Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2004/02/08 00:00

La palabra pintada

El poeta Ramón Cote les rinde homenaje a las artes plásticas, la otra gran pasión de su vida.

La palabra pintada

Ramon Cote Baraibar, Coleccion privada Visor, 2003, 97 paginas

Los grandes museos tienen algo de inhumano. El Louvre, Los Uffizi, El Prado, La National Gallery: ¿quién no se ha sentido apabullado ante tantos cuadros y tan poco tiempo para verlos? La temprana alegría inicial se convierte siempre en curso acelerado de historia del arte y después, horas antes del cierre oficinesco, en pasos apresurados y demasiada culpa. Tal vez por eso, y aunque sean menos importantes, resultan más atractivos los pequeños museos, las colecciones privadas que se recorren en unas cuantas horas y al final permiten tomarse un café tranquilamente para asimilar todas esas vastas emociones. Desde ese punto de vista, ¿cómo no preferir, por ejemplo, el Peggy Guggenheim, la Fundación Miró o el Museo Van Gogh?

Este libro de Ramón Cote es una colección privada de pintura y, de entrada, tiene el encanto y la intimidad de los pequeños museos. Consta de apenas ocho salas y la selección contiene variedad de artistas y de estilos: va de los maestros antiguos a los modernos, de los primeros renacentistas hasta los contemporáneos. Comienza con Masaccio y termina con el colombiano Juan Cárdenas, pasando por Caravaggio, Goya, Bonnard, Balthus y Hopper, entre otros. Al igual que las grandes colecciones privadas, la suya también es muy bien escogida y, por supuesto, bastante caprichosa. Se recorre (se lee) en pocas horas pero pretende dejar un efecto perdurable.

En realidad, Colección privada es un libro de poemas en el que cada poema se refiere a un cuadro o a un pintor. Los cuadros constituyen aquí el punto de partida, son la materia prima de la inspiración. Palabras que comentan imágenes, diálogo entre dos artes y dos lenguajes distintos. Traducción, comentario, recreación. Poesía moderna -¿o posmoderna?- que asume la realidad como un texto y al texto como la realidad. El libro de Cote es todo esto a la vez porque se inscribe en una vieja tradición: desde Baudelaire, los poetas y los pintores han tenido una larga y fructífera conversación. Y no sólo en una única vía: los poetas muchas veces han inspirado a los pintores. Es decir, una propuesta que por fortuna no pretende ser novedosa únicamente por el tema escogido sino por sus apuestas formales.

Y las apuestas formales de este libro son pocas pero convincentes. Cote ama los cuadros que comenta y, en la mayoría de los casos, consigue transmitir ese amor. La crítica debería surgir de una deuda de amor, dijo alguna vez George Steiner. Cosa que suelen olvidar a menudo los críticos para colocarse en el primer plano de la escena artística con sus abstrusos discursos. Ellos ahora no son, como deberían ser, los introductores de una obra. No: son los protagonistas principales, quisieran reemplazarla. Y aún más, desaparecerla: después de leerlos consiguen que nadie quede con ganas de volver a ella. En pintura, la situación es todavía peor. Los críticos, que ya ni siquiera creen en la existencia de la pintura, inventan artistas y movimientos. Ahora la crítica no sucede a la obra sino que la precede. Como en el campo del derecho, las intuiciones no existen y la coherencia del argumento y de la prueba puede convertir la mentira en verdad.

En este mundo al revés, los artistas, como una suerte de misioneros modernos, han tenido que ejercer la crítica. Una crítica elemental y pedagógica, sí, pero que al menos nos devuelve el asombro. En Colección privada, Cote se enamora perdidamente y sin esperanzas de la joven de la perla, esa enigmática muchacha que nos mira desde un cuadro de Vermeer; muestra los peligros que implican los perturbadores cuadros de Balthus; hace un justo epitafio de Franz Marc que resume su vida y la tragedia del expresionismo; inventa una hermosa historia a partir de Góndolas en la laguna, de Francesco Guardi y aventura una interpretación sobre el inquietante Mundo de Cristina, de Andrew Wyeth. En fin, nos recuerda que la pintura no ha muerto y que la interpretación puede llegar a ser un acto creativo si se asume como un diálogo interminable con la obra de arte.

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