Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1998/09/28 00:00

LA RECTIFICACION DE UNA INJUSTICIA

La obra de Alipio Jaramillo hace relucir los valores de una época y la arbitrariedad de otra.

LA RECTIFICACION DE UNA INJUSTICIA

Después de varias décadas de un injusto ostracismo que pone de relieve la relatividad de los valores del arte, comenzaron a resucitar a través de exposiciones como 'Arte y política' (1974), 'Paisaje' (1975) y 'Cien años de arte colombiano' (1986) las obras de numerosos pintores y escultores que habían desaparecido del panorama nacional por la endeble razón de que su producción no se acomodaba con los cánones que impulsaban los movimientos de la vanguardia internacional. Había sido la época del modernismo a ultranza, cuando la crítica de arte, no sólo en Colombia sino en todas partes, fue erigida en autoridad suprema que salvaba o condenaba la pintura y la escultura con base en paradigmas estilísticos, en el afán innovador de las obras, o en el dominio del oficio.
Marcel Duchamp, sin embargo, había demostrado la falacia de considerar el estilo y la autoría como factores concluyentes en la validez del arte, y en los años 70 comenzó a abrirse paso una nueva actitud crítica que no sólo permitió llevar a cabo exposiciones como las mencionadas, sino que inició una ilación histórica de las distintas etapas del arte nacional, permitiendo comprobar que la plástica no había brotado en el país por generación espontánea a mediados del siglo XX y que su actualidad era resultado de una evolución particular determinada por el carácter sincrético de la sociedad colombiana, así como por las circunstancias sociales, económicas, políticas y geográficas que han marcado su desarrollo.
Una de las obras que empezó a mirarse sin presiones vanguardistas y considerando su relación con el momento en el cual fue producida fue la de Alipio Jaramillo (1913), artista caldense formado en la Escuela de Bellas Artes de Bogotá, quien tuvo oportunidad de trabajar con el célebre muralista mexicano Siqueiros, y cuyos lienzos, cargados de un lúcido contenido social, están íntimamente ligados con la realidad nacional de mediados de este siglo.
Su trabajo no se cerró tozudamente al modernismo según lo revela, en su exposición en Quinta Galería, cierto eco puntillista y la inclinación por un tipo de abstracción geométrica intuitiva. Pero sus obras más logradas son de corte figurativo tradicional, matizadas por rasgos expresionistas que le permiten alejarse del realismo para acentuar el mensaje. Son trabajos que versan sobre la vida campesina pero que tienen poco que ver con la llamada porno-miseria que infestaría el arte del país más adelante. Los campesinos de Jaramillo no esconden su pobreza, pero tampoco añoran la vida citadina: son hombres y mujeres jóvenes y fuertes que al igual que sufren y trabajan disfrutan de momentos de solaz y de alegría.
El artista perteneció al Partido Comunista y así lo ponen de presente algunos retratos de Stalin, Fidel Castro y el Che Guevara. Pero también produjo numerosas pinturas religiosas, evidenciando el conflicto entre catolicismo y comunismo de muchos artistas de su generación y suministrando un elocuente testimonio de su idiosincrasia. El maestro es un fiel representante de un momento histórico y artístico en Colombia cuyo vuelo fue recortado con el embeleco de la ruptura y la vanguardia, pero que alcanzó a dejar establecido que lo importante, además del contenido de las obras, es su sintonía con el contexto en el cual y para el cual son producidas.

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