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| 8/6/2011 12:00:00 AM

La palabra y la pirueta

Se cumplen cien años del nacimiento de Mario Moreno 'Cantinflas', el cómico mexicano que se convirtió en el símbolo de América Latina.

En 1992, la Real Academia Española introdujo en su diccionario el verbo 'cantinflear' para referirse a "hablar de forma disparatada e incongruente y sin decir nada". En el mismo paquete incluyó el adjetivo acantinflado y el sustantivo cantinflas. De esta forma, un año antes de su muerte, la Academia le puso una suerte de broche de oro a la carrera de Mario Moreno, el actor, acróbata y bailarín que ya entonces era una leyenda de la cultura latinoamericana.

Hijo de un humilde cartero, Fortino Mario Alfonso Moreno nació el 12 de agosto de 1911 y su infancia estuvo marcada por la pobreza. Su barrio, Tepito, era cuna de pugilistas. Intentó, sin éxito, ingresar de ilegal en Estados Unidos. También trató de estudiar Agronomía y Medicina. Por último, probó suerte como boxeador. Pero solo se vino a sentir a gusto en las carpas de espectáculos que se instalaban en los barrios populares de la capital mexicana y en las que se satirizaban los rígidos modales de las clases con espectáculos diversos como parte del recordado teatro de variedades. "Eran verdaderamente teatros del pueblo, donde el pueblo convivía con uno y uno con ellos muy cerca; fue una de mis mejores escuelas", recordaba en una entrevista que concedió en 1967.

En las carpas dio forma al personaje de hombre del pueblo que desafiaba a los más cultos con una manipulación del lenguaje que los dejaba sin palabras. Su atuendo se inspiró en los 'pelados', como se conoce en México a quienes viven del rebusque. El público, eufórico, le gritaba "cuánto inflas" (bebes) después de sus primeras apariciones, cuando empezó a enredar las palabras para confundir a sus interlocutores. Combinando esa expresión, bautizó a su personaje a comienzos de los años treinta en la carpa-teatro Mayab en la plaza Garibaldi, aunque ya había hecho sus pinitos en la carpa Tacuba, propiedad de los padres de su esposa, Valentina Gregorieva Ivanova (con quien se casó en 1934), quienes eran inmigrantes rusos.

Tras el éxito en las carpas, su empresario le consiguió un teatro al que llamó Folies Bergères. Fue su trampolín al cine, pues el director Miguel Contreras, luego de presenciar su acto, lo invitó a filmar algunos cortos. El primero, Cantinflas boxeador (1940) lo condujo a una cadena de éxitos en compañía del también cómico Manuel Medel.

Así llegó a la pantalla grande, justo en el mejor momento del cine mexicano, en su época dorada en 1935 y 1955, cuando el séptimo arte fue el eje de un proyecto de construcción de identidad nacional de los más sólidos que se hayan visto en esta parte del mundo. En ese lapso se produjeron más de 4.500 largometrajes, muchos de ellos en los célebres estudios Churubusco del Distrito Federal. Fue una época en la que la prioridad de Estados Unidos y Europa era recuperarse de la guerra, y eran días de escasez de celulosa en el primer mundo. Entonces surgieron, entre otros, María Félix, Dolores del Río, Esther Fernández y Jorge Negrete. Y a la par con ellos, Cantinflas.

Vivió su mejor época en los años cuarenta y cincuenta. Pasó por el teatro, como actor -encarnó a Cristóbal Colón en la obra Yo, Colón- pero también como protagonista del controvertido mural que realizó Diego Rivera en el Teatro de los Insurgentes. Cuando se supo que iba a aparecer junto a la Virgen de Guadalupe se habló de blasfemia. La Virgen finalmente no apareció, pero Cantinflas sí. Y allí surge en el otro rol que marcó su vida: el de filántropo, casi un Robin Hood. Se le puede ver como intermediario entre los ricos y los pobres. Y es que siempre enfatizó en su origen popular. "En cualquier condición que esté soy pueblo y lo seré toda mi vida". Porque conoció en su infancia lo que era vivir entre necesidades, creó la Casa del Actor y apoyó la construcción de vivienda de interés social en la Colonia Magdalena del Distrito Federal.

Su consagración definitiva llegó con dos largometrajes: Ahí está el detalle y Ni sangre ni arena, ambos a comienzos de los cuarenta, década en la que protagonizó sus películas más recordadas en llave con el director Miguel Delgado. Fue, para muchos puristas que no le perdonan el giro moralista que dio en los sesenta, su mejor época con clásicos inolvidables como El gendarme desconocido, Los tres mosqueteros, El circo y Soy un prófugo.

Aterrizar en el lugar equivocado y salir bien librado a punta de hablar mucho pero sin decir nada fue su gran fórmula. Pero no todo estaba basado en los parlamentos. Otro soporte fue su talento como bailarín y su audacia llegada la hora de las piruetas. Nunca necesitó de un doble en las escenas más arriesgadas. Esta habilidad lo llevó a incursionar más de una vez en los ruedos. "Cuando yo toreo pienso hacerlo en serio y no me salen las cosas muy en serio que digamos y creo que el toro también lo entiende así", dijo alguna vez, cantinfleando.

De ahí que muchos lo recuerden vestido de luces. A Colombia vino varias veces como torero bufo y así se le vio en algunas escenas de La vuelta al mundo en 80 días, la película protagonizada por David Niven y en la que hizo de Passepartout, su mayordomo. Esta aparición significó su llegada a Hollywood por la puerta grande, con un papel protagónico de la que en ese momento fue la película más costosa de la historia. La inversión valió la pena, pues alcanzó a recaudar 42 millones de dólares. Le dejó nada menos que un Globo de Oro, el estatus de actor mejor remunerado del mundo y la posibilidad de hacer un segundo film en Hollywood, Pepe, que pasó con más pena que gloria.

La figura de Charles Chaplin siempre rondó su obra. Esto se hace evidente sobre todo en de sus películas El circo y Si yo fuera diputado. Varias veces se le llamó el Chaplin de esta parte del mundo. Lo que no se supo hasta 1964, cuando se conocieron, es que la admiración era de doble vía. Aquella vez Chaplin dijo sin ruborizarse que el mexicano era el mejor del mundo.

El éxito le permitió a Moreno darse una vida de estrella. Armó una ganadería, construyó una mansión en la que lucía su colección de rifles y a la que asistían con frecuencia estrellas como Agustín Lara, Javier Solís y el trío Los Panchos. Tampoco faltaron los políticos. Fue cercano al presidente Guillermo Alemán y no rechazó el homenaje que le hizo Calos Salinas de Gortari un año antes de su muerte.

No son pocos los que creen que la importancia de Cantinflas no tiene que ver solo con sus capacidades histriónicas. Hay quienes han visto algo más en su genial y particular forma de usar el lenguaje, como en su famosa expresión "¡Ahí está el detalle! Que no es lo uno ni lo otro, sino todo lo contrario". Carlos Monsiváis se refirió a ellos como "diálogos gratuitos llenos de impudicia" que le permitieron al pueblo tomar las riendas de un idioma que era patrimonio de los políticos. La presencia de su legado hoy en el diccionario de la siempre ortodoxa Academia lo confirma, ante todo, como un ídolo popular con el que no solo se identificaron los mexicanos del común, sino todos los latinoamericanos.
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