Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1990/09/03 00:00

LA TRISTE HISTORIA

Llega a Colombia un libro con toda la trayectoria del sida

LA TRISTE HISTORIA

La anécdota ha sido contada varias veces por el mismo Dominique Lapierre. En 1986, de paso por Nueva York, supo que la madre Teresa de Calcuta acababa de abrir en una de las zonas más peligrosas de Manhattan, un dipensario para los enfermos de SIDA, carentes de familiares y recursos. Tomó un taxi y llegó a la dirección indicada donde el cardenal y el alcalde de Nueva York habían cedido a la famosa religiosa una edificación que ya comenzaba a tener la apariencia de los "morideros" y los orfelinatos en las zonas más miserables de Calcuta, sitios ya descritos en su libro anterior, "La ciudad de la alegría".
El olfato de Lapierre, ex reportero del Paris Match y autor de algunos de los libros periodísticos más vendidos de este siglo, junto con su compañera de fórmula Larry Collins, le indicó que en ese sitio y con los personajes que se encontró en medio de la tibia penumbra (reclusos de Sing Sing liberados porque estaban a punto de morirse, hispanos y negros con el cuerpo cubierto de pústulas, tres monjas de la orden de la madre Teresa con sus saris blancos orlados de azul, un arqueólogo judío que había sufrido un accidente mientras exploraba una cueva y un joven médico que sólo quería salvar a los enfermos desahuciados), podía encontrar las raices de un formidable libro.

Tuvieron que pasar tres años durante los cuales, Lapierre y su mujer volaron entre Paris, Nueva York, San Francisco, Calcuta, Miami, Chicago y otras ciudades de América, Europa y Asia, hablando con cientificos en muchos idiomas, hurgando en la miseria y los vicios de las grandes ciudades, confesando a los enfermos y a los homosexuales, leyendo libros y analizando apuntes, presenciando experimentos en sitios cerrados herméticamente hasta alcanzar a resumir en estas páginas una de las aventuras más emocionantes: la pelea contra el SIDA.

El libro, como los anteriores de este autor, se alimenta en buena parte de los detalles pequeños, las situaciones domésticas que van aportando datos a la historia general. Cada personaje es rastreado en distintas circunstancias, cada fracaso es analizado, cada avance en la búsqueda de un remedio contra el SIDA es registrado como parte de un todo. Es la crónica, escrita con ternura y compasión, de famosos científicos, abnegadas enfermeras, tercos investigadores y anónimos pacientes para quienes la carrera contra la muerte es una desventaja.

Curiosamente, mientras redactaba "Más grandes que el amor, Lapierre descubrió que sufría de un cáncer en la próstata y esa mañana, cuando era conducido a la sala principal de la clínica Saint-Jean del Languedoc, en Tolosa, para ser colocado en manos de los dos mejores especialistas del mundo, los médicos Pierre Leándri y Georges Rossignol, el uno diestro y el otro zurdo, Lapierre recibió un mensaje de la madre Teresa quien acababa de sobrevivir a mes y medio de padecimientos: "En el mismo momento, Jesús nos hace a los dos el regalo de compartir su Pasión. Mis oraciones y las de nuestras hermanas y nuestros pobres están con usted. Demos gracias a Dios por el gran amor que siente por nosotros" .

El tono místico que Lapierre había mostrado en La ciudad de la alegría mientras describía el infierno de esas barriadas de Calcuta donde las alcantarillas rebosantes son la única esperanza para millones de hombres, mujeres y niños, se incrementa en esta saga sobre el SIDA. La transformación espiritual y síquica del escritor es ostensible. Estas páginas rebosan de amor por los demás y ganas de contar cómo ese puñado de científicos sigue trabajando en los sitios más insospechados para frenar, al menos en parte, los estragos de un mal que sigue avanzando.

Con un lenguaje formidable, con un aliento de reportaje rico en detalles, el libro arranca con uno de los personajes más insólitos, la niña dedicada a hurgar en la descomposición del río Ganges en medio de los cadáveres de hombres y animales, en busca de pequeños tesoros abandonados por los difuntos pobres.
Se llama Ananda, pertenece al último nivel de las castas de la India, la más impura porque de generación en generación su familia se ha encargado de la cremación ritual de los muertos. Cuando la niña descubra que tiene lepra, en el otoño de 1980, comenzará la crónica llena de acontecimientos, personajes, sueños, frustraciones, alegrías, pesadillas, confesiones, descubrimientos y sobre todo la crónica de tanto dolor repartido por el mundo, dolor que pronto se convierte en tragedia cuando comienzan a morir jóvenes repentinamente enfermos, jóvenes homosexuales. Era la primavera de 1980 y nadie, durante varios meses, encuentra alguna relación entre esos cinco homosexuales que mueren en medio de grandes dolores. El libro sigue hasta el otoño de 1986 cuando una esperanza ya se alzaba para miles de desahuciados. Al cerrarlo, el lector se siente espantado pero al mismo tiempo gratificado.
Ramón Illán Bacca es uno de esos escritores colombianos que el gran público poco conoce. Pero esto ha ocurrido más por mala suerte -para los lectores-, que por cualquier otra cosa. Las ediciones de sus obras han sido de escasa tirada y no han recibido la promoción que se merecen. Nacido en Santa Marta acomienzos de los años 40, Bacca se ha caracterizado por una gran imaginación para inventar historias y un atinado sentido del humor para adobarlas. Ahora, la editorial Plaza y Janés acaba de publicar su novela Deborah Kruel, finalista del concurso de novela de 1987, pero que sólo este año salió al público.

Se trata de una historia de espionaje que transcurre en la costa atlántica durante la Segunda Guerra Mundial. De entrada, el tema es llamativo. Pero, a medida que avanza la lectura, la novela se llena de ingredientes que atan al lector. Está, por supuesto, el humor. También está la descripción de ese ambiente fantástico de las ciudades de la costa en las que cualquier cosa puede pasar, en las que todo es posible, incluso la aparición de un avión Stuka como el que tenía Hitler. Y está también un reportero que se interesa por desenmarañar el enredo, con la carga de suspenso propia de las novelas de espionaje. Todo esto dominado por la figura de la bella Deborah, espía misteriosa que genera las claves que el reportero Gunter Epiayú debe encontrar y descifrar.

Es claro que durante toda la novela, el autor le hace guiños a sus amigos, hace alusiones a personajes de carne y hueso y a situaciones conocidas. Esto, que en principio ayuda a que la historia sea más creíble, está acentuado por un recurso fácil pero efectivo: Ramón Illán Bacca cita fuentes reales. La primera página del libro da cuenta de la aparición del Stuka, tal y como la registró el diario La Prensa, de Barranquilla, en su sección Siete Días . Un lector con algo de curiosidad, podrá constatar que en Barranquilla existió tal publicación, lo que sin duda le da más interés a la narración.

Ya en sus obras anteriores se notaba la capacidad de Illán Bacca para inventar historias. Su libro de cuentos Marihuana para Goering y las narraciones que publicó en la colección de la fundación Guberek, dejaron el sabor de un creador de historias de primera, pero a la vez el de un escritor al que algo le hacía falta. Y esa sensación partía del hecho de que a unos cuentos tan buenos les hacía falta una pulida, un poco más de carpintería. Esa carencia de obras anteriores está superada en Deborah Kruel, una novela cuidada y cerrada, que también pone a prueba la capacidad del lector para soñar. -

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