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| 11/8/1982 12:00:00 AM

"LA PINTURA ES EL ARTE DEL SILENCIO"

En Cartagena, rodeado de barracudas, ángeles, cóndores y toros Alejandro Obregón habló para SEMANA con Lucy Nieto de Samper.

Quince años lleva Alejandro Obregón viviendo en Cartagena. Vive en la calle de la Factoría, en una casa de esquina que compró un día cualquiera. "¿Por casualidad está para la venta?": preguntó a la mujer que abrió la puerta. Y ahí en la puerta cerró el negocio por 200 mil pesos.
Todos en Cartagena saben que en esa casa blanca con puertas y ventanas azules vive Obregón. Y todos lo reconocen cuando circula por las calles al timón de su Fiat blanco. Pero, por lo general, vive encerrado en su taller pintando apasionadamente, todo el día: "Necesito pintar de corrido. No puedo atender una cosa y otra" Desde el momento en que se abre la puerta de la casa, se sabe que es la del pintor: barracudas, toros, cóndores por todas las paredes en el zaguán convertido en garaje. Y adentro, más barracudas y condores, y esas mujeres desnudas coronadas con guirnaldas de flores, pinturas de trazos firmes y colores desafiantes, inconfundibles del pintor, el más colombiano entre los colombianos. Vital, vivo, vibrante, romántico, no es amigo de los despliegues publicitarios y a pesar del pudor confesado con respecto a hablar de sí mismo, accedió a dialogar con SEMANA.
SEMANA. ¿Es feliz en Colombia?
ALEJANDRO OBREGON. Sí, en Colombia me siento libre... tengo la luz, tengo el mar. Son cosas obvias, pero la felicidad es un compendio de todo eso. Colombia es un país maravilloso, en pura gestación. Eso es lo que tiene de excitante.
S.: Usted con Europa en su fe de bautismo (nació en Barcelona), en su sangre (su madre es española), en su educación, ¿no sintió la tentación de Europa?
A.O.: Yo creo que el pintor tiene que vivir en su país. Ni Goya, ni Picasso conocieron Nueva York. Goya nunca pintó fuera de España; exilado en Burdeos casi muere de nostalgia. Es cierto que el arte se ha vuelto más universal que antes pero no del todo. Creo que la fuerza del arte está en lo autóctono. Sobre esto tengo una anécdota muy divertida: vivía en un pueblito al sur de Francia y decidí hacerle un homenaje a Francia en Chanteclaire. Pinté un gallo un poco veleta. Fui a donde la vecina, madame Vincent para invitarla a verlo. "Es un homenaje a su país": le dije. Fue, miró el galló y me dijo: "Monsieur Obregón, tal vez en su país los gallos son así, pero le aseguro que así no son en Francia" Entonces me pregunté qué hacía pintando gallos que no son y me vine para Colombia a pintar cóndores.
S.: ¿Cuál fue su primer contacto con Colombia?
A.O.: Tenía seis años cuando llegué con mis padres a Barranquilla. El confrontamiento con el trópico me impresionó profundamente. Iba con mi padre a cacería. Cruzábamos el río y ahí no más estaban los caimanes. ¡Imagínese eso para un "pelao" de seis años"!
S.: ¿Cuándo irrumpe en el campo del arte.?
A.O.: Cuando con un grupo de pintores, Ignacio Gómez Jaramillo, Enrique Grau, Alipio Jaramillo, Marco Ospina, amenazamos con tomarnos la Escuela de Bellas Artes de Bogotá. Le llevamos al ministro de Educación, Luis López de Mesa, un papel con 150 firmas. "Con ese respaldo no me queda más remedio que nombrar como director a uno de ustedes" Resulté yo. Con el equipo nos tomamos la escuela y pusimos a trabajar a todo el mundo a ritmo paisa, como dice ahora Belisario. Resucitamos la escuela que estaba muerta de pura academia. Luego quise disolverla, era inmoral: de los 150 alumnos a mi cargo no había más de cuatro con garra, los demás iban a perder cuatro años de su vida, iban a quedar contaminados por el arte, un poco amargados y frustrados.
S.: ¿No volvió a enseñar?
A.O.: No me queda tiempo. Además, no se debe enseñar a pintar. En una clase de pintura todos pintan como el profesor. O sea que se les está tapando todo lo que tienen adentro. Sacar eso es complicadísimo. Quien quiera ser pintor no necesita sino dos días para aprender a coger el pincel.
S.: ¿A los 20 años, cuando empezó a pintar, tenía el propósito de ser pintor?
A.O.: Cuando uno empieza a pintar no tiene ni idea de qué se trata. Pensar en ser pintor es mucho riesgo. Uno empieza a pintar por llevar una vida hasta cierto punto libre, no estar atado a nada. La pintura es para viejos. No hay niños prodigio en la pintura, como sí hubo un Mozart en música.
S.: ¿Alguna vez estudió pintura?
A.O.: Sólo seis meses, en el Museum School of Fine Arts de Boston. Luego estalló la guerra. Entonces mi padre no quería que fuera pintor, me consiguió una chanfaina, vice-cónsul en Barcelona. Hasta ahí llegaron mis estudios. Me fui a Barcelona a firmar visas.
S.: ¿La pintura es su medio de vida?
A.O.: Claro, absolutamente. No tendría tiempo para hacer nada más.
S.: ¿Fija usted los precios de sus cuadros?
A.O.: Nunca hablo de precios. Es algo que me tiene sin cuidado. Para decirlo en términos comerciales, es cuestión de oferta y demanda.
S.: Marta Traba, en la entrevista que concedió a SEMANA, se mostró escandalizada por el precio del arte en Colombia. Dice que se compran cuadros como comprar acciones, por inversión, sin saber si compran gato por liebre. ¿Usted qué opina?
A.O.: Eso es absurdo. Colombia tiene una conciencia de dinero, todo lo valoriza a través del dinero. Por eso cuando a uno lo entrevistan lo primero que preguntan es por el precio de los cuadros, no por la calidad.
S.: ¿No hay relación entre calidad y precio?
A.O.: No tiene nada que ver. Claro que la calidad se paga, como en todo. Pero la gente sabe, intuye lo que tiene calidad. La calidad siempre va con buen gusto.
S.: Pero, ¿qué es buen gusto? Marta Traba decía, precisamente, que hace falta una crítica de arte formativa. ¿Qué cree usted? A.O.: No. No hace falta. Creo que a veces perjudica, porque hay pintores que están buscando su camino con mucho titubeo y, de repente, llega la crítica y los empuja hacia otro lado. Puede significar una pérdida de convicción.
S.: ¿Pero no hace falta el crítico que oriente al público?
A.O.: No. El crítico no le va a abrir a la gente el buen gusto o el mal gusto. La gente se da cuenta de lo que tiene calidad.
S.: ¿No cree que hace falta que se discuta sobre arte, como ocurría en la década de los 60, cuando estaba en acción Marta Traba?
A.O.: Marta es una crítica con mucho ojo. El gran valor que tiene Marta es que despertó un interés que no existía por el arte. Le dio conciencia al país de que tenía un arte.
S.: Entonces, ¿sí hace falta la crítica?
A.O.: En ese sentido sí. Marta siempre ha sido noticia, porque es polémica y hace mucho alboroto. Y éso es buenísimo. Pero la crítica muy analítica no creo que sea muy conveniente. Porque el arte tiene mucho de, cómo le diría yo... improvisación. Es casi un reflejo automático. Porque la mano piensa más rápido que la cabeza. Entonces la crítica tiende a analizar eso. El arte es un gesto de mucha síntesis. Está lleno de "porque sí, porque me da la gana". Y pinto ese rojo, porque me salió, porque tenía que ponerlo ahí, irremediablemente... Yo siempre he dicho que el pintor logra una síntesis. Luego llega el crítico y desbarata esa síntesis y la vuelve análisis. O sea que el trabajo del crítico es un proceso inverso: desmenuza la síntesis para volverla análisis.
S.: Y ¿éso perjudica al pintor?
A.O. No. le recuerda al pintor su punto de partida.
S.: ¿Cuándo pinta?
A.O.: Todo el día. La pincelada -suerte cuando uno está dormido paso.
S: ¿El cóndor, el toro, las barracudas, las ángelas, son temas permanentes?
A.O.: Son temas recurrentes. Siempre regreso a ellos. Al cóndor he tratado de matarlo, pero se me va. Ahora estoy haciendo "ángelas", porque tengo la teoría de que los ángeles, por lógica, tienen que ser mujeres. En las exposiciones que haré en los Estados Unidos habrá ángeles y cóndores y colibrís. Todo lo que vuela. Y tengo un ángel para Feliza. El toro es el contrapunto. Es curioso. Nunca he tenido problema con los temas. Un tema al máximo se rechaza a sí mismo y automáticamente produce otro tema...
S.: Su pintura tiene épocas, rosa, azul...
A.O.: Epocas no, temas. El otro día me puse a enumerar los temas y me salieron como cincuenta: la violencia, la zozobra, los sueños, la fauna, la flora, el mar, los volcanes... Son series que se repiten.
S.: ¿Qué influencias reconoce en su pintura?
A.O.: Las reconozco todas. Todo me entra, lo bueno y lo malo. Soy un especie de papel secante.


S.: ¿Cuál es el pintor que impresiona más?
A.O.: Goya. Es el pintor más completo. Pintor de reyes y de pobres, de alegrías y de catástofres. Era un periodista. Los grabados de Goya sobre los desastres de la guerra son puro periodismo. Era el más completo porque era más hombre que pintor. Cuando el pintor llega a ser más pintor que hombre, el arte decae.
S.: ¿Como quién?
A.O.: ¿Quiere que hable mal de la gente? Bueno, como Rubens. Era más pintor que hombre.
S.: Vi que habrá pronto en Milán una especie de "seminario" sobre Leonardo. ¿Qué piensa usted de ese pintor?
A.O.: Que no es de los mejores pintores. Hay una anécdota bellísima que lo pinta. Le escribe al duque Sforza en Milán y le dice: "Señor duque: estoy dispuesto a diseñarle una catapulta para defender su castillo; y puedo reforzarle los baluartes. Y estoy dispuesto a diseñarle un sistema de alcantarillado de mi propio invento" Data: "Si usted quiere, señor duque, también puedo pintarle a su señora".
Obregón parece un vikingo, con ese pelo amarillo que se vuelve patillas y luego bigotes, para formar una franja que le divide la cara en dos pisos. Abajo, una boca fina, una barbilla redonda. Encima, la frente amplia, la nariz afilada y, debajo de unas cejas pobladas, unos ojos azules, como ese mar que divisa antes de entrar a su taller, en donde se encierra con llave, para no ver sino paredes, lienzos, caballetes, estantes llenos de potes de pintura, baldes con agua, cubos repletos de pinceles... Porque ese taller, a donde se llega por la escalera de atrás, no tiene ventanas. No puede tenerlas, porque la luz de frente distorsiona la percepción del color. Por eso la luz del taller es cenital. Por eso hace allí un calor de los mil demonios. Lienzos, colores, pinceles, todo tiene que importarlo. Trabaja siempre con acrílicos que llegan envasados en botellitas de plástico.
S.: ¿Y el óleo, está pasando de moda?
A.O.: Sí. Para mí es obsoleto porque es un medio muy lento. Yo le cogí fastidio a la grasa, al aceite del óleo. Lo, dejé hace 20 años. El acrílico es más expedito, más rápido, más para nuestra época.
S.: ¿Hace bocetos antes de empezar a pintar o se enfrenta directamente al lienzo en blanco?
A.O.: Primero hago unos garabatos en un papel. La idea empieza siempre con un garabato. Luego se va concretando. Entonces me lanzo al lienzo. ¡Qué difícil es hablar de uno mismo!
S.: ¿Es reservado, poco vanidoso, tímido?
A.O.: Sí. Soy todo éso. Además siento que hay algo de ridículo cuando se habla de uno mismo, me produce mucho pudor. Es lo mismo que cuando estoy pintando. No me gusta que me miren. Pintar es un gesto tan íntimo.
S.: ¿Y cuando no pinta?
A.O.: Leo mucho, libros, revistas, los periódicos los leo de "pe a pá". A propósito ¡qué maravilla Tibaduiza! Esa es la gente que nos hace falta.
S.: ¿Música?
A.O.: No soy muy melómano. Por épocas pongo música cuando pinto, como cuando pintaba oyendo los brandemburgueses de Bach. Eran como doce discos. Un día me di cuenta de que estaba pintando con el ritmo del concierto. Cogí los discos y los boté al mar, sentía que estaba dirigiendo el concierto con el pincel... Yo siempre he dicho que la pintura es silencio... No hay ningún órgano más silente que el ojo, el ojo no se oye y la pintura se hace con los ojos. Por éso pongo poca música, me desvía de la idea de la pintura. Así como la música es el arte del sonido, la pintura es el arte del silencio.
S.: Vi su mural en el Palacio de Convenciones de Cartagena. ¿Es distinta la sensación del pintor frente a la pared que frente al lienzo?
A.O.: Sí, es distinto. La pared impone mucho. Esta ahí, en su sitio y hay arquitectura a su alrededor. Pintar un fresco es una tarea tremenda. No se puede meter mucho capricho. El mural te impone, te obliga. En cambio la pintura es totalmente libre.
S.: ¿Cómo ve actualmente el desarrollo del arte en Colombia?
A.O.: Yo siempre he dicho que Colombia pinta, y pinta bien. Hay calidad en la pintura. Hay afán por hacer pintura. Sin embargo a los jóvenes los veo un poco flojos.
S.: ¿Y en otros países, en los Estados Unidos, por ejemplo, donde se dice que se gestan las vanguardias?
A.O.: Novedades. Yo siempre he dicho que el pintor es como un basurero que va recogiendo lo que va quedando. Uno no puede adelantarse a su época, ni ser vanguardia. Yo no creo en eso.
S.: ¿Qué piensa del "pop" y del "arte conceptual"?
A.O.: Son tonterías. Es el producto de los países que ya están cansados. Los países muy sofisticados se vuelven muy sensitivos y entonces les toca inventar. Surgen modas que a los seis meses pasan. Entonces hay que inventar otra. En Colombia, por ejemplo, las modas llegan tarde. Aquí hubo una cosa interesante que fueron los "primitivos". Era un "pop" auténtico. Mientras en Estados Unidos hacían la "campbell soup" aquí teníamos a los Noe Leones. Pero como aquí todo se pone de moda, todo el mundo se puso a pintar "primitivo". Colombia es novelera. No tenemos raíces muy profundas y por eso vivimos pendientes de lo que hacen por fuera, para copiarlo, con la disculpa de que el arte es internacional. Buscan en revistas de Estados Unidos y de París qué hay por allá, para imitarlo. A mí todo eso de la vanguardia y del arte conceptual me parece ridículo. Es gente que quiere hacer arte pero como no son artistas les toca inventar. Llenan unos sacos de basura, los botan en una esquina y dicen, como gran novelería "esto es arte conceptual" Colombia padece un complejo feroz de todo lo que sea norte. No hay interés por ahondar en lo propio. Prefieren estar en lo de afuera.
S.: ¿Y del hiperrealismo que está haciendo carrera?
A.O.: Lo figurativo no me gusta. Creo que al arte hay que meterle más esfuerzo, más imaginación, más cosa propia. Y no copia. El arte es otra cosa. Entre el sueño y la realidad hay un punto. En la mitad de ese punto, pinto.
S.: ¿Pintar lo hace feliz?
A.O.: Feliz pero torturado. Picasso decía que lo más difícil que hay en el mundo es pintar... y sostenerse, y hacerlo cada vez mejor. Hasta que llegue uno a viejo.--
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