eso juega al gato y al ratón con ese público dócil que sigue las aventuras tormentosas de esos personajes que apelan al sexo, la muerte y el dolor para poder seguir vivos. Que el protagonista sea un torero, un matador que ahora hunde la espada en el cuerpo abierto de las mujeres es solo una prolongación de las fantasías sexuales del director: "Los españoles siempre nos hemos reprimido en nuestros sentimientos, en nuestras emociones. Por un pudor atávico hemos preferido gritar o sollozar contra la almohada y películas como las mías sirven para eso, para que la gente libere lo que tiene encerrado, guardado y mohoso. Es que no es fácíl mirar una película (refiriéndose a "Matador"), en la que una mujer es tan peligrosa, destructora, viciosa y perversa como un hombre; que se impone la tarea de emular con esos machos, de hacer el amor a su manera, con egoísmo, que es capaz de matar y al mismo tiempo seguir creyendo en el imperio de la ley, en una nación donde casi todos somos mentirosos y tratamos de ostentar una máscara para que nos crean y nos acepten nuestras peores fantasías".
El cine español atraviesa actualmente una etapa productiva, fresca, llena de imaginación y agresividad etapa en la cual Almodóvar ocupa uno de los primeros lugares en originalidad y taquilla, mientras en el mundo entero se organizan muestras con películas de José Luis Garci, José Luis Borau, Carlos Saura, Manuel Gutiérrez Aragón (pronto veremos su "La mitad del cielo"), Pilar Miró, Bigas Luna, Vicente Aranda (estuvo recientemente en Cannes con la segunda parte de "El Lute"), Manuel Summers, Mario Camus (de quien ya estrenan "Los santos inocentes", premiada en Cannes) y Ventura Pons (una copia de "La rubia del bar" anda rodando por los cine-clubes). Son películas que, en la mayoría de los casos, desechan la imagen de esa España idílica de gitanos y cantaores para enfrentarse a una realidad inmediata:los terroristas de ETA colocando bombas, la policía que hace desaparecer detenidos, los desempleados, los que no creen en la Democracia socialista, los delincuentes aceptados por la sociedad y convertidos en héroes, las mujeres que abortan y son rechazadas por sus familias. Se trata de los temas y personajes de una España que se encuentra a la vuelta de la esquina, reflejada en películas que son subvencionadas parcialmente por el Estado, que son pasadas por la televisión y, a diferencia de otros países como Colombia, son películas nacionales que despiertan interés tanto de crítica como de taquilla.
Pedro Almodóvar sabe que muchos lo detestan y goza con esa sensación de rechazo: su profundo sentido del humor negro, sus extravagancias, su manera personal de encarar la vida española y sus mitos cotidianos lo han convertido en uno de los casos más interesantes de los últimos años del cine europeo, a la manera de un Fassbinder o un Bernardo Bertolucci, creadores de un lenguaje propio que no se doblega.





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