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| 2/26/2002 12:00:00 AM

La plaza de Caicedo

Un cuarto de siglo después de su muerte la crítica no se pone de acuerdo acerca del verdadero valor de la obra literaria de Andrés Caicedo. Mientras tanto el mito sigue creciendo., 49601

El 4 de marzo de 1977 el joven escritor caleño Andrés Caicedo cumplió su palabra. “Vivir más allá de los 25 años es una vergüenza”, había dicho unos años antes y por eso se quitó la vida con 60 pastillas de seconal. Ese día nació uno de los mitos más grandes de la literatura colombiana. En una época dominada por la omnipresencia de Gabriel García Márquez en las letras nacionales la aparición de la novela ¡Qué viva la música! —que casi coincidió con la noticia de su trágica y a la vez muy romántica muerte— fue el primer paso en la consolidación de la leyenda de un escritor caleño de buena familia que había nacido en septiembre de 1951, totalmente alejado de la tradición del boom latinoamericano y del realismo mágico, y que desde los 12 años se había dedicado de manera compulsiva a escribir cuentos, novelas, obras de teatro y críticas de cine con una disciplina y un rigor poco comunes en alguien de su edad. Eso explica que, tras su muerte, haya dejado cuatro novelas y otras tantas obras de teatro, varios cuentos y relatos y una hoja de vida en la que figuran, entre otras cosas, la dirección de 10 montajes teatrales, la adaptación de seis obras dramáticas, el rodaje de una versión cinematográfica de Angelita y Miguel Angel, la fundación de un cineclub y la edición de la revista Ojo al cine.

Un cuarto de siglo después de su muerte existen miradas muy distintas acerca del verdadero alcance de su obra, tan variada como dispersa. Desde admiradores fervorosos que consideran genial cada una de las frases que escribió y que lo tildan como un vocero de sus frustraciones y rebeldías, hasta detractores inclementes (ver recuadro) que ven en él a un desadaptado incapaz de abandonar la etapa adolescente y que encuentran absurdo que se le preste importancia a su legado literario.

Por lo pronto el 4 de marzo Editorial Norma lanzará una edición revisada de la novela Noche sin fortuna (que había sido publicada en 1984 como parte de la antología Destinitos fatales) y se presentará el documental Andrés Caicedo, unos pocos amigos, dirigido por Luis Ospina, su compañero de faenas cinematográficas.

Ospina, uno de sus grandes amigos, recopiló junto con el escritor y director de teatro Sandro Romero Rey la obra inédita de Caicedo, que en estos últimos 25 años ha visto la luz pública de manera intermitente. “Yo puedo decir que soy uno de los responsables de que el mito en torno a él haya crecido con el tiempo. Luego de su suicidio dejó mucho material inédito que yo me vi en el deber de rescatarlo del olvido”, reconoce.

Como señala Romero en el prólogo a la reciente edición de Noche sin fortuna, “la obra literaria de Andrés Caicedo se planteó, desde un principio, como un proyecto obsesivo y totalizador. Ya desde los primeros escritos juveniles de Caicedo podemos encontrar temas y pesadillas que se van a repetir, desde distintos ángulos, hasta sus últimos fantasmas creados segundos antes de su suicidio”. Su obra siempre giró en torno a su visión particular de Cali y a personajes marginales y perdedores, enmarcados en una atmósfera decadente matizada por la droga, la salsa brava de aquel entonces y las canciones de los Rolling Stones. “Andrés asumió a su ciudad como una especie de metáfora de su propia vida, entendiendo la 'caleñidad' como una excepción, como una salida por la puerta trasera, como un reto”, señalaron en 1984 Romero y Ospina en el prólogo de la antología póstuma Destinitos fatales.

De acuerdo con Luz Mery Giraldo, catedrática de la Universidad Javeriana, “en Caicedo funcionan dos cosas: por un lado el mito de su muerte a los 25 años y su figura rebelde, como de poeta maldito. Por otro lado, su gran aporte como cuentista. Es mejor cuentista que novelista a pesar de que con ¡Qué viva la música! logró mostrar una sensibilidad muy particular en los jóvenes”. De acuerdo con Luis Ospina, “por morir joven siempre se le recuerda joven, como a James Dean o a Marylin Monroe. El mito se debe a que siempre se refirió a la adolescencia y los jóvenes, quienes todavía sienten que alguien está hablando por ellos”.

Un personaje complejo, casi imposible de catalogar e incluso de editar, pues de la mayor parte de sus textos y relatos existen diferentes versiones escritas desde puntos de vista diversos y resulta muy difícil decidir cuál de todos es el definitivo.“La imagen que me queda de él, luego de conocerlo muy bien y de conversar con algunos de sus amigos, es la un hombre con una imagen de sufrimiento, de angustiado, de un hombre difícil, que tenía problemas con las mujeres, torpe, tartamudo y, sobre todo, buen amigo”, remata Ospina.
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