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| 4/14/1986 12:00:00 AM

LA OTRA MUERTE DE FUENTES

En su última novela, el escritor mejicano va más alla de su tema recurrente.

FUENTES CARLOS "Gringo viejo".
México: 1986. Fondo de Cultura Económica.
190 páginas. $900.oo
Durante veinte años Carlos Fuentes vivió obsesionado con el sorprendente y mítico final del escritor norteamericano Ambrose Bierce quien, pasados los setenta años, cargado con un maletín donde llevaba dos de sus libros de cuentos, una navaja de afeitar, una camisa, una muda de ropa interior, sándwiches de jamón y una pistola, cruzó la frontera y entró en territorio mexicano, en plena Revolución, en busca de las tropas de Pancho Villa, no por heroismo, no por buscar la inmortalidad sino porque quería que lo mataran. Lo cierto es que ya estaba muerto. Ya estaba cansado de vivir y en México no sólo encontró esa forma de eutanasia, no sólo evitó tener que matarse él mismo sino que demostró una vez más que las relaciones entre ambos países siempre han sido, siempre serán así, trágicas, violentas, duras.
Fuentes tomó las hilachas de información que pudo recoger durante todos estos años y reconstruyó, con su propia ansiedad de mexicano que en Estados Unidos escribe en el semanario Newsweek para denunciar la política de Reagan contra Nicaragua, con una carga de poesía demencial que emparenta esta historia con la que consideramos su mejor novela, "La muerte de Artemio Cruz", con una lucidez desconcertante para comprender los designios humanos y también con una enorme carga de ternura y solidaridad y compasión, esta apretada crónica sobre el viaje al infierno de un hombre muy viejo, muy cansado, muy vacío y quien en medio de la arena y el olor de los cadáveres descompuestos y colgados se topa con dos personajes tan rebeldes y desordenados y ansiosos como él mismo: una maestra norteamericana, Harriet Winslow, quien llega a enseñar inglés a los hijos de unos hacendados que huyen cuando las tropas villistas arrasan con todo, y un general mexicano, Tomás Arroyo, infantil y folclórico, obsesionado con los recuerdos.
Mientras utiliza la figura del viejo escritor que busca que lo maten y las reacciones que provoca entre alzados y soldaderas como símbolos de la forma como han convivido Estados Unidos y México durante todos estos años, odiándose y buscándose, poniéndose trampas e ignorándose Fuentes narra saltando en el tiempo y apoyándose en la memoria de la maestra ya de regreso a su casa en Washington, salvada del infierno, las relaciones edípicas que se establecen entre el gringo viejo (nunca tiene nombre pero todo corresponde a Bierce, hasta su venenoso cinismo), la muchacha y el General porque cada uno, a su manera, está buscando el padre que perdió: el gringo, en una escena de pesadilla, solo, con su pistola, atacará una colina donde los federales se han parapetado porque en medio del humo y la sangre ve al padre que muchos años atrás estuvo en esas mismas tierras peleando contra los salvajes desnudos; la maestra, mira en el gringo una prolongación de ese padre que supuestamente murió en la guerra de Cuba pero quien en realidad desapareció con una negra que era su amante y a quien poseía en el sótano de la casa ante los ojos asombrados de la hija; el general Arroyo también mira en el gringo la figura de ese padre que ha armado con miles de fragmentos, miles de voces pero que en realidad es el dueño de esa hacienda devastada a sangre y fuego. Cada personaje se complementa con el otro, se alimenta de su miedo, su soledad, su desconcierto y por eso la maestra se reparte entre los dos y por eso el General mexicano, eliminando al padre, acribilla a tiros a ese gringo viejo que destestaba cortarse mientras se afeitaba, y por eso Pancho Villa ordena la muerte de su General, y por eso tanto el gringo como el mexicano, hermanados por fin en la muerte, como los dos países que representan, reciben un tiro de gracia, para que no exista la menor duda sobre sus muertes. Por eso el cuerpo ya verdoso del escritor es desenterrado para que la maestra se lo lleve y lo sepulte en Arlington como si fuera el padre que se marchó a la guerra en Cuba.
Como el gringo viejo, en busca de esa eutanasia folclórica, así ven los mexicanos a los que llegan del otro lado de la frontera; los contemplan como invasores, que les usurpan el aire y el agua y el fuego, los miran como enloquecidos solitarios que juegan a la muerte porque no se atreven a apretar el gatillo. Pocas veces la identidad de dos países que alimentan su conflicto mutuo había sido desmenuzada con tanta rabia, con tanto humor y también con tanta poesía como en este libro: maduro, dueño de todos sus recursos, recogiendo hilos sueltos en su obra anterior, recopilando resabios, convocando fantasmas,Fuentes ha escrito con un lenguaje mesurado, decantado de todo exceso, limpio de cualquier impureza, afilado como una navaja, punzante como las palabras que el gringo y la maestra y el General intercambian mientras hablan de cualquier tema. De la muerte, por ejemplo, esa gran obsesión del narrador mexicano que aquí alcanza su apogeo. Quizás la frase aplicada por un editor alegre a la novela de un colombiano, en este caso se pueda repetir: "Gringo viejo" queda como uno de los grandes logros literarios de los ochenta.






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