Martes, 24 de enero de 2017

| 2004/04/25 00:00

La segunda muerte de Abel Antonio

Cuando en Valledupar se alistan para hacerle un homenaje al maestro Rafael Escalona, otro juglar de la música del acordeón, Abel Antonio Villa, padece en vida el mal del olvido.

Nadie conoce a Abel Antonio Villa en la ciudadela 20 de Julio en Barranquilla. Marisol, ama de casa de unos 50 años, sale al callejón de casas apretadas y mira alrededor de las calles destapadas tratando de recordar si ha visto a alguien con aspecto de compositor. "¿Acordeonero?, pregunta. Ella ha escuchado que una familia Villa se mudó hace poco por la cuadra. "Pregunten tres casas más adelante, a lo mejor allá conocen quién es".

"¿Villa? No es un futbolista que jugaba en Junior", responde más adelante Armando, un tendero de esquina mientras un vecino que escucha al despitado intercede. "Conozco sus canciones, pero el único que vive cerca del estadio es Aníbal Velásquez". Después de darle varias vueltas sin fortuna, una persona asegura que lo conoce pero que desde hace varios meses no lo ha vuelto a ver. De hecho Abel Antonio se había mudado hacía un año de este barrio en el sur de Barranquilla, por donde pasó como una sombra sin que nadie supiera quién era ese campesino moreno de sombrero alón que en una época se paseó por el Caribe con sus sones y merengues al ritmo del acordeón.

SEMANA lo encontró en la casa de uno de sus 14 hijos reponiéndose de una penosa enfermedad que lo ha alejado por más de seis años del mundo de las cajas, guacharacas y acordeones.

Hace 50 años Abel Antonio Villa era una celebridad; en una Jirafa publicada en El Heraldo en 1950 Gabriel García Márquez decía refiriéndose a Abel Antonio Villa: "Nunca falta un Bovea que cante bien, pero sin ese sentido poético, sin ese desgarro sedimento de nostalgia que convierte en materia de pura belleza las composiciones de Pacho Rada, de Abelito Villa y de Rafael Escalona" y continúa "...un juglar del río Cesar no canta porque sí, ni cuando le viene en gana, sino cuando siente el apremio de hacerlo después de haber sido estimulado por un hecho de la vida real. Exactamente como el verdadero poeta. Exactamente como los juglares de la mejor estirpe medieval".

Fue precisamente por una de esas travesías que lo dieron por muerto, lo iban a enterrar vivo cuando estaba de parranda -como dice su canción-, fueron cinco días de velorio que él aprovechó para componer un merengue inmortal.

Abel Antonio recuerda que organizaron expediciones para buscarlo a lo largo del río Magdalena: "Papá era delicado con sus hijos, organizó una búsqueda por los sitios en donde me habían visto, por río y en mula; a los tres días se tranquilizó porque en Magangué le dijeron que había pasado por allí tocando el acordeón, siguió sabana arriba y en San Juan Nepo nos reencontramos y nos quedamos varios días de parranda celebrando mi resurrección, de allí nació la canción". (Abel Antonio no llores, que eso le pasa a los hombres. Abel Antonio no te pongas a llorar, que eso le pasa al que sale a caminar).

Desde los 8 años tocaba el acordeón y a los 14, con el instrumento al hombro y en el lomo de un burro, compuso Mi Candelaria, su primera canción. Después se hizo célebre con piezas como La muerte de Abel Antonio, El ramillete, Las cosas de las mujeres, La respuesta y Mi negra linda. Aníbal Velásquez recuerda que por su leyenda él aprendió a tocar el instrumento al son de El ramillete, "cuando la música de acordeón era poco escuchada y se le consideraba como corroncha".

Sesenta años después las nuevas generaciones lo dejaron de buscar y en momentos en los que el Magdalena Grande se apresta a celebrar una versión más del Festival de la Leyenda Vallenata en el que se rendirá homenaje a Rafael Escalona, a 'Colacho' Mendoza, otro de sus juglares padece su segunda muerte, la del olvido. Abel Antonio Villa dejó de caminar y parrandear desde hace seis años, cuando varios infartos cerebrales lo tuvieron al borde de la muerte, algo que lo obligó a guardar reposo de sus días de parrandero y mujeriego, llegando un momento en el que ni siquiera podía tocar el acordeón.

"Por la enfermedad me están olvidando, pero todavía me resisto a morir, tengo 30 canciones inéditas; aun así no me tienen en cuenta para grabar", asegura. Este juglar nació hace 80 años en Piedras de Moler, un corregimiento del municipio de Zapayán (Magdalena), en la ribera del río y en donde él, Luis Enrique Martínez y Andrés Landeros, entre otros, embrujaban a todo el mundo con sus sones, merengues y puyas.

La voz de Abel Antonio Villa no es la misma, esa que ha sido grabada y prolongada en varias antologías como el ABC del vallenato. La enfermedad le afectó la articulación de las palabras, pero cuando se trata de canciones recobra la lucidez de su voz grave. "Hay muchos que están disfrutando del folclor, mientras los que le hemos dado tanto no tenemos reconocimiento, así lo hicieron con Enrique Martínez y Andrés Landeros. Por ejemplo participábamos en los festivales y nunca ganábamos, por eso no volví a participar, era un monopolio de los nacidos en Valledupar".

Villa vive de lo poco que le dieron las 500 canciones que compuso; la enfermedad hizo que perdiera lo poco que había logrado ahorrar, su ganado y sus tierras. Desde entonces perdió la motricidad en su mano izquierda y tiene dificultades en el habla, "no aguanto por la desesperación y por la nostalgia, lloro como un niño, para mí ponerme un acordeón en el pecho era un orgullo, me transformaba y ahora no puedo soportar al ver esas parrandas, no espero el día en el que pueda volver a tocar", dice.

Ir al festival era un fiasco, "no ganaba el que supiera tocar sino el que estaba en la rosca; conmigo no lo pudieron hacer porque sabían de mis capacidades, yo hago mis hijos -refiriéndose a sus canciones-, y yo mismo los he criado, yo fui el primero en Colombia, yo civilicé el acordeón".

Sostiene que "el vallenato es el hijo de la ballena"; para él existe la música del acordeón. "La nombraron así en honor a mi compadre Rafael Escalona y Consuelo Araújo, pero nadie recuerda que fui el primero en tocar la música de acordeón, la pueblerina, y no sé de vallenato; hoy en día la música la tienen monopolizada, no son creativos, no dicen nada". Esa rivalidad se ve reflejada en una canción que Villa compuso en la década de los 50, con la que retaba a los hijos de Valledupar: "Los vallenatos tocan el bajo, les llevo ventaja porque toco la lira. Si se meten conmigo, todos pasarán trabajo. Todavía estoy vivo y soy Abel Antonio Villa".

Hoy, en medio del frenesí que ha despertado el nuevo vallenato interpretado por Carlos Vives, Diomedes Díaz, los Hermanos Zuleta y los llamados exponentes del "lloranato", Villa defiende la vieja guardia y la tradición que impusieron compositores como él, evoca épocas en las que el acordeón y los juglares eran los reyes del Magdalena Grande.

Villa sólo espera que, así como le ha resistido a la muerte, pueda ganarle la batalla al mal del olvido con un acordeón en el pecho. "Por eso no me siento olvidado porque todavía tengo vivencias que contar dentro del folclor".

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