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| 4/22/1985 12:00:00 AM

LA POLLERA COLORA

"La chica de rojo", un ir y venir del deseo a la frustración que provoca la risa franca.

Si de gustos se trata prefiero mil veces esta comedia de Gene Wilder, "La chica de rojo", al drama lleno de pretensiones que comenté la semana pasada, "Padre e hijo", de Paul Newman. La comparación no es arbitraria, porque las dos películas enfrentan la familia como tema. La ventaja inicial de "La chica de rojo" está en ser una comedia muy divertida, con momentos que provocan la risa franca. Hace pasar un rato agradable.

EL CAOS COMO DIVERSION
Todos hemos visto en la cuña televisiva de La chica, que pasan cada cinco minutos, cuando la falda de la joven flota por efectos del viento que sale del escape del aire acondicionado. Ella se llama Charlotte y Ted es el hombre que la mira desde su carro como quien presencia una aparición. Así comienza la película y también el sueño de Ted, hasta ese día un esposo modelo que jamás había imaginado protagonizar una de esas aventuras sexuales que sólo conocía a través de las confidencias de sus tres amigos.
Esa noche la de la falda flotante, La chica de rojo, desaparece pero, como en toda comedia, al día siguiente irrumpe coincidencialmente en la oficina de Ted provocando el primer equívoco y el impulso definitivo, incontenible, por la conquista.
A partir de ese momento comienza el juego siempre atractivo de la persecución, de las dificultades, del ya casi pero no y del volver a empezar para de nuevo fracasar. Hasta el momento en que todo parece indicar que ahora sí. Simultáneamente se narran algunas situaciones vividas por los otros amigos: Joey y Teresa, el gordo y la esposa del médico, y el último, al que al final le aparece un "amigo" (al cual, evidentemente, le es infiel). Todos tienen un amor fijo y aventuras. Así la película va conformando un mundo en que todos están atados por un compromiso, todos buscan algo por fuera de él y nadie quiere o se atreve a romper las ligaduras. Un mundo en el cual lo esencial es la habilidad para buscar el pretexto y la correspondiente pericia de la contraparte para descubrir que es reunión imprevista de trabajo y qué pretexto para una escapada.
Poniéndolo en términos cotidianos: el matrimonio o la relación estable como algo a lo cual se tiende y de lo cual se huye. La gran sorpresa es cuando descubrimos que también Charlotte,. La chica de rojo, está enredada en la misma contradicción. Ya antes nos había sorprendido la amante y, a todas luces fidelísima esposa de Ted, cuando con muy poca o ninguna convicción rechaza las caricias de aquel extraño amigo de su hija. ¿También ella? pensamos. Todos. Es algo de lo cual no escapa ninguno de los seres que pueblan la película.
Precisamente porque la situación está puesta así, en términos muy cotidianos, de fidelidad e infidelidad matrimonial, podemos vivir el conflicto de la película de una forma tan vivencial. No hay abstracción, ni diálogos filosóficos sobre la contradicción como condición humana. No son necesarios: la contradicción entre el hábito que impone la sociedad y la necesidad de safarse de él subyace a toda la película. Y porque así lo sentimos comprendemos que para Ted sea conflicto el momento en que mira con ojos desorbitados el baile de Charlotte encima del escape de aire. Para los que crean que las reacciones del público son indicativas de la forma como se está viviendo la película basta poner atención al momento del vuelo, cuando parece que por fin Ted y Charlotte lograrán su objetivo. Han planeado todas las circunstancias con cálculo milimétrico, la misma esposa de Ted lo anima a realizar ese viaje (de negocios, lógicamente). Todo funciona a las maravillas cuando... por los parlantes del avión se escucha la fatídica noticia: el aeropuerto está cerrado. Un "ahhhh" de decepción recorre el teatro, como si el público sintiera más la frustración que el propio Ted.

MAS ALLA DE LAS BUENAS COSTUMBRES
La casualidad de aquel ondulante encuentro inicial, de la forma como se presentan los obstáculos que impiden la realización del sueño deseado, las nuevas casualidades que parecen quitar aquellos obstáculos y las que vuelven a surgir para acumular nuevas dificultades, convierten a "La chica de rojo" en un ir y venir del deseo a la frustración, en un vaivén que trasciende a la voluntad, los cálculos, los temores, el raciocinio y que impulsa al hombre a una eterna contradicción.
No hay que preocuparse por la moraleja final, que le da a la película un aire de superficialidad. Además no es tan moraleja como parece a primera vista. Es cierto que Ted, antes de arrojarse al vacío, a la carpa que le tienden los bomberos, reflexiona como buen marido arrepentido de su aventura y recapacita sobre la maravilla de esposa y de familia que tiene, -y ahí es cuando se puede sentir la presencia de la moraleja que restablece el valor de la familia- pero no es menos cierto que mientras cae (en cámara lenta) alcanza a vislumbrar a la joven fotógrafa... y queda flechado. ¡Todo vuelve a comenzar!.
Y, aún admitiendo la moraleja, esta no alcanza a neutralizar la fuerza de todo el desarrollo de la película que nos ha hecho revivir la angustia y el placer de la contradicción entre el deseo y el control, el orden y su ruptura, la lógica y la fuerza de los sentimientos e instintos.
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